Filmadrid 2019: Foco Dan Sallitt

La imagen de Dan Sallitt sentado al lado de su cámara nos parecía el mejor reflejo de las sensaciones que transmite su cine: las creaciones de un hombre tranquilo, como aquel boxeador interpretado por John Wayne que volvía al hogar en la obra maestra de John Ford. El cine de Sallitt también es un mundo de hogares, a veces rotos, siempre complicados, por los que habitan personajes singulares en su manera de mirar todo lo que les rodea y de construir, aunque también de destruir, las relaciones que les unen. Un cine que, gracias a la retrospectiva íntegra de su obra que ha realizado el festival Filmadrid, hemos podido descubrir y disfrutar a lo largo de estos días, y cuyos visionados nos han despertado unos sentimientos muy puros, como si sus películas nos devolviesen al estado primario de las cosas. Una mirada a un director que puede decir, de verdad, que hace cine independiente dentro del panorama cinematográfico estadounidense. Un director único y amable que nos ha acompañado a lo largo de las sesiones, presentándolas con agradecimiento y respondiendo a las posteriores preguntas con una sabiduría hipnotizante. Este es, sin más dilación, el mundo de Dan Sallitt.

 

Honeymoon

por Carlos Quiñones

En el segundo largometraje de Dan Sallitt, rodado en 16 mm doce años después de su debut como director, se ven asentadas con más solidez las preocupaciones narrativas del cineasta natural de Pennsylvania. El acercamiento a los personajes es naturalista, y la voz de estos, íntima y honesta. Pero es también honesta la mirada del  autor, que observa con genuina curiosidad e interés por descubrir qué es lo que angustia a sus protagonistas y qué les puede ofrecer el mundo para que, si fuera posible, las cosas, al final, les salieran bien o, al menos, les resultaran tan solo un poco menos complicadas. El autor no es necesariamente compasivo ni optimista y los finales, como se descubre más adelante en el cine de Sallitt, no siempre son felices, pero hay una intención clara de invitar al espectador a acompañar a los personajes, y también a que se compartan deseos y hasta fantasías. En Honeymoon (1998), una pareja impulsiva (interpretada por unos espléndidos Edith Meeks y Dylan McCormick) decide casarse al poco tiempo de empezar a salir. Es luego, en la luna de miel (de ahí el título de la película), cuando esta pareja se tiene que abocar a responder una pregunta que ni ellos mismos se habían planteado: si son o no compatibles en la cama. Apartados de sus vidas cotidianas, los personajes se ven obligados a hacer todo lo posible por descubrir qué causa sus problemas en la cama, así como qué es lo que quiere su pareja y, por supuesto, qué es lo que desean ellos mismos. Esto sirve también como pequeño pretexto para examinar de cerca la amistad y el matrimonio, pero especialmente la manera tan compleja que tenemos de ser en la intimidad, y ya ni hablar de comunicarnos en ella. Dan Sallitt deja en Honeymoon una representación sobre la sexualidad y las relaciones de pareja que es tan sincera, quizá porque no estamos tan acostumbrados a escucharnos tan de cerca, a mirarnos a través de alguien que nos presta tanta atención y tanto cuidado. El gran logro de esta película, finalmente, es plantear inquietudes donde habíamos asumido silencio; hacer tangible aquello que preferíamos pensar no estaba allí.

 

All the Ships at Sea

por Daniel Cabo

Ya avisaba el propio Dan Sallitt antes de iniciar la proyección de que el digital de All the Ships at Sea (2004), su primera obra en este formato, había envejecido de manera notable, y solo hace falta enfrentarse a los primeros minutos de la película para darse cuenta de la diferencia visual respecto a su anterior filme. Sin embargo, a pesar del cierto distanciamiento que crea la textura de la imagen, su forma de acercarse a los personajes y de moverse por los espacios resulta igual de atractiva e incluso bella. No cambia tampoco su acercamiento al desarrollo narrativo, encontrándonos de nuevo con un filme muy dialogado en el que se plasman situaciones cotidianas y discusiones protagonizadas por dos personajes que parecen atrapados en la casa cerca de un lago en la que se encuentran; un planteamiento que rima con el de Honeymoon si no fuera porque en esta ocasión tenemos como personajes centrales a dos hermanas, una de ellas profesora de teología y la otra una persona algo perdida en la vida que ha sido expulsada de un misterioso grupo con aires de secta. Los choques ideológicos entre ambas son el motor que mueve la narración, densa en sus reflexiones sobre la religión y el papel de la iglesia, y que construyen un camino que, con una estructura de flashbacks, intuimos que va a terminar en tragedia. Es una película pequeña y emocionante en sus detalles, con una conclusión que, con intervención divina o mala suerte de por medio, nos deja un sabor amargo a la par que inconcluso y misterioso.

