Ciclo Scorsese (1967-1977): de malas calles y conductores de taxi

Teníamos ganas de empezar un nuevo ciclo, y en esta ocasión con aún más razón. Como podréis observar ya en el título de este artículo, y como ya avisamos hace tiempo por diferentes vías, hemos decidido darle un giro importante al formato que venimos desarrollando en los ciclos dedicados a directores. Mientras que antes hablábamos de cada película en un artículo propio, ahora vamos a dividir la filmografía escogida en diferentes etapas, agrupando así un buen puñado de filmes en un mismo lugar y librándonos de tener que escribir por partida doble, algo que, creemos, estaba empezando a resultar bastante cansino. Para estrenar esta nueva estructura nos hemos puesto manos a la obra con un cineasta cuya obra tenemos muchas ganas de explorar: Martin Scorsese. Serán cuatro los artículos que tanto Daniel Pérez-Michán (Daniblacksmoke) como Daniel Cabo (Daniel Escaners) dedicaremos a sus películas, más uno aparte a sus documentales. En este primero abarcamos desde su ópera prima, estrenada en 1967, hasta al última que hizo en los setenta. Sin más dilación, arranquemos.

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¿Quién llama a mi puerta? (1967)

por Daniel Cabo

No todos los directores pueden entrar por la puerta grande, y es algo a tener en cuenta a la hora de encarar la filmografía de un cineasta, en este caso, con una larga carrera ya establecida. Hay que poner cosas en perspectiva y ser conscientes de que lo más probable es que su estilo, su lenguaje, se vaya a ir desarrollando a lo largo de la primera etapa creativa, y no vaya a estar en el principio en sí. Óperas primas como las de los Coen, Malick o, ya no digamos, Orson Welles son excepciones que confirman la regla: las primeras películas suelen ser una toma de contacto, un calentamiento, un nido de promesas de lo que puede estar por venir. ¿Quién llama a mi puerta? (Who’s That Knocking at My Door, 1967) es el estreno del director que nos incumbe, Martin Scorsese, y sirve como perfecto ejemplo de un debut torpe en su desarrollo y mediocre en su resultado, pero con algunos destellos que quizá no adelantaban el director que acabaría siendo, pero sí señalaban que ese neoyorquino podría tener algo que decir en el futuro.

Formalmente es muy simple, aunque la atmósfera (sucia, como va a ser una constante) consigue traspasar la pantalla, ayudada por un acertado blanco y negro que, ya saben, siempre viene bien cuando un director enfrenta su primer trabajo. Le da textura. Las dos mejores noticias que podemos sacar de ¿Quién llama a mi puerta? son las colaboraciones que se mantendrían exporádicamente a lo largo de su carrera: por un lado Harvey Keitel, actor que también se estrenaba aquí y que participaría en casi todos los filmes de Scorsese en esta primera etapa; y por el otro Thelma Schoonmaker, de sobra conocida por ser la montadora habitual del cineasta y que empezó su colaboración desde el mismísimo principio. Es curioso e irónico, respecto a lo de Schoonmaker, que esta sea la única película suya que montara hasta la década de los ochenta, con Toro Salvaje, pero a partir de ahí formaron una pareja creativa que nos ha brindado numerosas alegrías. En definitiva, la ópera prima de Scorsese resulta más una curiosidad para el que quiera ver dónde empezó todo; un filme que no pasa de lo correcto y que se le perdonan ciertas cosas porque, bueno, aquél era un joven inexperto.

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El tren de Bertha (1972)

por Daniel Pérez-Michán

Tras ¿Quién llama a mi puerta?, Roger Corman, productor de películas de serie B y uno de los más influyentes para los Movie Brats (la primera generación de directores que habían estudiado cine en la universidad) ya que había impulsado las carreras de varios de ellos produciendo las óperas primas de gente como Coppola, Ron Howard y otros tantos, llamó a Scorsese para que dirigiera una road movie de cine gangster protagonizada por una mujer. De aquí saldría El tren de Bertha (Boxcar Bertha, 1972) que sería el primer largometraje “serio” del italoamericano, alejado de la precariedad técnica y presupuestaría de su ópera prima. Ya no era una película hecha en sus ratos libres con sus amigos de la escuela de cine, esto era una producción que daba de comer a gente.

