Ciclo Scorsese (1980-1988): toros salvajes y noches locas

Entre unas cosas y otras, nos ha costado bastante sentarnos tanto para ver como para escribir sobre la siguiente tanda de películas de Martin Scorsese de cara a esta segunda entrega del ciclo, pero por fin lo hemos conseguido. En este artículo repasamos las cinco obras que el señor Scorsese estrenó en la década de los 80, estando algunas de ellas en las posiciones más altas de las favoritas del cineasta para mucha gente. En cualquier caso, esperamos no tardar tanto tiempo en publicar la tercera entrega y seguir con paso firme el repaso de esta apasionante filmografía.

Toro salvaje (1980)

por Daniel Cabo

Toro salvaje (Raging Bull, 1980) es una película para digerir y dejar que el tiempo la vaya poniendo en su lugar. Un lugar que, para el que escribe estas líneas, se encuentra entre las grandes obras que jamás ha firmado Martin Scorsese. Mi primera experiencia con ella, hace ya unos años, me dejó el mismo sabor agridulce que experimenté con Taxi Driver: era consciente de todos sus puntos fuertes, pero el conjunto se me hacía pesado y agónico. Ha sido en este revisionado, aunque a menor escala que aquella protagonizada por Travis, cuando Toro salvaje se ha convertido para mí en una gran película; quizá no la obra maestra que se presupone que es, pero sí un trabajo contundente lleno de momentos de puro cine. El principio, con esa cámara lenta en el cuadrilátero, es uno de ellos; o la forma en la que Scorsese narra las peleas, utilizando los movimientos de cámara como representación visual de la psicología del protagonista (en una de ellas la cámara hace un movimiento hacia el interior del ring cuando Jake la Motta empieza a pelear en serio), al igual que ese final delante del espejo, que tantas veces ha sido homenajeado (Paul Thomas Anderson en Boogie Nights, por ejemplo). Aunque si algo se te queda a fuego en la memoria, además de la mano de Scorsese, es la interpretación de un Robert De Niro que pocas veces ha estado mejor. Es impresionante la capacidad que tiene, guion mediante, para evolucionar con el personaje, tanto física como mentalmente, y siempre haciendo creíble a una persona tan extrema, haciendo que empatices con él. Y lo mejor de todo es la sensación de que, cuando vuelva a verla de nuevo, me parecerá todavía mejor.

El rey de la comedia (1982)

por Daniel Cabo

Aunque se podría calificar a El rey de la comedia (The King of Comedy, 1982) como, bueno, una comedia o una dramedia, para mí está casi más cerca de ser una película de terror psicológico. Tenemos aquí a Rupert Pupkin, un cómico obsesionado con convertirse en “the next big thing” y que, para conseguirlo, hará todo lo que esté en su mano: desde prácticamente acosar a su ídolo, Jerry Langford, hasta más adelante tomar medidas más drásticas. Cuando digo que me parece un filme de terror no es tanto porque literalmente pertenezca a ese género, ya que solo se ven elementos de ese tipo de cine en el tramo final, sino por las sensaciones que me ha despertado en el visionado. Bajo una fachada inocente, El rey de la comedia nos cuenta la historia de un sociópata dispuesto a todo para triunfar; y lo que más miedo da es que hará todo para conseguirlo siempre con la sonrisa del que cree no estar haciendo nada realmente grave e ilógico. Soy una persona interesada en la relación que uno tiene que la gente a la que admira, y en ese aspecto la película de Scorsese muestra el lado más oscuro: la admiración que acaba llevando al fan a ver a su ídolo como una oportunidad, como si éste le debiera algo solo por el hecho de que admire su trabajo. Y El rey de la comedia es tan interesante porque, a pesar de las acciones reprobables que realiza Rupert y de su carácter a menudo enfermizo, es un personaje con el que empatizas y al que llegar, con matices, a querer; buena parte de culpa la tiene, de nuevo, Robert De Niro. Es una película que, tras su aparente amabilidad y ligereza, esconde un discurso complejo digno de debatir.

¡Jo, qué noche! (1985)

por Daniel Pérez-Michán

Poco o nada sabía de ¡Jo, qué noche! (After Hours, 1985) antes de ponerme con ella por primera vez, con motivo del presente ciclo. Como pocas son las veces que me he sentido totalmente inmerso y maravillado por la pesadilla de alguien. El filme bebe de muchas influencias, pero algo la hace única; la siento como una película especial. Me adelantaré ya y os diré que no solo es mi película favorita de esta etapa del director neoyorkino sino que la considero como una de sus mejores obras. Tras casi diez años y cuatro películas seguidas de Robert De Niro como protagonista, aquí coge el cargo Griffin Dunne, que se pone bajo la dirección de Scorsese interpretando a Paul Hackett, un perdedor —que encajaría milimétricamente en el cine de los Coen— al que durante toda una noche su vida se ve regida por la ley de Murphy. Una de las visiones que más me gustan de esta película es que se puede tomar como si fuera una aventura gráfica de LucasArts: esa atención por el detalle de los objetos importantes que se va encontrado Hackett a lo largo de la noche y su posterior uso para solventar dispares situaciones, las tareas y objetivos secundarios que se van añadiendo conforme se va encontrando a gente…; y a su vez, aunque a fin de cuentas sea una comedia, la película no esconde los momentos tétricos y sofocantes. El aura mística que por momentos cuenta el filme, y las preguntas sin respuestas que va planteando al espectador a través de elementos que parecen suceder por un ente divino que está castigando al protagonista, podrían hacerla pasar por una comedia negra que Lynch habría rodado en los ochenta. Pero no hay otro como Scorsese para reflejar esa locura a través de la lente, ese frenetismo y ansiedad del protagonista por salir de una vez del SoHo de Nueva York (no quiero imaginarme lo que podría haber dado de sí esta cinta de haberla rodado Tim Burton, que era el que se iba a encargar del proyecto en algún momento de la preproducción). Y la película le valió a Marty el premio al mejor director en Cannes, el mismo año que La misión (con su De Niro de protagonista) ganaba la Palma de Oro.

