[Ciclo Kubrick] La naranja mecánica

A estas altura ya hemos tocado varias piezas clave en la filmografía de Stanley Kubrick, y ahora nos alegramos de poder hablar de la que es una de las películas más recordadas y polémicas del genio. La naranja mecánica (A Clockwork Orange, 1971), la del Kubrick desatado, la de la ultraviolencia, la de la técnica de Ludovico, la calificada por muchos como “rara”. Entremos en esta peculiar Inglaterra.

Daniblacksmoke

Se dice que fue Terry Southern -guionista de ¿Teléfono rojo?, volamos hacia Moscú (Dr. Strangelove or: How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb, 1964)- quien le regaló a Kubrick la novela La naranja mecánica de Anthony Burgess. Este se la leyó de una sentada y se imaginó a Malcolm McDowell en el papel de Alex Delarge. La naranja mecánica se estrenaría en Estados Unidos en 1971 y un año más tarde en Inglaterra, donde cosechó una gran controversia por el contenido del filme generando debates por todo el territorio británico, impulsado en parte por una serie de delitos realizados por jóvenes que se suponía que imitaban las escenas brutales de la película y vestían como los drugos. Esto llevó a Kubrick a obligar a Warner que cancelara toda exhibición de la cinta en cualquier sala inglesa. Aunque la crítica estuvo dividida entre el halago y el insulto, la nueva obra de Kubrick acabo ganando siete BAFTA, dos Globos de Oro y consiguió cuatro nominaciones al Oscar.

Con La naranja mecánica, Kubrick nos vuelve a adentrar en la psique de un antihéroe como ya hizo de una forma algo diferente en su Lolita (íd., 1962). El trato de la ultraviolencia en el primer acto es magnífica, pero las consecuencias lo son aún más. Uno de los temas principales de la película es precisamente lo injustos, hipócritas y prejuiciosos que son la sociedad y el estado con el individuo redimido. No he tenido el placer de leer la novela original, y aunque Burgess siempre dijo que Kubrick entendió mal el mensaje de su obra, es inevitable aplaudir ese mensaje “erróneo” que el director hizo de aquella. Para hablar de la crítica social que se hace de todos los temas que toca estaríamos horas aquí. La labor de Malcolm McDowell es sublime, sin la cual la película no sería tan recordada como ahora, un papel icónico y entregado que auguraba una enorme carrera al igual que pasaba con otros actores de su generación como De Niro o Dustin Hoffman. Lástima que no fuera así, y eso que le tocó sufrir a un Stanley Kubrick insoportable, dicen las malas lenguas.

La dirección es uno de los platos fuertes de la cinta, como en la mayoría de las obras de Kubrick. Y como hizo con 2001en el apartado técnico volvió a innovar. Esta vez con la incorporación de lentes más rápidas, micrófonos de última generación así como cámaras ligeras y equipos de iluminación con los que podía girar la cámara sin problemas de capturar por accidente a alguien del equipo de rodaje para las escenas en interiores. Visualmente es otra maravilla más para añadir dentro de la filmografía del director, elevando la violencia a través de la estética, algo que directores como Tarantino se toman al pie de la letra. El uso de la banda sonora es lo que mejor recordaba de la película, y como para no. Kubrick decide volver a incluir grandes piezas de la música clásica como la Sinfonía Nº9 de Beethoven o la obertura de La gazza ladra de Rossini, pero también destaca la incorporación de música electrónica como para The Funeral of Queen Mary (una versión con sintetizadores de la marcha fúnebre de Purcell)

Una película que ha generado tanto debate y tanta polémica no puede dejar indiferente a nadie. Otro tema que me repatea un poco es el postureo que hay de unos años hacía aquí por esta cinta entre el público adolescente, pero ese es otro tema que no toca hablar hoy aquí. Sin más decir que La naranja mecánica puede que sea la obra más “kubrickiana” de Kubrick, llamadme loco, pero eso sí, no me hagáis la técnica de Ludovico, por favor. [9]

