Domino | El signo de los tiempos

Ante grandes festivales de cine cuyo glamour solo esconde una terrible hipocresía y el surgimiento de nuevas plataformas de distribución que abogan por una democratización falsa del cine, queda preguntarse qué está ocurriendo en la producción cinematográfica estadounidense para que grandes genios estén sufriendo tanto para sacar adelante sus proyectos. Parece que ningún gran estudio de Hollywood quiere financiarle una película a David Lynch, a Shyamalan o a Paul Thomas Anderson pudiendo destinar todo ese dinero a grandes producciones (a menudo insustanciales) que van a llevar a más público a la sala ya solo por el efecto evento. Ni siquiera Martin Scorsese, con un buen catálogo de filmes que han funcionado en taquilla, se ha podido librar de acudir a Netflix para financiar su siguiente proyecto tras el desastre en recaudación que fue Silencio. Un escenario desalentador del que tampoco ha podido escapar uno de los más brillantes cineastas norteamericanos de los últimos cincuenta años, Brian De Palma, que ha visto cómo la precariedad de la producción y la mutilación en la sala de montaje han afectado a su última creación, Domino (íd., 2019), un thriller europeo en el que dos policías darán caza a terroristas del ISIS en diversas ciudades del viejo continente.

Si hablar de De Palma es hacerlo de una de las filmografías más estimulantes en las que un espectador pueda sumergirse, hablar de Domino nos lleva irremediablemente a los problemas que han condicionado cada paso de su existencia. Desde temas legales hasta el nulo control por parte del cineasta para realizar un montaje propio, por fin nos llega una película que se temía que nunca vería la luz. Está protagonizada por Nikolaj Coster-Waldau, que se ve acompañado por otras caras conocidas como Carice van Houten o Guy Pearce, y desarrolla sin demasiada sorpresa una trama de persecución que nos habla no solo del terrorismo sino de las formas que éste tiene de propagar el miedo a través de las nuevas tecnologías. No es casualidad que todas las pantallas que aparecen en la película nos muestren los vídeos explícitos de masacres y otros actos violentos; la pantalla partida, habitual recurso de su cine, es sustituida en esta ocasión por los encuadres internos de las propias pantallas, que dejan atrás el cine para dar paso a una realidad que viaja a golpe de click.

 

El comienzo de Domino es prodigioso, propio de un director en su total madurez. Como ya hizo en su anterior y maravillosa película, Passion, utiliza la menor cantidad de elementos posibles y los enfatiza a través de la puesta en escena, de los encuadres y los movimientos de cámara (ese plano general picado en el piso del protagonista que se va acercando lentamente hasta la pistola en su mesilla, algo que se repetirá posteriormente de manera inversa cuando las consecuencias de dicho descuido ya se hayan producido). La escena de tensión en la que detienen a otro de los personajes importantes de la trama, interpretado por Eriq Ebouaney, es quizá el punto álgido del filme, una verdadera coreografía llevada con maestría que se permite incluso una reminiscencia al Vértigo de Hitchcock.

Los problemas, sin embargo, comienzan a partir de ahí. A medida que la película va sumando líneas argumentales y nos va desplazando por el tablero de este thriller (de una manera que me recordó en ocasiones, aunque con menos tino, al Blackhat de Michael Mann), se van haciendo más patentes los problemas en el montaje y la rapidez con la que se suceden las cosas. Los personajes, en constante movimiento, acaban viéndose recluidos por una construcción formal que no les deja respirar y les convierte en marionetas al servicio de varios puntos narrativos que se suceden de forma siempre interesante pero también acelerada y arbitraria. Muchas de estas consecuencias se personifican en el personaje de van Houten, que apenas tiene tiempo para construirse dramáticamente y cuyo viaje se ve cerrado a través de lo que se sienten como excusas de guion. Por suerte a lo largo del camino siguen habiendo grandes momentos de cine, porque esas imágenes están ideadas y rodadas por De Palma y por mucho que el montaje sea torpe no se pueden eliminar las virtudes inherentes, dejándonos escenas tan interesantes como la que ocurre en un festival de cine (brutal por lo que muestra y estimulante por lo que significa viniendo de un director en la posición en la que se escuentra De Palma) o esos minutos finales que, si bien no alcanzan el nivel de brillantez que una producción más ordenada hubiera facilitado, guardan mucho de lo que hace que su cine sea tan único a nivel estético.

Brian De Palma fue, para un servidor, el verdadero genio de aquel nuevo Hollywood que surgió a finales de los 60, muy por delante de todos los Spielberg, Scorsese, Coppola o Lucas que tanta gente aclama. Incomprendido por sus apuestas formales y reducido a un imitador de Hithcock, creo que va siendo hora de situar a este enorme cineasta en el lugar que le corresponde. Lo que está claro es que no va a ser con esta Domino, una película que está recibiendo críticas pésimas en su estreno en Estados Unidos y que será saludada en general, imagino, como una medianía sin mucho interés. Sus problemas son evidentes y muchos de ellos han estado fuera del control de su director, que al parecer está renegando de ella, pero aún con todo no puedo evitar disfrutar del buen puñado de virtudes que contiene una película descompensada pero llena de ideas; previsible en su desarrollo pero coherente con las inquietudes de su creador; mutilada y afectada por la producción pero lo suficientemente honesta y elegante como para que se la tenga en cuenta.

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