Los Oscar 2017: Un punto de risa, un punto de serio

El hecho de que estemos pasando por alto, en cuanto a cobertura en la página se refiere, las galas de premios de este año me ha puesto en la posición de considerar el no escribir sobre los Oscar 2017, pero creo que sería terrible desperdiciar la oportunidad de hablar sobre una de las ediciones más memorables de los últimos años. Y todos sabemos a qué nos referimos cuando entramos en el terreno de los Oscar: son una fiesta, una celebración, a veces del cine americano, siempre del egocentrismo y promoción de una industria con tantas luces como sombras, y creo que a estas alturas, en la 89º edición, deberíamos tomárnoslos con las pinzas correspondientes. “Un punto de risa, un punto de serio”, como diría aquel.

Como siempre: seguro que ya debéis saber los ganadores, y en caso de que no, tenéis a disposición muchísimas listas en puñados y puñados de páginas web, así que mi intención en este artículo no es hacer un repaso de todos los vencedores, sino, como ya hice el año pasado, centrarme en cuatro aspectos: la gala en general, el Oscar al Mejor Director, los galardonados en las categorías interpretativas y, por último y sin duda lo más memorable (este año más que nunca), la película que se ha llevado el mayor premio de todos, el de Mejor Película. Vamos allá.

De primeras, debo decir que me ha parecido la mejor gala que he visto nunca, no ya de los cuatro años que llevo viendo los Oscar en directo, sino de todas las galas que han pasado por delante de mis ojos, en cualquier país y ocasión. Me sorprende haber oído que a bastante gente le ha parecido un ladrillo, y es que para mí ha supuesto un triunfo total y el refinamiento más inteligente de un formato que, queramos o no, siempre se va a hacer algo pesado en las categorías que quizá nos interesen menos (suelen ser las mismas siempre, porque son las que menos publicidad y juego en las promociones tienen, y no tanto porque no interesen a un nivel puramente cinematográfico). Hubo momentos para bostezar, claro, pero sorprendentemente pocos: el presentador, un fantástico Jimmy Kimmel (que para mí lleva siendo desde hace bastante tiempo el mejor presentador de late night de Estados Unidos), no dejó que el ritmo de la gala decadiese, apareciendo de forma continua y trayendo bajo el brazo algunos chistes memorables, algunos sobre Trump, otros dedicados, por ejemplo, al ya famoso pique (pactado y preparado) que tiene con Matt Damon desde hace años. Kimmel estuvo muy bien, aguantó el subidón que fue empezar con la canción nominada de Justin Timberlake, que puso a todo el mundo a bailar, e improvisó con mucho humor en el lío que se montó al final de la gala y que, cómo no, más adelante comentaré. En definitiva, los Oscar 2017 me parecen el ejemplo perfecto de cómo debe ser una entrega de premios, minimizando el aburrimiento a través de buenos chistes, actuaciones estupendas y un montón de cosas sucediendo todo el rato.

Entremos ahora en los premios que voy a comentar, y el premio es el de Mejor Director. Todo apuntaba a que el ganador iba a ser Damien Chazelle por su espectacular trabajo en La La Land, y así fue, convirtiéndose en el director más joven de la historia de los Oscar en lograr este premio, con 32 años. La competencia era dura, sobre todo por parte de Barry Jenkins, que se llevó el Oscar al Mejor Guion Adaptado por Moonlight, y también por Denis Villeneuve, que realiza el que para mí es el mejor trabajo de dirección de los nominados en La llegada. También estaba por ahí Kenneth Lonergan, cuya película, Manchester frente al mar, destaca mucho más en escritura (ganó Mejor Guion Original) que en dirección, y un Mel Gibson con su Hasta el último hombre, cuya nominación ya parecía suficiente premio. En cualquier caso, el reconocimiento a Chazelle es más que justo teniendo el cuenta el virtuosismo y la elegancia que demuestra en La La Land, un filme muy complejo en su composición (con numerosos planos secuencia) y que confirma, después de haberse quedado a las puertas de entrar en la categoría hace unos años con Whiplash, que el joven realizador está llamado a darnos más de una alegría a lo largo de su futura filmografía.