La película en sí me resulta demasiado hija de su época, no conecto con ninguno de los personajes, y me parece bastante aburrida, casi que diría que a día de hoy es la única cinta de todo lo visto del director de la cual recomendaría no acercarse a ella. En el filme seguimos a un trasunto de Bonnie y Clyde por los estados sureños de Estados Unidos, en el que Scorsese destaca de vez en cuando por la forma que tiene de llevar a cabo visualmente algunas secuencias (como esa crucifixión en el ferrocarril). Sin embargo, en la parte actoral es de donde más cuesta rasgar algo digno, protagonizada por una excesivamente intensa Barbara Hershey y un seco David Carradine, justo antes de ser conocido en todo el país por Kung Fu, la serie de televisión. A El tren de Bertha quizás se le resiente un poco que tenga ese aroma a producción de serie B del que Corman nunca se alejaría. Aún así fue él quien hizo ver a Scorsese que las películas podían ser rodadas con muy poco dinero y rápido (seiscientos mil dólares y menos de un mes de rodaje en este caso), preparándole para la odisea que sería su próxima película.

Malas calles (1973)

por Daniel Pérez-Michán

Tras un proyecto por el que no sentía apego alguno, Scorsese no estaba del todo satisfecho con lo que había hecho como cineasta hasta ahora. Fue John Cassavetes, amigo y mentor de Marty, el que le animaría a poner en marcha la película que acabaría siendo Malas calles (Mean Streets, 1973), tras hacerle ver que tenía que realizar películas que sintiera suyas y no dejarse la piel durante meses en proyectos de otros. Y como no podía ser de otra manera, qué otra cosa sino podría ser más propio de Scorsese que el barrio que le vio crecer: Little Italy.

Si ¿Quién llama a mi puerta? era la semilla de su estilo y forma de dirigir, Malas calles sería la raíz de todo lo que significará posteriormente su cine. Es aquí donde por fin podemos empezar a identificar los temas que le han hecho tan conocido internacionalmente: refleja las idiosincrasias más viscerales de los italoamericanos como la violencia desmedida, la lucha por ser el macho alfa o la hipocresía de su fe católica en contraposición a la vida delictiva que ejercen, así como mostrar con una mirada muy particular los bajos fondos de Nueva York, contar con un montaje frenético y seleccionar la primera de tantas bandas sonoras generacionales que albergará su extensa filmografía. En el momento en el que fue concebida la película, Malas calles supuso toda una innovación creativa, sobre todo en lo que se refiere a la dirección, mezclando estilos de la nouvelle vague, la cámara en mano propia de los documentales y un sinfín de señas de identidad marca de la casa a nivel visual. 

Aunque Malas Calles estuvo protagonizada de nuevo por Harvey Keitel, quien se come la película es Robert De Niro, en la que es su primera colaboración con Scorsese —después de que Brian De Palma los presentase— y que tras este papel acabaría convirtiéndose en el gran actor fetiche del director. De hecho Malas calles supuso el sprint de salida a la industria para todos los que colaboraron en la película. Llamando sobremanera la atención de la crítica, que por aquel entonces ya la puso por las nubes como una de las mejores películas estadounidenses de la década. Y es que estamos, a título personal, ante el primer éxito creativo de Scorsese, una de las cintas que mejor se han conservado de esta etapa del director. En definitiva, un gustazo de película.

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Alicia ya no vive aquí (1974)

por Daniel Cabo

De esta primera etapa, Alicia ya no vive aquí (Alice Doesn’t Live Here Anymore, 1974), junto a Malas calles, era la película que más ganas tenía de ver de las que me faltaban. Y no por un motivo en particular, sino por las opiniones que había leído. En cualquier caso, lo que me he encontrado es una especie de road movie en la que una madre ha perdido a su marido (un malnacido de mucho cuidado) y que decide coger a su hijo y lanzarse a la carretera en busca de un nuevo lugar en el que volver a empezar, consiguiendo un trabajo con el que ir tirando y, quién sabe, conocer a otro hombre que esta vez le trate con dignidad. Y realmente funciona durante casi todo el trayecto, sustentada en el trabajo de Ellen Burstyn y en el resto del reparto (con, de nuevo, la aparición de Harvey Keitel). El problema y el motivo por el que no sea una de las mejores cintas de esta primera etapa (ya no digamos de toda su filmografía) es la sensación de reiteración que se siente especialmente en su tramo medio; es cierto que refleja de forma óptima su mala suerte, pero no deja de ser una serie de catastróficas desdichas que parecen, de nuevo, repetirse en el tramo final, que sin embargo se acaba resolviendo por otro lado. Un lado más facilón, previsible incluso, pero que al menos resuelve una situación que amenazaba en convertir al filme en un bucle cansino. Además de que la presencia del niño, como suele ocurrir, se hace algo cargante. En definitiva, Alicia ya no vive aquí no es de las obras más memorables de Scorsese y, para un servidor, supuso un ligero paso atrás respecto a Malas calles, pero no por ello deja de ser una película de visionado recomendable.

