Gracias a Dios | El dolor no prescribe

Un niño cree en Dios. No en cualquiera, ojo, sino en ese dios blanco y de barba que vive con ángeles en el cielo. Ese dios que todo lo perdona, pero que también todo lo castiga. Ese que, como todo lo ve, todo lo controla y vigila. Un dios que tan celoso y castigador es, te han enseñado, como también amoroso y misericorde. Pero a Dios este niño no lo puede ver ni le puede hablar, así que quien le comunica todas las decisiones divinas es un hombre de carne y hueso, que viste sotana y usa mucha gomina. Es ese hombre quien dice que oye a Dios. Es él quien le dice a este niño que Dios lo ama. Es él quien un día lo hace sentir especial. Y es él también quien un día seduce, amenaza y abusa -casi en ese orden- de este niño, cuando, un día de campamento con el resto de tus amigos, después de rezar y cantar junto al río, se ha quedado solo en una carpa.

Un niño que se queda a solas con un sacerdote en esa carpa, años después, convertido ya en un hombre de familia, vuelve a pensar en lo que pasó aquel día a solas con ese sacerdote. Ese es el punto de partida de la nueva cinta del realizador francés François Ozon, Gracias a Dios (Grâce à Dieu, 2019), en la que carga contra la iglesia católica y su largo historial de abusos a menores. Una rareza, cabe decir, dentro de una filmografía dedicada a la ficción que ahora ha virado hacia el terreno de lo basado en hechos reales, del docudrama puro y duro. Una suerte de Spotlight versionado por Ozon sobre el escándalo de pedofilia de Lyon por parte de la iglesia, que, además, no esconde sus vínculos (se puede ver claramente un póster de la película de Tom McCarthy durante una escena crucial), pero que se diferencia en una cosa elemental. Y es que esta no es una película de intrigas con investigadores y periodistas como protagonistas, sino que en su lugar tenemos la oportunidad de seguir a las propias víctimas de los abusos en su búsqueda por justicia.

 

Pero como decía antes, esta historia empieza con un hombre familia que está intentando lidiar con el recuerdo de un episodio traumático. Este hombre, Alexandre, interpretado con una sobriedad enorme por Melvil Poupaud, ha encontrado en su fe un lugar de reconciliación y de perdón, pero las cosas cambian en cuanto Alexandre descubre que el sacerdote que alguna vez se aprovechó de él aún sigue ejerciendo y en contacto con menores. Esto es el desencadenante de una serie de relatos personales que terminan encontrándose, como los hombres que lideran esta lucha que nadie parece querer escuchar. Porque en la película de Ozon la hipocresía de las instituciones (la de la iglesia siendo la central acusada) es uno de los temas principales, y aquellos que han monopolizado términos como “perdón” y “salvación” ahora temen exponer su parcela moral al resto del mundo por el miedo de perder el poco poder al que se aferran, o, lo que es peor, el miedo de reconocer que entre ellos hay humanos y también monstruos.

Es así que, de forma bastante inteligente, Ozon avanza por la historia de estos hombres (unos que aún mantienen su fe, otros que ya la abandonaron hace tiempo) de manera vertiginosa. En Gracias a Dios la comunicación epistolar, los e-mails, las llamadas por teléfono establecen un ritmo incontenible y la historia se va desenvolviendo ante nuestros con crudeza, rapidez y gran acierto a la hora de señalar lo absurdo de nuestra relación con la autoridad y lo incomprensible de ponerle una fecha de caducidad al dolor. Y la convicción de Ozon de llevar esta historia a la pantalla (necesaria al ver que las reacciones que ha provocado esta cinta dentro de la iglesia, que quiso impedir su estreno) solo se puede considerar como un sólido paso hacia adelante en el camino a (por más ingenuo que suene) desmitificar los roles clericales y dar voz, finalmente, a aquellos que, avergonzados, han sido convencidos de que están solos cuando, en realidad, nunca lo han estado, solo había que escuchar más atentamente.

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