Midsommar | De tradiciones y terrores

Una de las escenas más reconocibles de Hereditary (íd., 2018), ópera prima de Ari Aster, nos mostraba al joven de la familia despertándose en mitad de la noche sin darse cuenta de que su madre, ya poseída por unas fuerzas imposibles de entender, le observaba colgada en una esquina oscura de la habitación, a sus espaldas. Esa película, por lo demás muy burda en su desarrollo dramático y efectista en los planteamientos de género, tenía algunos golpes de ingenio a la hora de sugerir, de ocultar en las sombras aquello que creíamos haber visto. Una construcción arquitectónica de la narración, como si sus personajes formaran parte de una casa de muñecas macabra en la que las habitaciones y pasillos se convertían en rincones que amparaban el mal, que se abandona en Midsommar (íd., 2019), segunda película de terror de su director, que nos plantea un viaje a una comuna en Suecia por parte de un grupo de amigos que, sin saberlo, acabarán envueltos en un grupo con unas creencias tan antiguas como oscuras.

Ari Aster quiere impactar desde el principio, y por ello plantea un prólogo que rompe la vida de la protagonista (una entregada Florence Pugh) a través de un hecho trágico que parece llevarla irremediablemente hacia una depresión. Sin embargo, por sus propios esfuerzos de no caer en ese agujero oscuro del que cuesta tanto salir, se intenta integrar en el grupo de amigos de su novio y acaba apuntándose a ese viaje a la comuna sueca; un viaje que, en sus primeros compases y drogas recreativas mediante, acaba activando de una manera aún más acusada todos esos traumas que guarda en su interior. Este planteamiento, el de tratar la depresión a través de una historia de género, no es algo nuevo, pero su atmósfera tan peculiar convierte la propuesta, al menos en los primeros instantes, en un curioso ejercicio que anuncia una bajada a los infiernos. Pero Ari Aster, inexplicablemente después de ese prólogo, no parece estar preocupado en todos esos temas, y Midsommar va perdiendo el rumbo a cada escena.

 

Esta película, a lo largo de sus dos horas y media, plantea un terror basado en la luminosidad y en el segundo plano. Las tradiciones de la gente de esta comuna son observadas, tanto por los protagonistas como por la cámara de Aster, como ejercicios imposibles de comprender, y por lo tanto no tardan en convertirse en factores inquietantes y agresivos. La manera de jugar con ellos, de manipularlos, es muy evidente y su constante presencia en el fondo de los planos no suma nada más allá de la construcción de una atmósfera progresivamente más malsana. Que todo esté a la vista convierte una potencialmente interesante iconografía en un bucle repetitivo de símbolos obvios y de una tremenda gratuidad. Existen elementos que se mantienen como un misterio hasta los minutos finales, como esa gran pirámide amarilla a la que está prohibido acercarse (uno de los pocos artefactos arquitectónicos de la película, junto a la cabaña en la que duermen los protagonistas, que tiene un segundo piso al que nunca se le saca provecho), pero su resolución confirma que es mejor sugerir que mostrar; y Midsommar es una película obsesionada por mostrarse.

Hay directores, entre los que se encuentra Ari Aster por lo visto hasta el momento, que muestran el horror de forma directa y que parecen recrearse en una destrucción del cuerpo humano difícil de soportar. Algunas escenas de Midsommar, especialmente en el tramo final, apuestan por una pérdida total de la humanidad, desarrollando un terror que no solo se relaciona con lo físico sino con lo mental; una especie de conexión comunal enfermiza salida de la peor de las pesadillas. Y ese poco pudor a la hora de enseñar estos sucesos me incomoda especialmente porque no suman nada a lo que se está narrando… porque en realidad no se está narrando nada, no existe coherencia alguna. Es una película que abandona sus temas a mitad de camino para entregarse a la acumulación de símbolos y de momentos incómodos; tanto es así que algunos recursos, como la cámara lenta, aparecen para enfatizar y recrearse en momentos terribles. Los gritos se adueñan de todo y la última media hora resulta difícil de soportar. Y así se cierra Midsommar, con una sonrisa y con el alivio de abandonar una película a la que es mejor no regresar.

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