Ciclo Scorsese (2002-2013): aviadores, infiltrados y lobitos

Es hora de ponerle el broche final al ciclo que le hemos dedicado al cine de Martin Scorsese durante estos siete meses. Cuatro artículos que nos han servido para hablar de toda la filmografía (en cuanto a largometrajes de ficción) de uno de los directores más respetados de la historia del cine. Hemos tenido nuestros más y nuestros menos con algunas de sus películas, nos hemos llevado sorpresas, también decepciones, y en general ha supuesto una muy buena experiencia de cara no solo a sumergirnos en su obra, sino también la posibilidad de hablar de ella. Os dejamos, pues, con la última tanda de películas, adelantándoos que ya estamos preparando nuestro siguiente ciclo. ¿De quién va a ser? Bueno, ya lo veremos. Cada cosa a su tiempo.

Gangs of New York (2002)

por Daniel Cabo

Martin Scorsese arrancaba la etapa en el nuevo siglo con una película importante de cara a sus colaboraciones actorales: por un lado volvía a contar con Daniel Day-Lewis después de La edad de la inocencia (The Age of Innocence, 1993), y por el otro trabajaba por primera vez con un joven Leonardo DiCaprio, inaugurando así una colaboración que se prolonga hasta nuestros días. Gangs of New York (íd., 2002) es una película que divide bastante, contando con muchos defensores y también con un buen puñado de gente que la señala como una obra fallida. Curiosamente, mi relación con ella me ha posicionado en los dos bandos, y es que cuando la vi por primera vez, hace ya unos cuantos años, me gustó mucho, destacando tanto la mano de Scorsese a la hora de realizar esta historia de venganza como el duelo actoral entre los dos protagonistas, y sin embargo, tras revisionarla, ahora solo puedo señalarla como una película fallida. Encuentro aquí al Scorsese más innecesariamente virtuoso, que mueve la cámara y subraya con el montaje de una forma innecesaria, sacándome de la propuesta a base de decisiones cuestionables. Se siente como si lo vertiginoso del apartado formal y el propio guion, muy básico en sus conflictos y desarrollo (algo sorprendente teniendo a Kenneth Lonergan como colaborador), no acabaran de casar; como si la historia requiriera de más calma para ser narrada, como si todo fluyera a trompicones en busca de ese momento de brillantez que nunca llega. Tampoco brilla DiCaprio, al que se le nota algo perdido, ni tampoco Daniel Day-Lewis, cuyo papel es muy memorable en su representación física pero cuya construcción es sosa y sonrojantemente básica. Así, Gangs of New York se revela como una película que pudo ser y no fue, que contaba con los ingredientes para destacar en la filmografía de Marty pero que acaba relegada a un segundo o tercer plano.

El aviador (2004)

por Daniel Pérez-Michán

El proyecto de El aviador (The aviator, 2004) dio muchas vueltas en el aire hasta llegar a ser lo que fue. Los estudios se estuvieron peleando durante toda la década de los noventa por hacer su película sobre Howard Hughes —por no contar el proyecto soñado que llevaba queriendo hacer Warren Beatty desde los setenta y que no se hizo realidad hasta hace unos meses con La excepción a la regla (Rules Don’t Apply, 2016)—, desde proyectos variopintos como una versión dirigida por De Palma con Nicolas Cage, otra con los hermanos Hughes con Johny Depp, hasta llegar a 1999, cuando fue elegido Michael Mann para dirigirla junto a Leonardo DiCaprio de protagonista. Al final, Mann fue reemplazado en última instancia por Scorsese, y el resto es historia.

