Ad Astra | Una odisea emocional

Los humanos siempre hemos mirado hacia las estrellas, como si aquel manto iluminado nos fuera a proporcionar las respuestas de nuestra propia existencia. El cine ha tratado de muchas maneras esa sensación de sentirnos pequeños e insignificantes ante aquello que hay afuera; a veces en forma de aventura, otras de manera más introspectiva. Cuesta no pensar en aquellas dos imágenes que Stanley Kubrick contrastaba, como si fuera un plano contra plano imposible, en su 2001: Una odisea del espacio: el hueso era lanzado por el primate y el siguiente plano, en una elipsis milenaria, nos trasladaba al espacio exterior, a una nave que simbolizaba el progreso y la capacidad de la humanidad para evolucionar en pos de la colonización (peligrosa, llena de misterio) de aquel vasto océano llamado galaxia. Kubrick, en su ambición habitual, quería hablar sobre nuestra raza de una manera global, desarrollando así un camino que era andado por unos pocos pero que nos representaba a todos; la búsqueda del monolito era el progreso como concepto, no la experiencia individual de las personas que lo perseguían. Los sentimientos se identificaban con la fascinación de la posible evolución, dejando atrás la identificación con nuestro igual.

James Gray plantea algo totalmente diferente en su Ad Astra (íd., 2019). La comparación con la película de Kubrick, lejos de ser gratuita, se debe a que el propio cineasta definió su primera incursión en la ciencia-ficción como “una mezla entre 2001 y Apocalypse Now”, una afirmación respaldada por el resultado final pero que nos puede conducir a expectativas engañosas. En Ad Astra hay mucho de Apocalypse Now (o, mejor dicho, de El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad) en su viaje hacia la oscuridad por parte de un hombre que se embarca en busca de alguien, en este caso su padre, que puede haberse vuelto loco por las experiencias traumáticas que ha vivido. Sin embargo, creo que hay algo que la aleja definitivamente del filme de Kubrick: el interés de Gray, como siempre a lo largo de su filmografía, recae en los seres humanos, en la familia y en los vínculos que creamos con aquellos que nos quieren. Vínculos fuertes, vínculos destruidos, vínculos inestables, pero siempre existe esa conexión emocional con el relato, por mucho que la escala sea galáctica y el espectáculo mayúsculo.

 

Ya ocurría con aquel Tim Roth que volvía a su barrio natal con la consecuencia de reencontrarse con su familia en la ópera prima de Gray, Little Odessa, y vuelve a ocurrir en Ad Astra: la institución familiar es clave para entender al personaje protagonista que encarna Brad Pitt y que se mueve por un mundo abstracto de ser un astronauta modélico y en pleno control de sus habilidades y la implicación personal que la búsqueda de su padre supone para él. Es un hombre frío, pero el futuro está lleno de preguntas y el pasado le atormenta a través de fragmentos en los que recuerda a su antigua pareja, Liv Tyler, que se vio sepultada por el compromiso profesional que él decidió priorizar. James Gray parece querer hablarnos de que el universo es fascinante no negando en ningún momento la belleza inherente de los astros y planetas que llenan la pantalla, pero que lo realmente importante, lo que nos va a llenar como seres humanos, se encuentra aquí, en la Tierra. El amor, la familia. La búsqueda de Dios (como ejemplo de respuestas a la existencia misma de la vida) se hace imposible y el resultado puede conducir a la locura.

Lo que se plantea como una misión espacial de rescate no tarda en convertirse en una verdadera odisea repleta de momentos en los que la vida del protagonista, omnipresente en el plano a través de esa cámara que le observa o se pone en su piel jugando con la perspectiva, se encuentra en peligro. El salto de presupuesto ya sorprendió en su anterior y maravillosa película, Z, la ciudad perdida, pero en Ad Astra nos encontramos ante un proyecto aún más ambicioso en cuanto a sus claves visuales: hay escenas de acción espectaculares que si bien se sienten como una pequeña concesión a este tipo de cine comercial, nunca dejan de sumar al viaje emocional del protagonista, y en general la factura supone un verdadero triunfo que ejemplifica la capacidad de Gray para jugar con lo indeterminado. El trabajo con las sombras y con los colores es fascinante por su grado de significación, al igual que el uso de la estupenda banda sonora de Max Richter, redondeando así una obra en la que nada parece elegido al azar por mucho que la escala, siempre peligrosa para un cineasta que venía trabajando en películas relativamente pequeñas, pudiera haberle empujado hacia un abismo.

Me parece una gran noticia que uno de los grandes cineastas estadounidenses de las últimas dos décadas se haya mantenido coherente dentro de un proyecto que podría haber aterrizado en tierra de nadie. Los pequeños desajustes de guion, irrelevantes en su impacto total, o las concesiones al espectáculo no rebajan una obra muy sincera: los temas que le han interesado a James Gray se mantienen pero explorados de otra manera, en una suerte de contraposición entre lo inabarcable (el viaje galáctivo hacia la oscuridad) y lo cercano (los vínculos humanos que nos impulsan). Los ojos de Brad Pitt sirven de ventana para que exploremos la complejidad de sus decisiones y vivencias en una travesía transformadora que se ve salpicada por los recuerdos de aquellas personas con las que nos gustaría reconciliarnos. En Ad Astra James Gray habla sobre la vida, sobre el hecho de no convertirse en un fantasma que se materializa en un plano y se esfuma en el siguiente. Los humanos siempre hemos mirado hacia las estrellas, y esta es la historia de aquel que viajó a ellas y se dio cuenta de que lo importante lo había dejado atrás.

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