Taxi Driver (1976)

por Daniel Cabo

Mi primer acercamiento a Taxi Driver (íd., 1976), hace mucho tiempo, me dejó el sabor agridulce que a veces te asalta cuando visionas un clásico que para muchos se encuentra entre los más grandes de la historia: por un lado me pareció interesante, comprendí el mito, pero por el otro no pude negar una sensación de ligera decepción, de no haber entrado en la marcada atmósfera de la quinta película de Scorsese. Más adelante, habiendo visto más cine y con unos gustos más modelados, me enfrenté con ella de nuevo, y el resultado fue infinitamente más satisfactorio: lo que antes veía como una estructura dispersa, ahora me encajaba; la primera mitad, que antes se me hacía cuesta arriba, ahora me parecía fascinante; en su totalidad, Taxi Driver me pareció en el segundo visionado la obra maestra de la que tantos hablaban. Ahora, con el tercero de cara a este ciclo, he confirmado lo que llevo tiempo rumiando: que estoy ante la que para mí es una de las mejores películas jamás filmadas.

La historia de cómo un hombre regresado de Vietnam, que no puede dormir por las noches y que lo aprovecha para ser taxista a altas horas de la madrugada, observa la suciedad y gentuza que habita una ciudad podrida y desea que, algún día, una lluvia barra toda la mierda de las aceras, en una evolución que le hará convertirse, en cierto sentido, en esa lluvia purificadora. Es una película oscura y compleja, tanto como su inmortal protagonista, Travis (un brillante Robert De Niro), una persona que no encaja en la sociedad; quiere hacerlo, como por ejemplo mostrando su repentino apoyo a un candidato político del que realmente no sabe su programa, pero a la vez no encuentra nada problemático en llevar a un cine porno a la chica con la que tiene una primera cita. Será Iris (Jodie Foster) la que, en cierta manera, le ponga en marcha (de forma indirecta) y le haga dejar de mirar a través de la ventana de su taxi para pisar la calle y tomar cartas en el asunto. Una evolución progresiva y brillantemente escrita por Paul Schrader, que creó a uno de los protagonistas más memorables de todos los tiempos.

Es cierto que todavía queda mucho ciclo por delante, un buen puñado de grandes películas que ya he visto y tantas otras que me quedan por descubrir del cineasta neoyorquino, pero se me hace difícil imaginar alguna que me cale tanto como Taxi Driver. Es uno de esos filmes que te marcan en cada visionado, que crecen y crecen en la memoria y nunca te abandonan. Además, te invita a estar en un humor adecuado, en una situación adecuada; es como escuchar a Tom Waits por la noche: sabes que es el momento. Taxi Driver hay que verla tarde, de madrugada, y sumergirte en ese mundo tan sucio y tan real.

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New York, New York (1977)

por Daniel Pérez-Michán

La fama y el estatus en el que le dejó todo el fenómeno crítico y de público por Taxi Driver le dieron el valor a Scorsese para enfrentarse, por primera vez, ante una película de gran presupuesto: New York, New York (íd., 1977). Este sexto largometraje de Marty nació para ser un doble tributo: por un lado una carta de amor a los musicales hollywodienses de la posguerra, y en otro plano al de su querida ciudad. Y sí, es cierto que el homenaje se nota y que está ahí durante toda la película, pero es una obra que no aporta nada, y así se vio en la época cuando se desplomó en la taquilla sin llegar a recuperar lo invertido y le llovieron algunos hachazos a Scorsese por aquel entonces, del que derivó en una depresión y una creciente adicción a la cocaína.

Aquí volvería a contar con su ya amigo Robert De Niro (en su tercera colaboración), y trabajaría por primera vez con Liza Minelli, ambos ya con sus correspondientes Oscars. Los dos están a la altura de las circunstancias pero si no me parece gran cosa el trabajo de ambos quizás sea porque interpretan, por algun motivo, a dos personajes antipáticos con los que cuesta empatizar. En especial con el de De Niro, que lo encuentro de lo más insoportable en esta película. Lo que más le pesa a New York, New York es lo innecesariamente largo de su metraje: casi tres horas. Se hace muy cuesta arriba en según qué momentos y cuesta concentrarse en la reiterada historia de esta relación tóxica entre dos músicos. Y lo peor es que en un principio Scorsese tenía pensado que durase cuatro horas y media, no hay por donde cogerlo. Aún así, aunque sea una de las películas peor consideradas de la carrera del director, New York, New York perdura en la memoria colectiva por su homónima canción principal, que popularizaría la versión de Sinatra. 

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