Apolo 11 | Alzar otra vez la mirada hacia la luna

Cuesta pensar en otro acontecimiento de nuestra historia reciente que haya alcanzado una profundidad tan inabarcable como la llegada del hombre a la luna el 20 de julio de 1969. Tres hombres, durante un breve instante de sus vidas, se convirtieron en algo diferente, en algo más, encargándose de llevar a sus espaldas el peso y enorme responsabilidad de representar a todas y cada una de las personitas que caminan sobre este planeta que nos permitimos llamar casa. Neil Armstrong, Buzz Aldrin y Michael Collins son nombres reconocibles no solamente por haber sido quienes estuvieron en aquella nave espacial, sino también porque el impacto que tuvo este acontecimiento sobre sus vidas fue tal que el simple hecho de que hubieran vuelto, de que fueran de carne y hueso, y ahora caminaran una vez más entre nosotros como simples mortales, era algo que hacía este episodio todavía más extraordinario.

El director Todd Douglas Miller está, sin duda, convencido de importancia del alunizaje en nuestra historia. Y, además de autodefinirse como un devoto por todo aquello relacionado con astronautas y el espacio, es un evidente conocedor del gran potencial dramático que encierra un evento como el de la misión del Apolo 11, desde el día del lanzamiento hasta el día en que esos tres pilotos de prueba volvían a la superficie terrestre bañados en aquello que llamamos gloria. Un episodio que es, a menudo, recordado solamente como una frase célebre y aislada, que, concisa y poética, ilustra su valía y significado casi a la perfección. Sin embargo, ese pequeño paso para el hombre y gran salto para la humanidad es más que una cita inspirada; ese salto es también esos casi nueve días en los que el planeta miraba atento a la televisión, que hacía de pequeña ventana hacia el espacio exterior.

A través de la minuciosa selección de los momentos más dramáticos y emocionantes de la misión –que solo se ha podido lograr a partir de las miles de horas de metraje inédito y de material cinematográfico de gran formato que nunca antes había visto la luz–, Apolo 11 (Apollo 11, 2019) construye un relato épico con toques de cinta de suspense en el que, como espectadores, nos encontramos deseando que estos tres hombres lleguen a salvo, y en el que, como protagonistas, queremos que la humanidad lo logre, incluso cuando ya conocemos bien el resultado.

 

Así, Apolo 11 es un portento visual que narrativamente está asentado en una ardua tarea de documentación por parte del director. Pero ese esfuerzo equivaldría cerca a nada sin el despliegue técnico realizado por cinematógrafos y fotógrafos de la época –encargados por la NASA en algunos casos– para capturar las imágenes más impactantes y hermosas de toda la misión. Desde hombres, mujeres y niños esperando con interés y curiosidad al lanzamiento del cohete hasta los rostros serios de aquellos que monitoreaban el pulso de los astronautas, todo contribuye a enriquecer el relato, hacerlo global, y mantener como constante la idea que sobrevuela todo el documental de que esto solo fue posible porque millones de personas tenían su mente en una sola meta: ver al hombre caminar en la luna.

De imágenes de una calidad demoledora, Apolo 11 no sería lo que es sin la maravillosa banda sonora que firma Mark Morton. Una banda sonora que se ajusta a la perfección a cada momento de duda, acción determinada y desenlace triunfal. Es quizás por lo genial de la música compuesta por Morton que sorprende la elección de Douglas Miller de hacerle un hueco a una pieza musical folk –Mother Country, de John Stewart–, que sirve como puente entre lo mundano de nuestro día a día y lo excepcional del viaje a la luna, en la escena más emocionante y recompensante de la película.

Y si se pudiera describir a Apolo 11 en una sola palabra esa sería “emocionante”. No hay cápsula del tiempo que funcione mejor que una película así. Y es que en esta nueva era, en la que el contenido audiovisual pasa por delante de nosotros constantemente, lo que se lleva es hacer vídeos desechables de diez segundos o menos, y todo parece ser material digno de ser compartido en un caudal infinito de información, es digno de mención que aún tengamos hitos a los que volver, momentos más grandes que la vida misma. Hemos tenido la suficiente suerte de tener registro gráfico detallado de la llegada del hombre a la luna, y la poca fortuna de que en un mundo que se mueve ya muy rápido, este parezca un logro ya olvidado. Colectivamente hemos dejado de mirar la luna (y el espacio) como lo hacíamos antes. Hemos incluso dejado de pensar, como posibles protagonistas, en alcanzar una meta colectiva mediante un esfuerzo global. Esos hermanamientos en bloque para impulsar a la sociedad a romper límites no imaginados nunca antes parecen ya perdidos (me siento tentado a decir “como lágrimas en la lluvia”). He ahí la grandeza de un documental como Apolo 11, capaz de hacernos recordar y poner en perspectiva un pequeño instante en nuestra fugaz historia que nos hizo a todos mirar al cielo y pensar que cosas extraordinarias eran posibles.

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