La virgen de agosto | Cuento de verano

Siempre he asociado el verano a los largos paseos por la playa. Como persona que se pasa casi todo el año en Madrid, el hecho de viajar en agosto a lugares bañados por el mar me resulta todo un acontecimiento, una especie de reencuentro con aquel paisaje congelado en la mente que vuelve a la vida ante tus ojos. No soporto el calor, pero qué bonitos los colores de esta época del año y cuántas experiencias nacen de tener algo más de tiempo libre; mirarse al espejo y, esquivando esa gota de sudor, preguntarte si todo va bien, si estás haciendo lo que quieres o, por ahondar más profundo, si estás haciendo algo que valga la pena. ¿Qué soy? El horizonte al acabar una carrera como la mía, Cinematografía, no invita al optimismo: si he estudiado guion pero no trabajo actualmente en ello, ¿soy guionista? ¿Qué soy? ¿Quién soy?

Eva, protagonista de La virgen de agosto (íd., 2019) y bellamente interpretada por Itsaso Arana, va a cumplir 33 años y no tiene claro quién es. Trabajaba como actriz, pero lo veía más como una ocupación desechable que como una vocación, y ahora deambula por la vida sin saber muy bien qué hacer en ella. Mientras los madrileños emigran hacia las zonas costeras, ella decide quedarse en un piso prestado en pleno centro de la ciudad, con la esperanza, quién sabe, de encontrarse a sí misma. Y más que respuestas definitivas, lo que encuentra son experiencias con antiguos amigos y nuevas caras que le harán plantearse su futuro, o al menos las posibilidades que éste brinda: las relaciones afectivas, el sentimiento de permanencia o la propia identidad serán protagonistas de la primera quincena que nos narra Jonás Trueba en este cuento de verano.

El cine del director de Todas las canciones hablan de mí siempre se ha sentido muy deudor de sus referentes: es complicado no acordarse de Philippe Garrel o Éric Rohmer cuando uno ve sus películas, especialmente Los ilusos y este nuevo trabajo, La virgen de agosto, que incluso recuerda a El rayo verde (Le Rayon vert , 1986) en sus cartelas anunciando cada uno de los días. Trueba parece preocupado por la observación de los gestos cotidianos y de los momentos en los que no parece ocurrir nada y, sin embargo, se revela todo: Eva tumbada en el sofá y desabrochándose la camisa por el calor, transmitiendo ese peso existencial, o más adelante cuando se sienta al lado de la ventana y se dedica a jugar con el reflejo que produce en la pared un rayo de sol que impacta en su móvil. Se nos relata la primera mitad de mes, y no todos los días resultan apasionantes; es más, algunos de los momentos más bellos de la película se encuentran en esos instantes de levedad en los que el verano se abre camino sin que nadie pueda luchar contra él más que comiendo uvas o asomándose al balcón para sentir la emoción, repentina y primitiva, de un festejo estival.

 

El acercamiento a La virgen de agosto se siente más madura al menos en su intención de plasmar los estados de ánimo de la protagonista y de moverse a través de ese Madrid caluroso que parece empezar desierto y se va sintiendo más lleno de vida. Se mantiene la capacidad de Jonás Trueba para desarrollar diálogos de sonoridad auténtica, aunque llenos de reflexiones sentimentales y culturales, y cada vez parece más cómodo en su manera de filmar los interiores, aprovechando con más sabiduría los marcos de las puertas, las ventanas y los espejos. Se construye así un engranaje elegante en el que se percibe el aprendizaje de Trueba como cineasta, a la par que se revela una nueva mirada hacia temas que, si bien podían estar en anteriores trabajos, alcanzan un mayor grado de preocupación; la exploración de una mujer que sabemos que no va a encontrar todas las respuestas pero que alcanza cierta satisfacción personal a través de pequeños gestos e instantes que justifican las pequeñas maldades (o errores) que pueda haber cometido.

Recuerdo una escena que me emocionó mucho: en ella somos testigos de cómo Eva se reencuentra a la entrada de un cine con el que parece ser un antiguo novio y cuya herida todavía no ha sanado. Es muy de verdad, sencilla pero verdadera. Aunque me pregunto cuánta de la emoción provenía de mis propias experiencias personales y cuánta de la propia película; y es que La virgen de agosto no me ha conseguido conmover como sí lo han hecho obras anteriores de Trueba, más imperfectas, menos maduras, pero llenas de un romanticismo desbocado. Pongamos Los ilusos, un ejercicio lleno de aristas y de una belleza salvaje, o el que para mí sigue siendo su mejor trabajo, La reconquista, con esa aproximación triste y sin embargo inocente al reencuentro y al génesis del amor. Aún con todo, celebro su evolución como cineasta. Cuenta con una mirada honesta sobre temas que me parecen importantes. Y es así como las luces se encienden y salgo de la sala preguntándome si Jonás Trueba, a estas alturas de su vida, sabrá quién es.

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