Largo viaje hacia la noche | El tiempo inasequible

Después de un debut espléndido con Kaili Blues (íd., 2015), que dejó a la crítica tan enamorada como intrigada, el cineasta chino Bi Gan vuelve a sentarse en la silla de director para traernos la casi universalmente aclamada Largo viaje hacia la noche (Long Day’s Journey Into Night, 2018). Si bien con su anterior filme incluso los indecisos quedaron boquiabiertos con la proeza técnica de aquel plano secuencia de 45 minutos ─que nos llevaba a través de una pequeña aldea en Kaili, allí en la provincia sureña de Guizhou─, en esta el realizador parece doblar la apuesta con una secuencia de 55 minutos que, además, está en 3D. Pero esta segunda película es algo más que un simple ejercicio técnico. En esta ocasión Bi Gan ─de tan solo 30 años─ no solo se termina de asentar como uno de los cineastas más prometedores de la actualidad, sino que también expande ese mundo de imágenes e ideas que habita en el terreno entre lo real y lo imaginario que tanto lo cautiva.

Largo viaje hacia la noche es, ante todo, una experiencia sensorial. Sin ningún tipo de exageración, el planteamiento de Bi Gan es trascender la pantalla, sobrepasar los límites de la gramática en favor del liricismo, y aún así mantenerse en la superficie en términos de accesibilidad. Lo que termina de fascinar, pues, es ese carácter tan flexible de su narrativa, que aún así, parece ya la de un experto. Existe una capa de cine neo-noir en la que Luo Hongwu, el protagonista, regresa a su ciudad natal para encontrar a la mujer que alguna vez amó y nunca ha podido olvidar. Es esta búsqueda la que conforma la primera mitad de la cinta, claramente dividida en dos capítulos muy distintos, pero complementarios. Comparada a la superlatividad de la segunda parte, todo en esta mitad parece muy introductorio, aunque, por supuesto, plagado con los objetos que tanto color le dan al cine de Bi Gan: relojes, reflejos, túneles, trenes que siempre se están yendo…

 

Algo que me seduce del cine de Bi Gan es su capacidad para hacer de la realidad más mundana un elemento casi etéreo, como si se tratase siempre de un escenario de ensueño. A falta de palabras mejores, en Largo viaje hacia la noche (y de forma similar, en Kaili Blues) se crea un aura de realismo mágico, en la que la magia es el propio movimiento (de la cámara, de los personajes, de la vida a su alrededor), y en la que la realidad está, más bien, asentada en aquello que es común. En el vocabulario de Bi Gan, las tomas largas y planos secuencias no son adornos ni superficiales decisiones estilísticas; son también un camino que el espectador recorre, paso a paso, en cada movimiento, por un mapa de misterios y enigmas.

«Any time I saw her I knew I was dreaming again», pronuncia Hongwu en las líneas iniciales de la película, al mismo tiempo que la cámara empieza a girar, hasta perderse en un lugar indeterminado, mientras nosotros somos transportados a un espacio entre lo real, lo imaginado y lo soñado. Y como es usual con estas materias tan abstractas, lo más probable es no entenderlas, guiarnos ante todo por lo sugestivo, lo sutil, aquello familiar e irreconocible a la vez. Así mientras en la primera mitad la estructura laberíntica se establece entre el presente y el pasado (a través de flashbacks), la segunda mitad lo hace en una ciudad de la que no podemos escapar y en la que somos llevados en un viaje sin pausa alguna. Además, con el añadido del 3D, esta realidad es de alguna manera más plástica, moldeable y palpable. Sin hablar siquiera de aquel momento en que todos los asistentes en la sala deben ponerse las gafas 3D al mismo tiempo que el protagonista, que, sentado en una sala de cine, cae dormido, aún pensando en volver a capturar aquello que ahora solo vive para él en los recuerdos.

Si me refería antes a Largo viaje hacia la noche como una experiencia sensorial, debería quedar claro con este último detalle que también es una experiencia para vivir en una sala de cine. Es solo allí donde se puede experimentar, con todos los matices y colores, la intención detrás de aquel plano secuencia y de la decisión de usar el 3D. Y es que con la popularización de estos aspectos técnicos y decisiones estéticas, se puede llegar a subestimar esto como un gesto de poderío vacío. Sin embargo, Largo viaje hacia la noche no es otra cosa que una película riquísima y llena de magia, que nos hace pensar incluso en aquella ciudad, aquella noche, aquel beso al celebrar la llegada del año nuevo, como si fueran nuestras experiencias también.

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