Destroyer | Mala mujer

No se puede hablar de un resurgir de la carrera de Nicole Kidman, porque lo cierto es que esta nunca ha estado realmente en punto muerto. Sin embargo, es cierto que en los últimos años su presencia (tanto en la gran pantalla como en el mundo televisivo) se ha hecho sentir con mayor intensidad y relevancia. No extraña, pues, que la actriz esté en una etapa cómoda de su carrera en la que la elección de los papeles que interpreta puede ser todo lo arriesgada que ella quiera. Y el riesgo de una película como Destroyer (íd., 2018), más allá de deberse en parte a ser un thriller de neo noir con protagonista femenina, pasa por la transformación física de su actriz principal. Ojos hundidos, marcas en la piel, pelo descuidado y muchas arrugas; el cambio radical (real o con maquillaje mediante) siempre ha sido el elemento más reconocible a la hora de señalar una potencial interpretación memorable que consagre a quien esté dispuesto a pasar por la metamorfosis. Es obvio, entonces, que estamos ante el gran momento de Kidman y en Destroyer ha venido a decírnoslo, pistola en mano y sin nada que perder.

La historia que cuenta Destroyer (escrita por Phil Hay y Matt Manfredi, colaboradores habituales de la realizadora Karyn Kusama) es la de Erin Bell, una detective que no sigue las reglas. Una mañana, Erin recibe un sobre en la comisaría en la que trabaja. El contenido de dicho paquete la enfrenta de golpe a un viejo caso que no llegó a resolver durante sus años de novata, y que la obligó a estar infiltrada entre un grupo de criminales con los que estableció lazos muy fuertes. Tras tanto dolor y tantas heridas (aún abiertas, reflejadas en ese rostro en permanente sufrimiento), Erin se embarca en un viaje en búsqueda de venganza y, si le fuera posible, redención. Así, mientras la acompañamos a los rincones más asquerosos de Los Angeles, también conocemos, a través de numerosos flashbacks, qué salió mal en aquella misión, qué hizo que su vida pasara a convertirse en el infierno en el que parece vivir en el presente, como una mujer totalmente rota.

Debido a los saltos temporales y al cambio físico de Kidman es casi inevitable caer en comparaciones con aquella primera temporada de True Detective, y aquel McConaughey que estaba pasando su mejor momento. Pero, al igual que esta comparación, se podrían trazar muchos símiles entre esta película y otras historias ya conocidas; en parte por lo manido que parece el género a manos de la directora, que no deja de recurrir a los lugares de siempre, y quizá también porque sus referencias son tan claras que se añora por algo con un mejor ritmo y hasta mejor resolución. Ocurre, pues, algo curioso con Destroyer: mientras más original, peor ritmo tiene la historia (aquella forma pseudo poética de terminar con imágenes repetitivas del rostro demacrado de Kidman); y mientras menos voz propia, más caricaturesca y efectista (cada escena que obedece al ya sonrojante cliché de policía acabado y alcohólico que no conecta con su familia).

Sobre la apariencia física de Kidman, poco se puede decir más allá de que es el resultado de un trabajo que innecesariamente va un paso más allá de lo que el personaje necesita. Es exagerado y distractor, incluso limitante. Kidman está enterrada bajo esas señas tan marcadas, limitada a solo un par de gestos y el poder de los susurros, tan cansino en este tipo de películas que tan en serio se quieren tomar a sí mismas. No solo esta caracterización, propia de la parodia, cae en la caricatura; también está Toby Kebell, quien interpreta al líder del grupo de criminales, un personaje que más parece un simple bosquejo de lo que debería ser, alguien similar quizá al Bodhi de Patrick Swayze en Le llaman Bodhi o, por qué no, al fantástico Chris Hemsworth de Malos tiempos en El Royale. Nadie está realmente mal (no tienen tiempo ni oportunidad para fallar en la representación de sus personajes), pero nadie destaca. Esta película debería ser el show de Kidman, sí, pero apenas Bradley Whitford asoma la cabeza, es fácil darse cuenta de una cosa: primero) la trama funciona, pero la historia de los personajes no está pulida; y segundo) Bradley es, sin duda, el personaje con más carisma (que me perdone Sebastian Stan) de la película, a pesar de aparecer solo por diez minutos en pantalla.

Y es que, al final, qué separa a la protagonista de Destroyer de la manada de protagonistas masculinos que suele tener este tipo de películas, más allá de ser una mujer la que esta vez está en el centro del relato. Qué hay de humanidad en sus gestos, qué hay de conmovedor en sus acciones. Uno no puede hablar de Destroyer, me doy cuenta, sin hablar del potencial desaprovechado, de la poca rotundidad con la que apuesta por lo propio y por la reinterpretación de la técnica ajena (esta cinta le debe todo momento de tensión al léxico existente en los largometrajes de acción de Michael Mann).

Y es la misma falta de rotundidad la que termina afectando ya no solamente el ritmo de la película, sino también su impacto emocional final. De tal manera que cada vez que la película debe transmitir una emoción genuina y no emular algo escrito en un papel, se vuelve al pasado obligatoriamente, por más irrelevante que sea el episodio, por más nula que sea la recompensa que espera al final del camino, para oír hablar a unos personajes blandos, cuyo propósito no parece ser otro que exponer y explicar elementos de la trama. Se ahoga torpemente, en un intento por ocultarla, la revelación final de la película; aquella triquiñuela (la más efectista de todas) que te empuja a la relectura de las acciones de la detective Erin, una relectura que no lleva a ningún lado y nos deja indiferentes, con la mirada tan vacía como la de su protagonista al final de la cinta, observando el sol, con la luz dándonos de lleno en la cara. Igual de indiferentes e igual de perdidos.

Comentarios