Estoy loco por volver a ella, y de fijarme aún más en sus numerosas lecturas: por su acercamiento a la obra de Kafka, que esté diseñada como un ejercicio de estilo visual y sonoro que parodia el cine de Hitchcock (aquí un joven Howard Shore hace una de las bandas sonoras más peculiares de su carrera emulando lo que sería una versión futurista de la música de Bernard Herrmann), el que resuene como una moderna revisitación de El mago de Oz, o por esa fijación en los elementos fálicos que señala fervientemente a la emasculación. En definitiva, una pesadilla maravillosa que cuenta con un guión sin prácticamente fisuras y que funciona como un complejísimo puzle dando de sí una comedia negra casi perfecta. Una de mis noches favoritas de la historia del cine.

El color del dinero (1986)

por Daniel Pérez-Michán

Mi historia con El color del dinero (The Color of Money, 1986) es extraña. La vi hace años, cuando mi despertar cinéfilo estaba empezando a dar sus frutos y me encontré esta película por mi casa. Recuerdo que me gustó, sí. Pero lo mejor fue la sorpresa, meses después, de que era una secuela de una película de los años 60, El buscavidas. Y creo que eso dice mucho de una película como la de Scorsese, funciona estupendamente como obra individual: en ningún momento sientes que te estés perdiendo algo por no haber visto la anterior. He de decir que ya remedié esa falta hace un par de meses cuando me puse por fin a ver la película original de Robert Rossen, y me di cuenta de lo que me estaba perdiendo. Eddie Felson es un personaje muy sufrido, complicadísimo, que da vida el otrora mito del cine Paul Newman, al que regresa aquí tras veinticinco años para ejercer de mentor de una joven promesa del billar, interpretada por un más que correcto Tom Cruise. Este envejecido Eddie Felson le daría por fin el Oscar a Newman, que llevaba acumuladas siete nominaciones sin llevarse nunca la estatuilla. Por no tenerle tanto cariño a la cinta original, personalmente veo a El color del dinero como una digna continuación, no creo que aporte mucho más de lo que ya estaba en el clásico, pero solo por las interpretaciones de ambos protagonistas, su guión comedido y simple la mar de efectivo y las decisiones visuales de Scorsese ya merece la pena; no dudo que Scorsese decidiera hacer este proyecto solo por la excusa de filmar partidas de billar, qué bien dirige, joder.

La última tentación de Cristo (1988)

por Daniel Cabo

Quizá decir que Jesucristo me cae mal en absolutamente todas las películas que he visto sobre el tema no le importe demasiado a nadie, pero creo que es relevante para explicar por qué La última tentación de Cristo (The Last Temptation of Christ, 1988) me parece una obra tan cansina y olvidable. Por un lado, lo más interesante de la misma es el acercamiento de Scorsese, persona cristiana, a la vida de Cristo: no nos encontramos aquí con un “biopic” (que para serlo debería haber ocurrido en la realidad; en fin, voy a dejar fuera mi ateísmo) que nos narre sus andanzas de una forma convencional, sino que la mano de Scorsese (y el guión de Paul Schrader, adaptando el libro de Nikos Kazantzakis) convierte a la narración en un viaje místico a la propia psicología del protagonista, a sus miedos, pasiones y deseos. Sin embargo, a pesar de que agradezco esta visión personal y hasta atrevida del tema, soy incapaz de entrar en la película por varias razones: la primera es, como he dicho, que Jesucristo me parece, como personaje (de todas las películas que he visto al respecto, de hecho), un tipo insoportable y cada vez que abre la boca quiero salir corriendo; la segunda es lo cutre que parece todo, y es que ni el virtuosismo de Scorsese puede tapar una dirección de arte que parece aspirar a parecerse a La vida de Brian; y la tercera es su duración, que no provoca que sea una experiencia agónica (por suerte no es New York, New York), pero sí es del todo excesiva. Por no hablar de un reparto algo desacertado en su distribución, aunque Willem Dafoe me convence como Jesucristo más de lo que pintaba sobre el papel. En cualquier caso, es una película curiosa con un acercamiento particular al tema, pero para un servidor no pasa de la anécdota.

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