Ema | De reguetón, fuego y libertad

En Ema (íd., 2019), la película más reciente del chileno Pablo Larraín, el fuego surge, como fuerza imparable, desde dentro de la mujer que da el nombre a la película. Ema (Mariana Di Girolamo), joven bailarina que ama la vida de barrio, los ritmos urbanos, el perreo y vestir de chándal, sufre después de haber tenido que dar en adopción a su hijo, debido al peligroso comportamiento del menor. Un hijo que ella y su pareja, Gastón (Gael García Bernal), el estéril director de la compañía en la que Ema baila, habían adoptado previamente. Enfrentados a la pérdida de quien los hacía ser una unidad, solos frente a sus propias carencias, son puestos a prueba con el reto de asumir el mayor golpe de todos: el fracaso.

Los personajes de Larraín suelen moverse a menudo entre la obsesión y el trauma. Motivados por alcanzar la meta que desean con pasión y, al mismo tiempo, por aquellas heridas que no cierran, que aún duelen, aún queman. Por ello, ninguno de los dos puede aplacar el golpe. Pero Ema no es una cinta que haga de la pareja su eje central, ese lugar lo tiene reservado y totalmente dedicado al personaje de Ema, que Mariana Di Girolamo interpreta con una soltura asombrosa, talento que sobrepasa lo que se espera de una actriz que debuta en la gran pantalla.

Ema es el gran sol ardiente en el centro del relato. En cuanto esa estrella se convierte en supernova es capaz de arrasar con todos (con la familia, con los roles sexuales, con el artista que mitifica a la musa). Y es que en esta película Larraín lo cuestiona todo, poniendo especial atención en su protagonista, lista para cometer aquel acto kamikaze que consiste en ser ella misma, ocupar el lugar que ella elige en su narrativa y con las condiciones que ella prefiere. Porque no hay nada más desestabilizador que exigir nuestra propia libertad cuando la vida (y su normalidad; su, a veces, silenciosa y violenta normalidad) nos patea. Es allí donde Ema también se descubre a sí misma, reafirmando su yo más auténtico con dulzura y agresividad, urdiendo un plan impensable para recuperar lo que ella quiere de acuerdo a sus términos; macarra y sensible, todo a la vez.

Pero, además, de ser un grito de libertad envuelto en llamas (literales y metafóricas), Ema guarda un lugar especial en la filmografía del cineasta chileno por ser la primera vez que su cine mira al presente (quizás también al futuro) en vez de volver la mirada al pasado. Para ello se sirve del guion que firma Guillermo Calderón (colaborador usual de Larraín) y el no tan conocido Alejandro Moreno. Esto, curiosamente, no baña la historia de un tufo aleccionador con las generaciones futuras. Incluso en su inconsciente naturaleza como relato generacional, Ema es un lugar desde el que el director y su equipo (que rondan los cuarenta y tantos años) parecen activamente quedarse en una esquina, como observadores, para aprender de lo liberador (y de lo contradictorio y tóxico) que conllevan unas dinámicas y tendencias nuevas. Todo esto para estirarlas, creando una atmósfera generalizada de que nada es permanente, excepto el afán de libertad, libertinaje y autodescubrimiento de Ema.

Evaluar esta película, por ello, simplemente como un retrato generacional hecho por alguien ajeno (supuesto advenedizo) no solo es injusto, sino corto de miras. Ema no es ni busca ser una película modélica o aleccionadora, a pesar de su obvia intencionalidad política a la hora de denunciar lo fallido del sistema de adopciones chileno (crítica evidentísima que Larraín ya se ha encargado de ir resaltando de entrevista en entrevista). De hecho, así como la película no sirve como guía moral, ya que no sermonea ni condena, también podemos ver que lo que quieren Larraín y compañía es aprovechar los sesgos, creencias e inclinaciones de la audiencia para enfrentarlas con lo contrario. De ahí creo que nacen aquellos duelos dialécticos entre Gastón y las bailarinas (Ema, incluida en el grupo, ocupando el centro una vez más) que no tienen ganador claro. A un lado, el “artista turista” que toma lo que, siente, está a su disposición; en el otro, el grupo que tiene que fabricar un lenguaje y códigos propios para mantener al margen la mirada mitificadora, a veces esclavizante del artista. En una esquina, el que ve cárcel; en la otra, las que ven placer, libertad y orgasmo.

Lejos de ser una película que se rinde ante los impulsos de una caprichosa provocación adolescente, Ema es, además. la sublimación del estilo Larraín. De estética impecable, gracias a la fotografía de Sergio Armstrong, y con una banda sonora maravillosa e hipnotizante a manos de Nicolas Jaar, este filme es un ejercicio artesanal de belleza abrumadora. Aunque si algo hay que me fascine por encima de todo quizás sean esos primeros veinte minutos de metraje, en donde la película hace más que establecer personajes, localización (el puerto de Valparaíso nunca se ha visto tan bonito y tan palpable) y motivos, marcando su propio paso obedeciendo a una lógica del relato que, más que lineal y cronológica, se constituye gracias a un collage que no se ajusta a otro ritmo que el de las emociones. Y si bien es una película que, después, tiene altos y bajos en una trama que quizás no satisfaga a todos, lo cierto es que yo quedo rendido ante la imagen de esa llama inmensa que Ema lleva dentro cuando me dice que hay que destruir para poder construir lo nuevo. Y para sembrar, habrá que quemar todo residuo de lo viejo.

Comentarios