Daniel Escaners

Mi relación con La naranja mecánica ha sido como mínimo accidentada. La primera vez que tuve la oportunidad de verla, hace ya unos años y bajo la entusiasta recomendación de un amigo, me dejó una sensación extraña, como de haber visto una película tan única como histérica y, aquí va la palabra, rara. Por aquel entonces había visto (aun) menos cine que actualmente, y ver el film de Kubrick me causó desconcierto. El segundo visionado, que ya mencioné en el artículo sobre 2001, no modificó en exceso mi percepción de la cinta: la fascinación seguía ahí, al mismo tiempo que no me sentía cómodo viéndola, no ya por las imágenes que se mostraban, sino por la frustrante sensación de que no conseguía entrar en el juego que planteaba el señor Stanley. Ahora, bastante tiempo después y de cara a este ciclo, he tenido que ponerme delante de La naranja mecánica por tercera vez, cruzando los dedos para que, esta vez sí, encontrara la llave que abriera la puerta de la que para muchos es una de las grandes obras maestras del séptimo arte.

Muchas cosas han cambiado en y con este tercer visionado. Primero, me he enfrentado a él habiendo visto más cine que en anteriores ocasiones. Segundo, el presente ciclo me está permitiendo ver la evolución de Kubrick y entender su obra de una forma más ordenada y estructurada. Y tercero, he encontrado la llave. Siempre me ha cautivado el primer tercio (podríamos llamarlo acto) de la película, que arranca con ese Alex mirándonos directamente a nosotros y que nos muestra las fechorías que él y sus tres drugos cometen a lo ancho de esa Inglaterra indeterminada. Es absolutamente fascinante desde un punto de vista visual, con un magnífico control por parte de Kubrick a la hora de utilizar zooms, cámaras al hombro o recursos como acelerar la acción, y también desde el plano argumental, que te desconcierta desde el primer instante. La violencia por la violencia, una especie de juego de niños sin justificación alguna. Sin embargo, era a partir del inicio del segundo acto (la cárcel y cierto tratamiento) cuando, en anteriores ocasiones, la película se me hacía cansada, o no me resultaba tan fascinante como antes. En esta ocasión no ha sido así: es cierto que considero al primer y al último tercio como los mejores tramos del film, pero la travesía en el medio resulta imprescindible para unir ambos puntos, además de contar con algunos momentos espeluznantes.

La venganza y la redención imposible son algunos de los temas que trata la película, siempre relacionados con el protagonista total, Alex DeLarge, interpretado con entrega y buscado histrionismo por un genial Malcolm McDowell. He hablado de que el tramo medio de la película cuanta con secuencias cuanto menos turbias, como la archiconocida de Alex con los párpados sujetos para obligarle a mirar ciertas obras audiovisuales, que están relacionadas con la búsqueda de una sociedad “perfecta”, o al menos con un índice menor de criminalidad, mediante prácticas inmorales. Por otro lado, y como bien nos hace saber la última escena del film, es muy difícil modificar la naturaleza de un individuo, y más con estas características tan extremas.

Sería tremendamente superficial decir que La naranja mecánica es una película “rara”. Si se la muestras a alguien acostumbrado al cine más comercial y, en cierta medida, clónico (como estaban muchos de los que la visionaron en mi clase hace años), seguramente te digan que qué cosa más extraña, que no saben por dónde cogerla, que es hasta enfermiza. Algo de enfermedad tiene, pero claramente buscada: Kubrick hace un retrato (y relato) de la violencia más descarnada, capaz de hacernos empatizar y sufrir con un personaje tan despreciable como es Alex. Una obra en la que todo (lo visual, lo narrativo y, sobre todo, lo sonoro) se juntan para crear una pieza imperecedera. Tres intentos me ha costado abrir la dichosa puerta. [9]

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  1. Sin duda, una obra fundamental del cine, como lo son prácticamente todas las obras de Kubrick. Es imposible no sentirse tan incómodo como enamorado de este personaje llamado Alex, tanto en su cara violenta, como en la que sufre las consecuencias. Pero es también una obra inmortal, ya que seguimos viendo a esa sociedad que se espanta de la violencia que ejercen algunos sectores de la sociedad, mientras que las altas esferas actúan de manera similar desde la sombra, intentando hacernos ver que su violencia está justificada para calmar la violencia injusta de los sectores más bajos de la sociedad, como refleja de manera magistral “La naranja mecánica” con ese mítico tratamiento Ludovico.

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