Bohemian Rhapsody | La bohemia descafeinada

Una balada de rock, una canción disco, una pieza de ópera, una de rock sinfónico, y otra de rock duro. Todas esas canciones tienen un sonido distinto, sin embargo, todas llevan la misma firma. El estilo de Queen no se ajusta a un solo género ni tampoco admite etiqueta alguna: Queen suena a Queen, punto. Pero antes de Queen estuvo Smile y antes de Freddie Mercury estuvo Farrokh Bulsara. Y Bryan Singer ha tenido la suerte de que antes de su Bohemian Rhapsody (íd., 2018), Queen haya dejado un legado prodigioso sobre el que ha podido asentar una película convencional, poco arriesgada, de estructura ya harto conocida y de poco interés, que no sirve para otra cosa salvo celebrar la música y la figura gigantesca de Freddie Mercury.

A partir de una idea nacida hace más de ocho años, este biopic es una versión descafeinada de la vida de Freddie y de los acontecimientos que hicieron posible que Queen llegara al estrellato. Desde esos conciertos en pequeños bares universitarios hasta los que llenaban estadios enteros, en los que el propio público era el que cantaba cada canción. No obstante, el camino que ha seguido la carrera del director de esta cinta es, sin exagerar demasiado, uno totalmente opuesto. Cualquier voz autoral que desprendía Sospechosos habituales, su segunda película, se ha ido perdiendo, diluida, en el resto de su filmografía, y, aunque no sea sorpresa para nadie a estas alturas, en Bohemian Rhapsody esa voz es totalmente nula.

A pesar de todo esto, el resultado no es un desperdicio total. Lo cierto es que quizás Singer no sea el único al que señalar como responsable cuando hablamos de la falta de originalidad de esta cinta. Especialmente porque esta película es un mal ejemplo para hablar de voz autoral y porque Bohemian Rhapsody es el resultado de una serie de malas decisiones (y de mala fortuna). Pero, ojo, esas decisiones podrían haber sido mucho peores.


Por ejemplo, el actor Sacha Baron Cohen, quien en un principio iba a interpretar a Mercury, contaba que Brian May y Roger Taylor proponían una película sobre Queen en la que Freddie Mercury muriese a la mitad de la cinta, una película en la que ellos fuesen los protagonistas, y en la que el final habría sido totalmente sobre ellos franqueando las dificultades que se presentaran después de la muerte del líder de la banda. Y mientras esto pueda parecer algo menor, no es sino una muestra de dos cosas bastante llamativas: primero, la falta de visión por parte de May y Taylor; y segundo, que este es un proyecto que desde el inicio tenía que estar aprobado por ellos, sí o sí. Por lo tanto, la versión autorizada por sus propios protagonistas  ─con lo recelosos que siempre han sido con su imagen pública, tan blanca, tan poco escandalosa─ no podía ser ni visceral ni explícita ni aquella película XXX de la que hablaba Freddie cuando se refería a un posible largometraje sobre su vida.

La decisión que más ha dado de lo que hablar, sin embargo, fue haber contratado a Singer en primer lugar para que se pusiera al mando de este filme. El director, tras desaparecer numerosas veces (en ocasiones, días enteros) de los rodajes y tener un par de duros encuentros con miembros de su reparto (aparentemente llegó a arrojarle cosas a Rami Malek después de que este se quejara de la actitud errática del director), fue despedido y reemplazado con Dexter Fletcher (conocido por la poco memorable Eddie, el Águila). Así es, pues, que un proyecto cinematográfico ambicioso se ve reducido a nada más que un esfuerzo de estudio en el que solamente cuentan las aspiraciones por alcanzar el éxito comercial a costa del legado musical de Queen. Y los resultados así lo demuestran (la película ha estado en el top 5 de la taquilla española durante el último mes).


Porque si no fuera por el talento de un Rami Malek que utiliza todo su arsenal interpretativo para regalarnos a un Freddie Mercury asombroso, Bohemian Rhapsody simplemente no estaría a la altura. Malek es quien tiene la mayor carga de responsabilidad y sorprendentemente cumple con creces. Incluso donde el guion es vulgar y simplón, su Mercury consigue emocionar de la manera más efectiva posible. La presencia de Freddie a lo largo de la película es una larga sombra de la que Malek no se esconde y a la que le hace frente, hasta que se funde con el personaje, con sus gestos y maneras. Por supuesto, no es el único que le hace justicia a sus contrapartes reales: allí están Gwilym Lee, un estupendo Brian May; el carismático Ben Hardy en el papel que podría impulsar su carrera al estrellato, como Roger Taylor; y un Joe Mazzelo, como siempre, cumplidor, y perfecto en su rol del bajista John Deacon, siempre tímido, parco y alejado de las cámaras.

De hecho, me atrevería a decir que eso es lo único que salva Bohemian Rhapsody de ser un homenaje a medias, una celebración fallida que, a pesar de entusiasta, no se atreve a poner un pie delante en cuanto a lo cinematográfico. Esta película es tan conservadora que hasta se echan de menos los puntos irregulares que tienen otras cintas más arriesgadas como, por ejemplo, el Love and Mercy que nos guiaba por la tormentosa vida de Brian Wilson, vocalista de los Beach Boys, o incluso la The Doors de Oliver Stone, que creaba sus propios mitos a través de sus inconsistencias históricas. Porque esto es, al final, como dice Tony Wilson en 24 Hour Party People cuando dice que si tienes que escoger entre la verdad y la leyenda, siempre escojas la leyenda. La diferencia es, desgraciadamente, salvo algunos toques de ingenio puntuales, que en el caso de Bohemian Rhapsody ni siquiera la leyenda parece ser suficiente. Si tu película emociona lo mismo que ponerme un vídeo de YouTube, es que tu película tiene un problema. O varios.

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