 

The Unspeakable Act

por Daniel Cabo

The Unspeakable Act (2012) termina con una dedicatoria a Eric Rohmer, uno de los cineastas a los que Dan Sallitt más admira y cuya influencia se puede vislumbrar a lo largo de su corta filmografía. Las películas de Rohmer componían retratos de los personajes que las protagonizaban, y es bonita, incluso emocionante, la manera en la que Sallitt habla de los suyos y del proceso creativo que le lleva a construir estas historias tan íntimas que, sin embargo, parecen contener el mundo. La dedicatoria, por lo tanto, no puede ser más oportunda y sincera. En The Unspeakable Act se centra en una adolescente enamorada de su hermano que se siente el bicho raro en medio de un universo que no se molesta en entender; esto es, la mirada de un humanista sobre la vida de alguien peculiar, extraño y maravilloso. Si bien la influencia de Rohmer se sentía más palpable en sus anteriores filmes, con esos diálogos de Honeymoon y All the Ships at Sea que nos permitían profundizar en los personajes, en The Unspeakable Act se mantiene el mismo cuidado y cariño por las delicadas vivencias que está mostrando, a la par que utiliza el recurso de la voz en off que nos permite meternos literalmente en la cabeza de la protagonista y entender sus decisiones, miedos y esperanzas. Se compone así una película muy bella, tremendamente compleja en la escritura de la adolescente y más depurada en el plano formal, en un formato digital que nos puede recordar a otros exponentes del (mal llamado) cine independiente americano pero que alcanza una pureza a la que muy pocos cineastas, ya no digamos actuales, pueden llegar. Una obra maestra, en definitiva.

 

Fourteen

por Carlos Quiñones

Si hay algo en la carrera de Sallitt que demuestra su talento es saber escoger los códigos (formas, lenguajes, lugares) sobre los que estarán asentadas sus historias. Parecerá una obviedad mencionar la existencia de este enlace entre el director, como individuo creador, y su obra; no obstante, considero que es de especial mención en el cine de Sallitt por la insultante sencillez en la que todo parece encajar, sin importar la complejidad de los temas a tratar. Después de ajustarse, y expandir en el camino, a la inocencia del coming of age en The Unspeakable Act, Sallitt convierte en Fourteen (2019) al paso del tiempo en un personaje más, al que vemos en las conversaciones inmediatas (historias, anécdotas, proyecciones sobre que el futuro puede traer), pero también en esas elipsis que van irreversiblemente distanciando a los personajes protagonistas. En Fourteen, conocemos a Mara (la magnífica Tallie Medel, que calza a la perfección con el cine de Sallitt) y Jo (Norma Kuhling), que, juntas, son una pareja de amigas que intentan vivir la vida como mejor pueden. A Mara se le da algo mejor que a Jo, pero para ninguna de las dos esto es fácil. Y es que Fourteen es, fundamentalmente, una película sobre lo que el tiempo le hace a las relaciones, incluso a las amistades que parecen poder superarlo todo, pero esta es una cinta también sobre lo que el tiempo nos hace a todos nosotros cuando no podemos seguirle el ritmo, en ocasiones tan avasallador, rasgo especialmente notorio cuando el resultado de su pasar empieza a ser cruel. Así, esta sea quizás la película de Sallitt que abre más los brazos a la hora de recibir la tragedia, y que mejor representa lo enredados que podemos estar en nuestra normalidad antes de recibirla. Porque sabemos que podemos querer con mucha fuerza a quienes nos rodean (cómo no querer a aquella Jo que aparece en una historia que le cuenta Mara a su hija antes de dormir), pero también vale la pena recordar que no podemos salvarlos a todos cuando el abismo enfrente de ellos es tan, tan grande.

 

Polly Perverse Strikes Again!

por Daniel Cabo

Resulta curioso que la última película que veamos dentro de esta visita a toda la filmografía de Dan Sallitt sea precisamente su ópera prima, pero los motivos son obvios al tratarse de Polly Perverse Strikes Again! (1986), una obra que se proyecta por primera vez ya no fuera de Estados Unidos, sino de Nueva York. El propio Sallitt, siempre bienintencionado en sus presentaciones, nos avisaba de la pobre calidad de la imagen y del audio, y he de decir que, más allá de esos aspectos técnicos y de una poca depurada capacidad para moverse por los espacios fílmicos, encontramos aquí la semilla de un estilo que se antoja ya inconfundible. El misterioso personaje de Polly abre la película con su regreso a Los Ángeles, donde buscará a una antigua pareja que ha recompuesto su vida y vive con otra mujer, creando así un triángulo que revivirá vivencias y despertará nuevos problemas. Un planteamiento que desemboca en el gran atractivo de la cinta, que no es otro que la construcción de personajes y la forma de desarrollar las tensiones (a menudo relacionadas con la sexualidad) que van surgiendo poco a poco entre ellos; algo que, por otro lado, viene a ser una constante a lo largo de la obra de Sallitt. Es, también, una película muy dialogada y que denota, dentro de una cierta rigidez, el espíritu libre que siempre ha sido este cineasta. Él mismo nos ha contado que esta fue la única ocasión en la que jugó a querer ser un director de Hollywood, pero es evidente (viendo este filme y el resto de su filmografía) que está muy lejos de la corriente principal del cine estadounidense. Deberíamos celebrar que exista alguien así, trabajando en los márgenes y creando un cine tan vivo y lleno de humanidad.

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