Diego Maradona | La cabeza de Maradona y la mano de Dios

Es complicado hoy en día hablar de Diego Armando Maradona sin hablar también de los episodios de su vida más escandalosos. Tampoco nos lo pone fácil; siempre son extrañamente memorables, encajados perfectamente en el drama shakespeariano que es su vida. Cuando Maradona tiene un micrófono delante, el viento empieza a correr más fuerte y quienes se encuentran alrededor saben que una tormenta está a punto de levantarse. Pero no es solo ante los medios de comunicación que “el Diego” tiene este efecto. En la cancha tenía un condenado talento de escabullirse entre los rivales, metiéndose en los huecos más estrechos que dejase expuesta la defensa rival, siempre acechado por golpes, patadas y lo que le cayera. Y eran esas las ocasiones en las que el hombre convertido en Dios también hacía de demonio que engaña, se pelea y es capaz de, incluso siendo el mejor jugador de fútbol del mundo, hacer trampas.

Pero sorteando las dificultades, Asif Kapadia ─el galardonado documentalista que firmó los estupendos Senna (íd., 2010), tras el que juró no volver a hacer un documental sobre un deportista, y Amy (íd., 2015), premiado con el Oscar a Mejor Película Documental─ se ha embarcado en la misión de intentar contener al genio en una cinta de poco más de dos horas. Producto de eso es Diego Maradona (íd., 2019), un proyecto que lleva muchos años en el horno y en el que el director se empezó a sumergir allá en 2014. En este documental, Kapadia intenta resumir el carácter tan distinto de Diego en cada una de sus facetas: hombre familiar, jugador de categoría, personaje público que no puede evitar los brillos ni agujeros oscuros de la fama. Para esto, además del uso de imágenes inéditas de la etapa italiana de la carrera de Maradona ─que uno no puede evitar preguntarse por qué no han sido usadas antes─, el director también se apoya en una serie de entrevistas (con el astro del fútbol, periodistas deportivos, colegas, y personas clave en la vida de “el Pelusa”) presentes en el documental en forma de voz en off, dándole un aire de relato total y definitivo.

Los primeros cinco minutos de metraje nos resumen a un Maradona en ascenso, que después de ganarlo todo con el Boca Juniors, viaja a España para jugar en el Barcelona. Pero su etapa vistiendo la camiseta blaugrana estuvo truncada, tanto por las lesiones como por que los monstruos y fantasmas que han perseguido a Maradona allá a donde ha ido, que aquí ya empezaban a asomarse. Así que después de desatar el caos en territorio español decide irse a jugar a la liga italiana (por aquel entonces la más prestigiosa del mundo), pero contrario a lo que se podía esperar de alguien de su estatura (metafórica, no literal), Diego apuesta por buscar la gloria en uno de los clubes que nunca la ha visto ni en pintura: el Napoli. Y es en esta Italia que sirve de microcosmos donde Maradona se encuentra también en el escenario perfecto para dar rienda suelta a todo aquello, bueno y malo, que ser Diego Maradona, persona y personaje, conlleva.

 

Y ahí Diego, el chico que salió de Villa Fiorito jugando al fútbol porque quería comprarle una casa a sus padres, tocó el cielo y lo ganó todo. Pero aquí también es cuando la historia se complica, y después del apogeo solo queda ver al ídolo enfrentarse a la caída. Y eso es algo que, además de la evidente vorágine en la que estaba envuelta la vida de Maradona, se debe al maestral y efectivo rol de Kapadia como confeccionador de historias. Porque, si bien ha dedicado buena parte de su carrera al documental, el talento de Kapadia es el de un escritor de thrillers, con perfecto conocimiento de dónde encajarle los golpes a la audiencia, y de cómo acercarle a Dios a los mortales. Además, claro, de haber tenido la suerte de poder abarcar en sus películas las vidas de los personajes que han tocado la cima y acto seguido han bajado a lo más profundo del infierno.

Tanta es la dualidad entre el Diego público y el de la intimidad de amigos, colegas y familia, que la tesis en la que coinciden compañeros y conocidos ─entre ellos Fernando Signorini, preparador físico─ es que en Diego Maradona siempre hay dos identidades: Diego, el chico de villa miseria, y Maradona, el de la Mano de Dios; ambas siempre en conflicto. No debería sorprender, pues, que luego este conflicto se transmita al resto del mundo como una confrontación constante con el entorno, una especie de revancha con el destino, una lucha en la que si el héroe endiosado pierde, tiene que volver a vivir en la pobreza. Esta es la historia de un Maradona con el poder de encender las más puras, absolutas y venenosas de las pasiones, sin control alguno sobre todo aquello que puede provocar.

Capaz de dividir un país entero ─en la época, el norte y sur de Italia se encontraban en uno de los momentos más tensos de su historia y Maradona contribuyó a acentuar las diferencias─ y hasta de revivir resentimientos y heridas bélicas en un campo de fútbol, Maradona es un personaje superlativo, en todos los sentidos. Rodeado por la mafia, viviendo una vida que más parece un thriller policíaco, una vida destinada a la tragedia de un neo noir en el que se respira algo oscuro más allá de las alegrías que, a veces, nos da el fútbol. Por todas estas cosas, y también por la certeza con la que Kapadia enfrenta el concepto del personaje mitológico, Diego Maradona es un documental trepidante ─un gol de media cancha─ sobre la historia de un chico que solo quería ser querido y al que la fama le terminó destruyendo el alma. Un Dios, sí, pero, también, un tramposo. La historia de un hombre que sabía muy bien que el fútbol, como el cine, es el arte del engaño.

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