Disobedience | Con la sinagoga hemos topado

Parecía que no, pero al final Disobedience (íd., 2017) llegará a las salas de este país, como bien indica que estéis leyendo las lineas de este artículo. Lo nuevo del chileno Sebastián Lelio, quien viene de haber ganado el Oscar a mejor película de habla no inglesa con Una mujer fantástica (íd., 2017), se encuentra dentro de ese tipo de propuestas pequeñas y de autor que no tiene la suficiente tracción durante la temporada de premios pero que, de alguna forma, llegan a las manos de alguna de las sucursales locales de las majors norteamericanas. Justamente el año pasado, Sony Pictures España, quien distribuye Disobedience, acabó con Mujeres del siglo XX (20th Century Women, 2016), Vidas de mujer (Certain Women, 2016) o Free Fire (íd., 2016) en su catálogo y todas ellas fueron directas al formato doméstico ante la poca rentabilidad que les iba a suponer. Este iba a ser el camino del film de Lelio, pero el movimiento en redes sociales, especialmente desde el colectivo LGBT, hizo recapacitar a la distribuidora. Veamos si todo este culebrón ha valido la pena.

Adaptando la novela homónima de Naomi Alderman, Disobedience abre con el discurso del rabino Krushka, quien lidera una comunidad judía ortodoxa de Londres. El rabino habla de ángeles, bestias, humanos y la oportunidad de estos últimos decidir su destino o incluso de desobedecer para satisfacer nuestra libertad, antes de caer fulminado al suelo y fallecer. Desde ese instante, la cinta pasa a centrarse —al menos narrativamente— en Ronit Krushka, una fotógrafa de retratos residente en Nueva York que, con sus dudas, regresa a su hogar para honrar la muerte de su padre. Una vez allí, Ronit deberá hacer frente al rechazo continuo que recibe por parte de los miembros de la comunidad, exactamente lo que le hizo abandonarla años atrás. A su vez, también reconectará con sus mejores amigos de la infancia, Dovid, el candidato a ser el nuevo rabino, y especialmente con su ahora esposa Esti, con quien retomará los sentimientos del pasado y explorará los límites de la convivencia entre la fe y la sexualidad en una sociedad tan restrictiva.

Lo que más me sorprendió a medida que avanzaba el primer acto es el cambio radical necesario que esta película supone a nivel estilístico con respecto a Una mujer fantástica, dejando a un lado la intensidad y la calidez propias de Latinoamérica para adaptarse a los ambientes sombríos londinenses que envuelven geográficamente este reservado colectivo judío. Dentro de esta sobriedad, Lelio toma su tiempo para que vayamos conociendo el status quo de cada uno de los personajes, además de los detalles y las costumbres propias de la comunidad religiosa. Esto último es muy necesario para dejar constancia de los aspectos retrógrados que aún persisten en ciertos sectores, especialmente aquellos anclados en el costumbrismo espiritual, a la hora de tratar temas como la libertad sexual o el papel de la mujer en la sociedad. El personaje de Ronit se aprovecha muy bien en esta cojuntura, ya que ella, pese haber crecido con un rabino como padre, no es en absoluto devota, lo que provoca choques constantes entre sus actitudes modernas en contraste con las ideologías del entorno judío.

El alma del conflicto que alimenta la película, sin embargo, se encuentra en el interior de Esti, ya que es donde se enfrentan la devoción religiosa que ha formado parte de su ser durante toda su vida y los deseos romántico-sexuales hacia Ronit que durante años han quedado reprimidos dentro de su forzado matrimonio con Dovid. Sin desmerecer en absoluto trabajo de Alessandro Nivola y Rachel Weisz, es la intepretación de Rachel McAdams la que más brilla de toda la película, gracias a que evita caer en el melodrama a la hora de mostrar las inseguridades y el torbellino emocional de su personaje. Parte del mérito también proviene de la sutilidad con la que Lelio impregna toda la obra, desde las actuaciones de todo el reparto a las secuencias pasionales, rodadas con total naturalidad y alejadas del voyeurismo en el que podrían caer otros directores.

El mayor problema que encuentro en Disobedience es que le falta un «algo» indescriptible que la convierta en una gran experiencia cinematográfica. Cumple en todo lo que se propone, ya que siento que está muy bien rodada y cuenta de manera muy correcta y respetuosa una historia reivindicativa sobre un tema tabú dentro del ámbito en que se trata, pero le falta ese punto extra de elegancia, emoción o conexión emocional que sí logran cintas como Carol (íd., 2015) o Call Me by Your Name (íd., 2017) —los dos grandes romances homosexuales mainstream de los últimos años— y que las convierten en obras maestras. Aun así, el film de Sebastián Lelio es una propuesta extremadamente recomendable y a la que merece la pena acercarse además por continuar con la tendencia del director chileno de explorar la figura femenina, fuerte e independiente, y toda la serie de obstaculos a los que debe hacer frente en el mundo contemporáneo. [★★★½] 

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