Cinefilia 101 | #14: Los intocables de Eliot Ness

Cuando era niño, en la televisión se veía lo que mi padre escogiera y, como mi familia no podía costearse ir al cine, a mí no me quedaba más remedio que ver lo que papá, dueño supremo del mando a distancia, decidiera que debíamos ver. En muchos ocasiones eso se traducía en cintas de acción, o grandes épicas sobre los horrores de la guerra, o duros dramas que contaban las aventuras de hombres en el lejano oeste. Esto, por supuesto, no constituye una queja. Después de todo, disfrutaba de aquellas películas, en las que siempre había, aunque solo en apariencia, una clara diferenciación entre lo que estaba bien y lo que estaba mal, y en las que era fácil distinguir al héroe del villano. O al menos eso creía yo por aquel entonces, cuando solo era un niño. Fue en esa época, con tan solo ocho años, cuando vi por primera vez Los intocables de Eliot Ness (The Untouchables, 1987).

Esa fue mi primera vez, también, con el cine de Brian De Palma, al que recientemente he vuelto totalmente encantado. Y digo esto porque, entre otras cosas, me sorprende lo bien que, para mí, ha envejecido una película de la magnitud de Los intocables. Parte de ello, imagino, se debe a que, a pesar de ser una película cuya acción se sitúa en los años 30, durante la época de la Ley Seca en Estados Unidos, la representación de los hechos que llevaron al mafioso Al Capone a la cárcel son dispuestos de tal manera que, sin comprometer de manera crucial el realismo de la cinta, se logra confeccionar una historia desbordante poblada de personajes emblemáticos. Personajes que están sacados de una época que realmente jamás existió (y por lo que probablemente jamás termine de envejecer) y en donde, tal y como me pareció cuando era niño, era tarea fácil distinguir el bien del mal, aunque ahora es tu héroe el que dispara a quemarropa.

La historia de Los intocables (aquellos hombres incorruptibles que pusieron tras las rejas a Al Capone) la escribió el propio Eliot Ness, el líder del grupo, en su autobiografía. Sin embargo, la cinta de De Palma no se caracteriza especialmente por su precisión histórica. En lugar de adaptar las memorias de Ness, el director neoyorquino se decidió por reinterpretar la popular homónima serie de televisión de los 60 producida, al igual que la película, por Paramount Pictures. Quedó, entonces en manos del guionista David Mamet (ganador del Premio Pulitzer) ofrecer algún atisbo de fidelidad con los hechos reales, incluso cuando Los intocables eran ya más un mito totalmente incrustado en el inconsciente colectivo de los estadounidenses, parte de un universo que se había expandido en forma de novelas pulp, cómics y la antes mencionada serie de televisión.

Esta historia no es otra más que la de un insobornable agente federal, Ness (interpretado por un relativamente desconocido Kevin Costner), que le declara la guerra a la mafia de Al Capone (Robert De Niro), y  para ganar esa guerra debe recurrir a un equipo de oficiales en los que pueda confiar, encarnados por Sean Connery, Andy García y Charles Martin Smith. Y a pesar de plantearse desde el inicio como una lucha entre el bien y el mal, la película en realidad establece un campo de batalla moral más complejo, en el que el verdadero conflicto de Ness recae en convertirse o no en algo cada vez más parecido a Capone (“lo que más odia”) para poder terminar con su imperio criminal. Un escenario moral que difiere drásticamente del escenario estético en el que nos sitúa De Palma, uno de elegancia y glamurización de la violencia.

Probablemente es aquel enfoque particular sobre la violencia lo que hace de esta película, que si bien puede ser leída como una película de gángsters también lo puede ser como un western, un viaje cinematográfico en el que ninguna toma parece desperdiciada y en que todo movimiento de la cámara alberga significado.  Viendo Los intocables uno puede darse cuenta de por qué De Palma es una de las voces más imponentes del Nuevo Hollywood, incluso cuando no estamos siquiera ante una de sus películas más redondas, pero quizá sí ante una de las más accesibles y espectaculares, sin negar por supuesto el gran talento del artesano en los 80 que ya era más que un experimentado veterano. Cabe decir, por supuesto, que parte de la espectacularidad de Los intocables está inevitablemente asociada a su banda sonora compuesta por un brillante Ennio Morricone que se había convertido ya en un titán dentro de la industria y, además, venía de trabajar en la banda sonora de La misión (The Mission, 1986).

Como si todo eso fuera poco, la visión creativa de De Palma y la estupenda ambientación musical de Morricone eran acompañadas por un reparto superlativo. Si bien el protagonista era un Kevin Costner que cumplía con la tarea y que, en el camino, conseguía hacerse con un nombre dentro de Hollywood, las verdaderas joyas son las interpretaciones de Sean Connery, como el veterano policía local Jim Malone, y Robert De Niro, como el todopoderoso Al Capone. Fue su interpretación en esta cinta lo que le valió a Connery su primer y único Premio de la Academia como Mejor Actor de Reparto, premio al que igualmente podría poder aspirado De Niro con su Capone, omnipresente en toda la película; separado físicamente del terror que causaba (salvo por aquella secuencia en la que le golpea a uno de sus secuaces con un bate de béisbol en la cabeza) y aún así ligado inevitablemente a todo elemento de abyección que compone la cinta.

Los intocables es, pues, inmensa y ambiciosa. Además de haber sido un éxito comercial y una de las películas más taquilleras firmadas por De Palma, es una cinta de la que se puede extraer muchas lecciones sobre cómo tratar la complicada relación entre el bien y el mal de modo que aún sea accesible, cual fábula, y en el que se introduzcan elementos grises y ambiguos sobre tan engorroso lazo. Así como también nos alecciona sobre cómo tratar una historia real para convertirla en algo más, en algo que trasciende los valores tradicionales y que, cómo no, está envuelto en un conjunto de decisiones estéticas que no son otra cosa que cine con mayúsculas.

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