La forma del agua | Más vale pez en mano que ciento nadando

Guillermo del Toro nunca ha sido santo de mi devoción. Entiendo la fascinación que puede despertar entre los amantes del fantástico al ser un creador de mundos atractivos y con muchas ideas visuales, pero si me tengo que poner a analizar sus logros cinematográficos me topo de lleno con una filmografía repleta de películas fallidas, mediocres o que no van más allá de la anécdota. Quizá la que mejor me parezca (o menos me moleste) sea Pacific Rim (íd., 2013) al ser una cinta que no se toma demasiado en serio a sí misma, y es que cuando del Toro se pone solemne, véase en El laberinto del fauno (íd., 2006) o en La cumbre escarlata (Crimson Peak, 2015), el castillo se derrumba y todos sus defectos salen a la luz. Es un director incapaz de retratar a sus personajes fuera de unos arquetipos del todo manidos, además de su manía por la casquería y la insensibilidad con la que la utiliza (véase la tortura en El laberinto del fauno, por ejemplo), por no hablar de que, en cuanto a puesta en escena, hay pocos realizadores más torpes.

La forma del agua (The Shape of Water, 2017) llega con mil y un aplausos a sus espaldas. Ganando en festivales, compitiendo en la carrera al Oscar, gozando de un consenso que la catapulta directamente al terreno de las obras maestras… y siendo una película relevante en el contexto político actual, ya que la dirige un mexicano y trata sobre personas diferentes y que se ven excluidas por su naturaleza (algo que, aclaro, no es el motivo de su éxito crítico, sino que, como puede ocurrir también con Los archivos del pentágono, mantiene un diálogo con lo que está pasando hoy en día). Lo diferente se ejemplifica a través de las dos figuras principales de la narración: la protagonista, interpretada con oficio por Sally Hawkins, que es una mujer muda, y el hombre-pez que se ve capturado por los Estados Unidos en pos de ser utilizado en la Guerra Fría. A partir de encuentros fortuitos y de la gran empatía mostrada por la protagonista, se irá construyendo una historia de amor en forma de fábula que le sirve a del Toro para crear un filme romántico, de intriga e incluso de homenaje a un cine que seguramente ame.

El problema es que esta mezcla es como echarle salsa barbacoa a la sopa: te puede gustar la salsa y te puede gustar la sopa, pero hombre, no lo mezcles, que lo más seguro es que el resultado sea un asco. Hay buenas ideas en La forma del agua, tanto en su desarrollo romántico como en esa trama de espionaje y de tensión en despachos, pero juntarlas solo provoca que se vean más los defectos y que la película empiece a perder el norte muy pronto. Esto se debe, como de costumbre en el cine de este señor, a unos personajes tan típicos, tan manoseados, que no crean ningún tipo de interés; especialmente flagrantes son los secundarios, desde Michael Shannon (con una interpretación muy por encima del texto que le toca defender) hasta Octavia Spencer (que lleva haciendo el mismo papel desde hace años), pasando por Richard Jenkins, principal apoyo de la protagonista y que, teniendo unos conflictos personales interesantes, se queda en la anécdota por culpa de un desarrollo de todo menos sutil. Quizá el mejor perfilado sea el personaje de Michael Stuhlbarg, siendo también un tópico con patas. Es que ni siquiera encuentro demasiado estimulantes a los protagonistas, ni a la mujer muda cuyas decisiones muchas veces vienen impulsadas por la más absoluta nada (el clásico “es que lo pone en el guion”) ni la criatura. De hecho, permitidme dar un pequeño detalle de la trama para explicar por qué no me convence este hombre-pez: hay una secuencia en la que se come un gato, ya que nadie le ha explicado que esas cosas no se hacen, y compone uno de esos momentos de casquería que tanto le gustan a del Toro; sin embargo, para no crearte una fuerte antipatía con él, ¿qué hace la película? Pocos segundos después le vemos jugando con los otros gatos, acariciándoles. Ni frío ni calor, ni miedo ni ternura: un personaje plano al servicio de lo que necesita la narración.

Antes he dicho que del Toro es un director torpe a la hora de construir una puesta en escena efectiva para lo que está contando, y La forma del agua es uno de sus más terribles ejemplos. Por supuesto que hay escenas donde saca su imaginería visual y crea planos “impresionantes” a nivel de composición, pero mi continua sensación es que… no se los ha ganado, como si rematara algunas escenas terriblemente concebidas con una pirueta visual para ver si así compensa el desastre general. También hay decisiones que no comprendo, sobre todo la que tiene que ver con una especie de secuencia onírica que, vale, sirve como homenaje cinematográfico, pero que me confirma que del Toro ha puesto tanta carne en el asador que se le ha quemado toda. Incluso el final me parece de chiste y el ejemplo perfecto de esa mezcla insostenible: quiere mantener el tono oscuro, pero la voz en off parece sacada de una película de Disney. No soportando el cine de Guillermo, lo más probable era que La forma del agua me pareciera otra muestra de su incompetencia; siendo así, lo que me ha sorprendido es la magnitud del desastre y, debido a ello, la cantidad de aplausos que nunca llegaré a entender. [★½] 

2 thoughts on “La forma del agua | Más vale pez en mano que ciento nadando

  1. Concuerdo contigo, ayer la fui a ver,confieso que quería saber que tal era y porqué tantas nominaciones y premios y lo cierto fue que me desencantó, me aburrió y no le encontré sentido ya que para mí es un cuento traído un poco por los pelos, No la recomiendo

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