Festival B-Retina 3001

Llega el otoño y con él llega lo más esperado del año: la vuelta al cole. Es broma, pero sí es cierto que cada año por estas fechas empieza la potente temporada de festivales. Venecia da el pistoletazo de salida a finales de agosto, acompañada de Telluride y Toronto, y más pronto que tarde desde aquí nos desplazamos a San Sebastián para cubrir el Zinemaldia. Si seguimos en el panorama nacional, en Octubre llegará Sitges celebrando el quincuagésimo aniversario y al mes siguiente Molins, Sevilla, Gijón y L’Alternativa. Para ir abriendo boca, un servidor asistió al festival más épico de todos, el Festival B-Retina, que celebró su tercera edición llenando la pantalla de la Biblioteca Sant Ildefons de Cornellà con mucho cine “trash” y serie B —o Z—.

The History of Future Folk

La apertura del festival llegó a cargo de un grupo de música llamado Future Folk. Sus dos integrantes, General Trius y Mighty Kevin (alter egos de Nils d’Aulaire y Jay Klaitz), son extraterrestres del planeta Hondo que llegaron a la Tierra para destruir la humanidad y usar el planeta como hogar ante la destrucción inminente del suyo, pero ambos acabaron enamorados de la música terrícola para formar el grupo en cuestión. The History of Future Folk (íd., 2012) es una dramatización simplificada del trasfondo del dúo musical en forma de película rodada con cuatro duros. Lo mejor de ella es, como era de esperar, las composiciones de la banda que podemos oír en varias actuaciones. La historia tiene un toque original y es entretenida, pero encuentro problemas de tono y ritmo en las subtramas personales de ambos protagonistas que convierten la película en una montaña rusa de energía y ligero desánimo a partes iguales.

The Room

La siguiente parada era uno de los principales motivos por los cuales uno debía acercarse al B-Retina. Últimamente se está hablando mucho de esta película por el film basado en el rodaje que James Franco presentó en SXSW y se podrá ver en San Sebastián, The Disaster Artist (íd., 2017). Para muchos The Room (íd., 2003) es la mejor peor película de la historia, pero yo aún no me había animado a verla. Poco conocía de ella, pero tras mi experiencia a solas con Sharknado sentía que esta peli necesitaba verla acompañado, y qué mejor que hacerlo con decenas de personas que gritan, aplauden y se parten de risa junto a ti. La experiencia de ver The Room con tanta gente y tan entregada fue espectacular, haciendo que me lo pasara muchísimo mejor que con la mayoría de películas que he visto este año. El film en cuestión es un despropósito de principio a fin y a absolutamente todos los niveles. La estética de telefilm, los cromas de la terraza, los diálogos ridículos que salen de la boca de personajes aún más ridículos, el machismo que impregna todo el guión, las extremadamente largas y extremadamente abundantes y extremadamente antieróticas escenas de sexo, las interpretaciones subamateurs —especialmente la de su director, Tommy Wiseau— o el final más demencial y memético de la historia del cine son algunos de los ingredientes que constituyen la peor película que he visto en mi vida, pero doy gracias al ser divino que haga falta por haber hecho que esto exista. ¿Nota? Entre las mil y las menos mil estrellas.

Blood Room

Pasamos de una habitación a secas a otra habitación, pero esta vez sangrienta. Blood Room (íd., 2016) es el segundo proyecto de Chico Morera, nombre que seguramente os suene por su canal de YouTube. Rodada con un presupuesto mínimo, desde los primeros compases ya se nota que las pretensiones son las de rodar un homenaje a la serie B ochentera, aquella que antes se descubría entre los pasillos de los videoclubs. La ambientación que hace de la época es sencilla pero convincente para lo que se podría esperar, algo que complementa a nivel visual con una fotografía que juega con el neón y secuencias que tienen su toque retro con defectos que recuerdan al VHS. La historia no es nada original ni creo que ese sea el objetivo, pero además le cuesta muchísimo arrancar. Hasta la segunda mitad el film no consiguió cautivar mi atención, pero los detalles feministas del personaje interpretado por Sara G y el giro ingenioso y metarreferencial del final evitan que la película, sin llegar a ser buena, deje un mal sabor de boca.

The Barn

Para acabar el primer día llegamos al plato más fuerte y uno de los principales motivos de mi asistencia al festival, la premiere europea de The Barn (íd., 2016). Throwbacks a los slashers o al cine de terror de los 80 en todas sus vertientes hay muchos, especialmente ahora que la nostalgia está de moda y estamos hablando de la época y el género de la nostalgia por antonomasia. Sin embargo, pero pocos largomentrajes que consigan condensar correctamente la esencia de sus elementos. Así de primeras me vienen a la mente Las últimas superviventes (The Final Girls, 2015) y La casa del diablo (The House of the Devil, 2009), una lista a la que hay que añadir The Barn. Una de sus grandes cualidades es lo cuidado de su apartado estético, ya que consigue imitar el grano, el celuloide quemado o la música de sintetizador, ingredientes muy característicos del cine ochentero. Por suerte el film no se queda ahí, ya que el contenido también parece haber sido sacado de un slasher de aquél entonces: ambientación en el Halloween de 1989, leyendas rurales, graneros peligrosos, monstruos con disfraces de latex, confictos que giran alrededor de la amistad adolescente, tetas exageradamente gratuitas y mucha sangre artesanal. Vamos, un disfrute absoluto para un fan del subgénero como yo.

Infección Zombi

Del primero pasamos al tercer día, el cual empezó con una película con la que tengo sentimientos enfrentados. El trabajo de Jacint Espuny junto con amigos y familiares para sacar Infección Zombi (íd., 2017) adelante ha sido titánico, primero con dos años de rodaje en las Tierras del Ebro y después otros dos en postproducción. Sería una mala persona si despreciara toda la ilusión que ha habido detrás de esta película, la cual además cuenta con presupuesto nulo, pero la condición de cinta amateur que lleva orgullosamente por bandera se convierte en un arma de doble filo. Básicamente porque todas las buenas intenciones de aficionado se ven sobrepasadas por la falta de calidad en prácticamente todas las facetas. Las interpretaciones son extremadamente limitadas, la banda sonora es genérica de stock, los efectos no están mal en algunas tomas pero en general son bastante pobres y el guión es muy flojo, con diálogos que en numerosas ocasiones quedan falsos e innecesarios y personajes casi inexistentes. La cinta además es demasiado repetitiva con las escenas de acción —son muchas y muy iguales todas— y durando un poco más de hora y media acaba haciéndose larga y aburrida. Aprecio mucho el ímpetu de Espuny y compañía, pero esto simplemente no es para mí.

Another Yeti a Love Story: Life on the Streets

Para cerrar el festival vamos con algo muy pero que muy bizarro. Es difícil explicar de qué va Another Yeti a Love Story: Life on the Streets (íd., 2017), porque básicamente nada tiene sentido en la peli. El punto de partida es el de una pareja gay con un bebé yeti que acaba secuestrado por jefe de un burdel para crear clones —o algo así—. Y creo que aquí se queda la crítica, porque me resulta prácticamente imposible hablar de ella. Voy a intentar soltar así a lo loco unas cuantas cosas que tiene la peli. Yeti de pene gigante y escena de sexo interespecies bastante larga. Clones sexuales. Pene. Fetiche con silla de ruedas. Botones de autodestrucción. La exnovia de uno clavándose un machete en sus partes. Muchos penes. Una máquina del tiempo. Homoerotismo. Y eso, que si tenéis amigos y alcohol, esta es una buena opción para pasar una noche divertida.

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