El aviador supone un acercamiento Scorsesiano al cine más academicista, mezclando homenajes al cine clásico más purista con elementos rompedores del cine más reciente. A pesar de que no sea uno de sus trabajos mejor recordados sin duda su labor en la dirección de esta película no es poca cosa, en mi opinión resulta en uno de los biopics más solventes de los últimos años. Por su parte DiCaprio demostró, ahora sí, que su reputación en la industria estaba lo suficientemente consagrada y su trabajo aquí le valió una nominación al Oscar, su primera como adulto a cargo de un protagonista absoluto. Ciertamente, el Howard Hughes de DiCaprio se encuentra entre las mejores interpretaciones de su carrera, que no es poco. El exhaustivo estudio que hizo del personaje se transmite en cada plano del filme: la complejidad de su figura, de su enfermedad, de su obsesión por los aviones, etc. Es un tipo de interpretación —de dejarse la piel por el personaje— que muy pocos actores pueden llevar a cabo con buen resultado, y DiCaprio es uno de ellos. Pero si hablamos de interpretaciones no me puedo dejar atrás a Cate Blanchett y su brillante Katherine Hepburn, grandeza de Hollywood. Si por lo que fuera no os convencieran las interpretaciones de dos de los actores clave de su generación, la película ya vale la pena por sí sola por lo que consigue Robert Richardson con su fotografía (en la segunda colaboración con el director desde Casino) y con las maravillas que recrea el equipo de Dante Ferreti en lo que se refiere al diseño de producción y la dirección de arte. Es cierto, El aviador no llega ni por asomo a las alturas de las grandes películas de Scorsese, pero sí que se eleva lo suficiente como —al menos para mí— ser más recordada y valorada de lo que en su día fue. Una cosilla: como le va a pasar a Scorsese ya de aquí hasta el final de su carrera, sus películas pecan de duración. Siempre se podría haber recortado algo más, Marty; y lo sabes.

Infiltrados (2006)

por Daniel Pérez-Michán

Si bien las películas que estaba estrenando Scorsese en estos años del inicio del nuevo milenio no eran malas del todo, no terminaba de arrancar, hacía tiempo (ya desde principios/mediados de los noventa) que no alcanzaba una nueva cima en su filmografía. Entonces llegó 2006 y su cine volvería a explotar con el estreno de Infiltrados (The Departed, 2006). El proyecto, para empezar, era algo peculiar. Se trataba de un remake de una cinta china, Infernal Affairs (Mou gaan dou, 2002), trasladando todos los elementos de aquella historia a Boston, situando los dos bandos entre la mafia irlandesa-estadounidense y el FBI. Plan B, una pequeña productora con grandes ambiciones que por aquel entonces estaba empezando se interesó por la película original y compró sus derechos. Detrás de aquella productora se encontraba Brad Pitt y —el ahora recién fallecido— Brad Grey. La tarea de la adaptación cayó en manos del guionista William Monahan, libreto que acabaría leyendo Scorsese y que decidiría dirigirla por lo acertada que estaba la adaptación de Monahan, con ese universo gangsteril de irlandeses en Boston —e intuyo, por lo bien que encajaba la película en su filmografía, a todos los niveles—. En las primeras etapas de la preproducción era el propio Pitt quien iba a interpretar a Sullivan, quizás el personaje más complejo de toda la obra, pero concluyó que funcionaría mejor con actor de un perfil algo más joven que él. Entonces Kenneth Lonergan (guionista de Manchester frente al mar entre otras y colaborador de Scorsese en Gangs of New York) recomendó al neoyorkino a un tal Matt Damon, que además era originario de Boston. El resto del reparto lo acabó completando —evidentemente— Leonardo DiCaprio, Jack Nicholson, Martin Sheen, Mark Whalberg, Vera Farmiga y Alec Baldwin, entre otros. Todos están genial.