En las categorías interpretativas todo fue según lo previsto. Mahershala Ali ganó en Mejor Actor Secundario por su breve pero memorable papel en Moonlight, algo que me alegró bastante ya solo sea por el reconocimiento a un actor que lleva teniendo unos años bastante buenos en televisión (destacando House of Cards) y que no supone la elección clásica en una categoría con Jeff Bridges o un Dev Patel que venía de ganar el BAFTA. En Mejor Actriz Secundaria tenemos a Viola Davis, que era uno de los Oscar más cantados de la noche. Más allá de un discurso cargadísimo y tan largo como era esperable, y diciendo que me gusta mucho más Naomi Harris en Moonlight, es cierto que el premio a Viola es merecido ya que su actuación en Fences es, sin duda, lo mejor de una película que, por otro lado, resulta deficiente en casi todos los sentidos. Luego tenemos a Casey Affleck ganando en Mejor Actor Principal por su increíble interpretación en Manchester frente al mar. Este es un tema peliagudo, y es que por un lado me alegro muchísimo de que ganara, ya que para mí es una de las mejores actuaciones de los últimos años y Casey Affleck me parece uno de los grandes actores (o que más me gusta ver) de la actualidad, pero por el otro es difícil olvidarse de todo el tema de las acusaciones de acoso sexual que dos mujeres, integrantes del documental I’m Still Here, denunciaron contra él; es algo que no se ha aclarado, y parece que nunca se va a aclarar pues llegaron a un acuerdo económico, pero evidentemente no suena en absoluto bien. En el otro lado, y sin peros, está la ganadora de Mejor Actriz Principal, una flamante Emma Stone que se ha llevado casi todos los premios a lo largo de la temporada y que se merecía sin duda este Oscar. Sí, me habría gustado haber visto subir a Isabelle Huppert, habría sido historia y un momentazo; sí, creo que Natalie Portman en Jackie está mejor que Stone en La La Land; y, en cualquier caso, para mí la mejor actriz del año ha sido Amy Adams por La llegada, que ni la nominaron, pero más allá de ello creo que Emma Stone realiza un brillante trabajo en su película y se alza con la estatuilla dos años después de que bien hubiera podido hacerlo en su también estupendo papel en Birdman. Es una de las mejores actrices estadounidenses de la actualidad.

Bueno, es hora de hablar del momento. EL momento. La locura, la vergüenza y el ridículo que se vivió en la entrega del último y más importante premio, el de Mejor Película. Warren Beatty y Faye Dunaway salen al escenario a entregar el galardón. Warren saca la tarjeta, mira el sobre, parece que se está haciendo el gracioso, enseña la tarjeta a Faye… que proclama a La La Land como vencedora. La esperada alegría se propaga, todo parece ir bien hasta que de repente, mientras los productores de la película de Chazelle agradecen a sus familias y demás, algo está pasando encima del escenario. Jordan Horowitz, uno de los productores de La La Land, dice que pare todo, que la ganadora… es Moonlight. Se hace el silencio en la sala, parece que está de coña, pero no, él se dirige a la parte donde está el equipo de Moonlight y dice que no es broma. Al parecer le habían dado la tarjeta que no era a Warren Beatty, y la ganadora a la Mejor Película resulta ser finalmente Moonlight. Gente con la boca abierta, los de Moonlight sin poder creérselo, Ryan Gosling tapándose la boca para no reírse, Damien Chazelle súper serio al fondo… Imágenes memorables de un error histórico y un ridículo mayúsculo en la que se supone que es la gala más importante y prestigiosa del mundo. Fue una cadena de errores que desembocaron en los que sin duda fueron los diez minutos más épicos e hilarantes que he visto jamás en una ceremonia así. Los equipos de las dos películas en el escenario, los de La La Land apartados en un lado y los de Moonlight agradeciendo el honor (Barry Jenkins estaba tremendamente emocionado), siendo ésta la primera película LGBT en ganar Mejor Película, haciendo historia.

Y esto último es lo que me parece importante de los Oscar: que una película como Moonlight haya ganado, que vaya a tener más proyección, que se recuerde como un filme que rompió una barrera importante. Una cinta, realizada con pasión por Jenkins y por todos los artistas detrás de ella, que encarna la importancia de la representación, lo mucho que importa contar este tipo de historias y hacerlo con tanta sensibilidad. Personalmente prefiero Manchester frente al mar, La llegada y La La Land, pero brindo por la victoria de Moonlight. Por hacer historia y por la oportunidad de aprovechar un altavoz tan potente como los Oscar para llegar a mucha gente que ve en este relato de un chico afroamericano gay un espejo y un reconocimiento por parte de una Academia formada principalmente por hombres mayores heterosexuales de que el posicionamiento y la representación, especialmente en estos tiempos, importan.

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