El crack Cero | Sobre viajes en el tiempo

Han pasado ya varios días desde que vi El crack Cero (íd., 2019) y el único motivo por el que no he escrito la crítica antes se encuentra en el simple hecho de que no he sabido cómo afrontar un texto sobre una película como esta. No por complicada o porque esté carente de elementos sobre los que explorar, nada más lejos de la realidad, sino porque su mera existencia es en sí todo lo que se necesita saber de ella. En este terreno me he planteado estructurar mis palabras en una suerte de ideas individuales, fogonazos estrechamente relacionados con los que intentaré ahondar en el valor de la nueva, y quizá última, película de José Luis Garci.

Garci es un señor de otro tiempo. Habla de cine como aquellas personas que, habiéndose criado en la época de la dictadura, concebían las películas como una vía de escape hacia otras vidas, países y tiempos. Recuerdo escucharle en su estupendo programa Qué grande es el cine hablando sobre las cocinas en el llamado cine clásico americano; era, y es, un entusiasta de la creación de mundos puramente cinematográficos sustentados no solo en grandes historias, tipos con gabardinas y frases punzantes, sino también en los pequeños detalles: el humo de un cigarrillo, la sombra que proyecta una persiana sobre una pared o las calles de una ciudad que se convierte en un personaje más. Las dos primeras partes de El crack, especialmente la original, conseguían el milagro de convertir aquel Madrid de los ochenta en un escenario vivo, lleno de cine (¡y de cines!). Ahora, en esta tercera parte que funciona a modo de precuela, vuelve a utilizar ese material rodado en una ciudad irrecuperable para situarnos a mediados de los setenta, momento clave en la historia reciente de nuestro país: se rumorea que el dictador ha muerto y en el horizonte se vislumbraba la posible democracia. “Las cosas van a mejorar”, termina diciendo Germán Areta, inmortal detective protagonista que devuelve a la vida Carlos Santos.

El crack Cero es una película de otro tiempo, pero no una película nostálgica. No mira hacia atrás argumentando que lo de antes era mejor; distinto, quizá, y los personajes hablan con la sensibilidad de entonces (algo que se nota especialmente en cuanto a los roles de género), pero en ningún momento se romantiza, e incluso Areta parece albergar en su cínica mirada la idea de que el futuro se presenta más esperanzador que las sombras en las que han vivido por culpa de la dictadura. Garci es un señor de otro tiempo, sí, y ha dejado claras sus simpatías por una ideología más bien conservadora, pero eso no le convierte en un inconsciente o en ese abuelo de palillo en boca que exclama a los cuatro vientos que España ya no es lo que era. Menos mal, abuelo, menos mal.

 

Teniendo un argumento detectivesco que bien puede trasladarnos a las dos anteriores entregas, el planteamiento formal la convierte en una película más abstracta, recordándome por momentos, aunque con objetivos diferentes, a lo que desarrollaba Almodóvar en su reciente Dolor y gloria: existe una idea de fondo y las escenas se sustentan por sí mismas, pero es el fluir de las mismas y el diálogo existente entre ellas lo que las convierte en películas tremendamente complejas en su trabajo con la estructura. La trama está bien construida en cuanto a descubrir qué ha ocurrido, quién ha estado involucrado y finalmente quién es el asesino, pero no parece ser el principal interés de Garci, o al menos no se siente en unas imágenes más interesadas en los pequeños gestos, en la puesta en escena (muy limpia, muy elegante en su manera de moverse por los espacios) y en detenerse en los encuentros que, tengan o no mucha relevancia argumental, construyen la sensación constante de estar ante una película de otra época. Que esté rodada en blanco y negro no es una elección arbitraria, ya que ayuda a consolidar esa especie de viaje en el tiempo.

“He intentado ser fiel a mi forma de hacer cine: basarme en personajes, en sus diálogos, su comportamiento y su deambular por este desbarajuste que llamamos vida. Acompañarles en su territorio “B” con una planificación sencilla, a poder ser invisible, mientras investigan, se sorprende, resultan dañados o buscan antídotos para su soledad que, me parece, también es un poco la esencia del cine negro”. Esto dice Garci sobre El crack Cero, y eso es lo que se vislumbra en sus imágenes. La película, por contraposición con los productos que se estrenan semanalmente en las salas, resulta casi radical, incluso moderna; apuesta por una narración consciente y coherente, arraigada en la serie B del cine negro, que además viene de una figura a la que se le presupone cierta ranciedad e inmovilismo. No creo que El crack Cero represente eso, en absoluto. Sus pequeños desajustes, como algunos fundidos a negro precipitados o alguna interpretación fuera de tono (Macarena Gómez está muy mal), no empañan una obra que quizá venga de otro tiempo, pero que es bienvenida en el nuestro.

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