Sinceramente creo que estamos ante una de las obras fundamentales de Scorsese. En lo que respecta a su carrera no le salía una película tan redonda desde que filmara Uno de lo nuestros. La soltura y lo cómodo que se le ve a Marty aquí se palpa en cada fotograma, ha llegado un momento en su carrera que no tiene que demostrar nada a nadie y hace películas para su disfrute propio, ya si luego le gusta a más gente pues mejor que mejor. Hay mucho que analizar aquí en cuanto a narrativa, el intenso duelo de interpretaciones (poco se habla de lo buen director de actores que es Scorsese), la fotografía de Ballhaus, uno de los montajes más refinados de Schoonmaker o un repertorio musical que es un regalo para cualquier melómano, pero este no es el lugar ni el momento para tal extenso análisis —ya caerá en algún que otro momento—. Concluyo comentando que tras algo más de treinta años en la industria y decenas de nominaciones, la Academia lo coronó por primera vez como el mejor director de ese año, al igual que a su película.

Shutter Island (2010)

por Daniel Cabo

Pasaron cuatro años hasta que Martin Scorsese volvió a estrenar otra película, protagonizada de nuevo por Leonardo DiCaprio, y en esta ocasión adaptando una novela del aclamado escritor Dennis Lehane. Shutter Island, que nos cuenta la historia de dos detectives (DiCaprio y Mark Ruffalo) que acuden a una isla en la que se sitúa un psiquiátrico para individuos peligrosos para investigar la desaparición de una mujer internada, supone para muchos una película de iniciación. Como bien podía haber sido Gangs of New York o más adelante El lobo de Wall Street, Shutter Island es un filme que, cuando tu camino en el cine no es prolongado, cuenta con un atractivo y una fuerza impresionantes. Será por la atmósfera turbia que consigue crear Scorsese y la fotografía de Robert Richardson, o por la cada vez más intensa interpretación de DiCaprio, o simplemente porque cuenta con un enorme giro final que te hace replantearte toda la obra, el caso es que resulta fácil colocarla como una gran cinta. Sin embargo, vista años más tarde y con algo más de bagaje, diría que Shutter Island es una película a la que se le ve el truco; no me refiero a que dicha revelación conclusiva se viera venir, sino más bien que la forma de narrar esta historia peca de efectiva, llena de adornos que le aportan cierta personalidad visual pero que no acaban sumando a la narrativa. Existe la sensación de no haber sabido llevar a la pantalla con total efectividad lo escrito en la novela, algo que se ejemplifica en la última media hora, cuya emoción, que la hay, se ve sepultada por una verborrea explicativa, como si acabáramos de ver un capítulo de Sherlock y fuera la hora de las respuestas. Aún con todo ello, Shutter Island no deja de ser un thriller efectivo, de una gran atmósfera opresiva, y cuenta con una de las últimas escenas más desoladoras del cine comercial de los últimos años.

La invención de Hugo (2011)

por Daniel Pérez-Michán

No lo voy negar, esperaba bastante de La invención de Hugo (Hugo, 2011). Era una de las pocas películas que no había visto antes de ponerme con este ciclo de Scorsese y la única que quedaba ya de cara a este artículo, y vaya chasco. No creo que sea el mayor despropósito de su carrera, pero sí que se encuentra en ese grupo de obras fallidas del neoyorkino (que, por otra parte, se pueden contar con los dedos de una mano). Puede que me digáis que me ha decepcionado porque no había que esperar tanto de una película que claramente no tiene la misma ambición que otras del director o que incluso que esto me ocurre porque no soy el público objetivo de esta película (una cinta de corte familiar, casi infantil). Y puede que tengáis algo de razón, pero en realidad no creo que hubiera sido tan difícil hacerlo bien con esta película. Joder, casi me emociono con dos escenas que ejercen de homenaje a aquel cine prehistórico y que sobresale muy por encima del resto del filme. Si la película hubiera orbitado alrededor de aquellas sensaciones que me hicieron sentir esos emotivos momentos puede que estuviéramos hablando de una de mis películas favoritas de Scorsese, y de ahí la decepción. Por contra tenemos una obra que recae en un tono exageradamente naíf para acercarse a un público infantil que no necesita que se le traten como tal (y os habla alguien que disfruta bastante de una película para niños, cuando es buena), que termina por hacerse aburrida y lenta. Lo más grave es que da la sensación de que nunca llega a arrancar, se podría decir que todo es un gran primer acto que no avanza ni da lugar a que la verdadera historia se desarrolle. Por cierto, no he tenido el placer de verla en 3D —muchos dicen que es de las películas que mejor justifican dicho efecto—, pero sí en el cine (rescatada en la Filmoteca) y no luce tan bien como la película se cree. Tanto plano generado por ordenador no sale a cuenta, sobre todo los que tienen que ver con las vistas de la ciudad, bastante decepcionante viniendo de la dupla Richardson-Scorsese. Me quedo por tanto con las ganas de que uno de los directores más cinéfilos que siguen en activo haga un homenaje en condiciones del séptimo arte. Ya puedo esperar sentado.

