Emmys 2015: La consagración de una serie consagrada

Aun no habiendo visto la gala por razones obvias (estamos cubriendo San Sebastián, tarea que nos ocupa el día entero), me gustaría pararme a hablar de los resultados de la recién celebrada ceremonia de los Emmys 2015. Parecía que iba a ser una gran despedida a Mad Men, ganando todos los premios como ya hizo Breaking Bad el año pasado, pero los resultados han sido sorprendentes; y eso, en la época actual, es algo muy extraño.

El pensar que tarde o temprano reconocerían a Juego de Tronos como la gran serie que es resulta un pensamiento arriesgado. No tenían ni tendrían por qué hacerlo. La fantasía nunca se ha llevado bien con los premios y en el panel, tanto este año como en anteriores, había series con perfiles mucho más encajables en la filosofía histórica de estos premios. Veía a Mad Men con muchas posibilidades de alzarse con el gran premio dramático del año: era la despedida definitiva, habían pasado varios años de vacío (desde la cuarta temporada) y el cerrar una etapa televisiva como la que ha marcado, junto a otras, la obra de Matthew Weiner eran algunas de las muchas justificaciones para darles el tan deseado reconocimiento. Tampoco era descabellado imaginarse a House of Cards subiendo al escenario; es una serie muy académica y “For your consideration”. Que ganase Better Call Saul ya era más complicado, ante el reciente adiós de su hermana mayor; Homeland tampoco tenía oportunidades reales a pesar de que amenaza con ser una candidata fija hasta el final de su emisión, algo parecido a Downton Abbey, que siempre está ahí, inalterable, por muchas rivales que pasen a su lado; y bueno, Orange is the new black se ha visto condenada de competir en Drama por la nuevas normas respecto a la duración (cuarenta minutos o más Drama, viente o treinta minutos Comedia) y como tal poco podía hacer.

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Y luego estaba la otra, la que lleva tiempo ahí, la que todo el mundo ve y nadie apuesta por ella porque “bah, es una serie de fantasía y los Emmys no premian esas cosas”. Juego de tronos, el fenómeno de la HBO se ha convertido, contra todo pronóstico, en la ganadora de la noche en el apartado dramático, haciendo que la despedida de Mad Men tuviera un sabor agridulce. No diré que la ficción de David Benioff y D.B. Weiss, basada en los libros de George R.R. Martin, no merezca tal distinción, pues es sin lugar a dudas una de las mejores series de la actualidad, pero me resulta extraño que hayan decidido a reconocerla el año en la que más se ha puesto en duda su calidad (en parte con razón, pues la temporada no ha sido tan redonda como las dos anteriores). También es cierto que en pasados años ha estado Breaking Bad por medio, a un nivel increíble, y era difícil competir. En cualquier caso, y aunque personalmente se lo hubiera dado a Mad Men, me parece un buen reconocimiento, sorprendente y valiente hacia una serie que no es más de lo mismo.

Tampoco fue más de lo mismo la ganadora en la categoría de Mejor Comedia del año, destronando (muchos dirán por fin) a Modern Family: una de las series más queridas de la HBO, Veep. Ya se oyeron voces el año pasado de que hacía falta aire fresco en esta sección, y por lo menos la ganadora ha sido diferente. Veep también ha dejado sentadas a Louie, Parks & Recreation (que tímidamente esperaba una gran despedida que no se ha llegado a materializar), Silicon Valley, Transparent y la ficción de Netflix Unbreakable Kimmy Schmidt. Estaba claro que si alguien iba a derrotar a Modern Family iba a ser Veep, así que tampoco resulta demasiada sorpresa.

En la categoría de Mejor Mini-serie la ganadora ha sido Olive Kitteridge, que ha alzado a Frances McDormand, Bill Murray y Richard Jenkis en sus respectivos premios. La única intérprete en esta sección que ha ganado por otra mini-serie ha sido Regina King, por American Crime.

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Entrando en premios a actores y actrices en series dramáticas, solo puedo alegrarme de que por fin se haya reconocido a Jon Hamm por su espectacular trabajo en Mad Men. Ha sido una victoria sufrida y en el último momento, pero verle con el Emmy en la mano era algo necesario para un actor que lo ha dado todo en un personaje que ya es historia de la televisión. Viola Davis se hizo con el de Mejor Actriz Principal, y bueno, basándome en el piloto de Cómo defender a un asesino, que es el único capítulo que he visto, no creo que esté al nivel de Robin Wright en House of Cards o Elisabeth Moss en Mad Men. En intérpretes secundarios ganó Peter Dinklage para sorpresa de todos, incluido él, en una temporada de Juego de tronos en la que Tyrion no ha tenido ni tanto peso ni tantos minutos; y Uzo Aduba por Orange is the new black, premio que se lo habría dado a Lena Heady pero que considero lógico siendo consciente de lo popular y querido que es el personaje de Crazy Eyes por esos lares.

En comedia los ganadores cambiaron menos: Julia Louis-Dreyfus volvió a ganar como protagonista por Veep, Tony Hale hizo lo propio en su papel secundario, y Allison Janney repitió por Mom para poco a poco ir convirtiéndose en una leyenda viva de estos premios. La única novedad fue Jeffrey Tambor, ganador por Transparent.

No he dicho todos los premiados pero sí todo lo que tenía (algo) que decir, así que concluyo aquí. Han sido unos Emmys sorprendentes, quizá algo desconcertantes, y sin duda un necesario y estimulante soplo de frescura. Y recordad: tampoco hay que darles demasiada importancia, son premios y ya está. Sirven para ver a mucha gente guapa junta y para hacer apuestas de si Downton Abbey seguirá nominada los próximos diez años aunque ya no esté en antena.

Y por cierto, el opening de Andy Samberg es oro.

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