Maya | Cambiar para volver a ser nosotros mismos

Quizás porque siento que estoy en un periodo de mi vida que solo se me ocurre describir como transitorio, el haber acudido a la proyección del más reciente largometraje de Mia Hansen-Løve me ha dejado una sensación de que, a pesar de que el próximo gran episodio de cambio esté lejos, quizás es durante este momento actual en donde las transformaciones más importantes tienen lugar. Y eso es lo que se cuenta en Maya (íd., 2018), la última película que firma la realizadora francesa. Cinta que, además, vuelve a confirmar el lugar de Hansen-Løve entre los mejores cineastas contemporáneos y, sí, también la confirma como una autora cuyo material primo parecen ser esos capítulos de nuestras vidas en los que encontramos, a veces sin buscarlos, motivos y deseos por los que renacer.

La primera imagen que tenemos de él es la de un hombre frente al lavabo que se afeita después de observar detenidamente su rostro en el espejo. Una imagen que a mí, por accidente, pero también de manera inevitable, me traslada al final de Los geniecillos dominicales, de Julio Ramón Ribeyro, curiosamente una novela también sobre grandes cambios en terrenos más mundanos y cotidianos, aquellos dominados por la molicie, tan apreciada por el autor peruano. Pero mientras que en la novela de Ribeyro esa escena era la de un final anticlimático, en la que el supuesto clímax no era sino un paso más, otra vez, al día a día, en la cinta firmada por Hansen-Løve este paso a lo cotidiano se hace acompañado por la carga emocional de un enorme trauma.

¿Quién es ese hombre afeitándose, desde dónde está viniendo a nosotros? Descubrimos que se llama Gabriel y que ha pasado varios meses secuestrado por el Estado islámico, y solo ahora vuelve a París, convertido en un hombre libre. Este es el punto de partida de nuestro viaje, de nuestra búsqueda, aquella búsqueda de una verdad que solo está dentro de nosotros, de experimentar una transformación pero no para nacer como alguien nuevo, sino para volver a ser el que se fue alguna vez (o alguien similar). Porque a veces cambiamos para poder volver a encontrar esa cara conocida al otro lado del espejo devolviéndonos la mirada.

 

Gabriel empieza por esto a buscar en su pasado su propio pasado, en los lugares que dejó atrás. Por eso mismo, después de reconocer que en París ya no le queda nada (la relación con su novia había llegado a un punto sin retorno antes de su secuestro), es él mismo quien decide partir a la India, donde vivió cuando era pequeño. Es aquí donde el tacto de Hansen-Løve como directora se nota, al no dejar que el largometraje se le descarrile en un acto de autocomplacenca, rebajando su trabajo al nivel de una presentación de diapositivas sobre un viaje a un país exótico para descubrir que lo mejor de la vida está realmente dentro de nosotros. En cambio, la realizadora pone sobre la mesa un paisaje lleno de nostalgia, pero también plantea conflictos que normalmente esa nostalgia no nos deja ver. El padrino de Gabriel lo pone en palabras, manifestando que ya ni a Bollywood le importa explotar los paisajes solo por su valor turístico y exótico.

Es precisamente aquí, en una India que está también a medio camino de una gran transición identitaria, donde Gabriel conoce a Maya, la joven hija de su padrino, que da nombre a la película y que ─tras una serie de encuentros, conversaciones, largas caminatas─ también le da sentido a la búsqueda de Gabriel. Incluso cuando Gabriel se vea asediado por actos violentos (que Hansen-Løve opta por mantener fuera de plano), Maya siempre está ahí. Mientras en superficie, Maya parece ser un personaje más moldeado por el manido estereotipo de la manic pixie dream girl, la relación con Gabriel es más compleja de lo que parece. La “reconstrucción” de Gabriel pasa necesariamente por la construcción de Maya, una joven a quien la vida aún le espera, llena de ilusiones y proyectos, sensibilidades y deseos aún por satisfacer. El retorno de Gabriel es, pues, al mismo tiempo, el punto de partida de Maya. Mia Hansen-Løve pasa entonces por el drama social, la película de viajes, y pasa también por una película de primeros amores (o amores de verano, según se vea) llena de sutilezas, miradas y gente que siente, inevitablemente, que siempre está de paso, como yo, ahora, que busco un rostro familiar en el espejo.

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