El lobo de Wall Street (2013)

por Daniel Cabo

Para cerrar el ciclo que le hemos dedicado al amigo Scorsese había que enfrentarse a uno de los revisionados más delicados de todo este trayecto, y es que para un servidor El lobo de Wall Street (The Wolf of Wall Street, 2013) supuso mucho allá en su estreno. Fue una de esas películas que llegaron en el momento adecuado, justo cuando estaba empezando a sumergirme en el cine de una forma más seria pero aún siendo muy impresionable, y tenía miedo de que, un buen puñado de años después, hubiera perdido la magia y el impacto de su momento. Sin embargo, ha ocurrido todo lo contrario: la historia de Jordan Belfort se encuentra más fresca que nunca en el que supone, para mí, el segundo mejor trabajo que ha firmado Scorsese después de la intocable Taxi Driver (íd., 1976). ¿Por qué? Hay muchos factores, como en cualquier obra de esta magnitud, pero si tuviera que destacar uno ese sería la planificación. Se han escrito ríos de tinta sobre la capacidad de Marty para rodar de cara a montaje, es decir, teniendo claro cómo van a casar los planos en la sala de máquinas para, en rodaje, realizarlos de tal manera que juntos formen un torrente sin fisuras. Ahí está Uno de los nuestros (Goodfellas, 1990) en su totalidad o la primera hora de Casino (íd., 1995), cuyo diseño de movientos de cámara y cortes provocan la sensación de que estamos ante un enorme plano secuencia que, evidentemente, solo existe en nuestra cabeza y no en la gramática cinematográfica utilizada. En El lobo de Wall Street encontramos al Scorsese más brillante a la hora de planificar, siempre eligiendo la mejor posición de cámara, el movimiento más coherente y el corte adecuado; además, para ayudar al exceso imperante tanto en la forma como en el fondo, se excusa del racord a sabiendas de que nuestro punto de vista en la historia es el de Belfort y, bajo todas las sustancias que consume, la realidad no es perfecta y continua.

Diría que, hasta el momento, no me he encontrado con muchas películas de tres horas que no solo se me hagan tremendamente cortas, sino que me quedaría otro par de horas con ellas sin mayor problema. Scorsese crea una obra gigante en su exploración de la corrupción económica de los grandes tiburones (o lobos) de la banca americana, poniéndonos en el lado de los estafadores: Belfort es un ser despreciable, pero no podemos evitar empatizar con él. Ayuda, también, la extraordinaria interpretación de Leonardo DiCaprio, que nunca ha estado mejor y cuyo papel será de los más recordados en toda su filmografía. Todos los aspectos, desde el montaje hasta el uso de la música, desde el brillante guion de Terence Winter hasta el reparto en su totalidad (vaya descubrimiento Margot Robbie), consiguen hacer de El lobo de Wall Street una película excelente, capaz de navegar por los caudales de la comedia y del drama con una facilidad pasmosa mientras seguimos a Scorsese, batuta en mano, a través de su segunda juventud cinematográfica.

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