Parásitos | Es una metáfora

A pesar de que suene muy trillado, es cierto que hay cineastas que son un género en sí mismos. Y creo que esto es especialmente cierto en el caso del coreano Bong Joon Ho, quien después de dirigir Snowpiercer (íd.,2013) y Okja (íd.,2017) ─dos películas que, además de permitirle trabajar en Hollywood, le han dado una notoriedad internacional que no había tenido hasta el momento─, ha vuelto a la carga para sorprendernos con su enfoque particular de la tragicomedia familiar en Parásitos (Parasite, 2019). Sin embargo, justo es decir que, si bien la obra de Bong no se caracteriza esencialmente por poner el ojo sobre el núcleo familiar, sus películas a menudo ofrecen una mirada a las distintas dinámicas afectivas y de poder que se dan en distintos contextos familiares. The Host (íd., 2006) y Madre (Mother, 2009) caen en esa categoría, sin duda alguna. Asimismo, en ocasiones, las relaciones de sangre entre los personajes no están allí, pero el lazo afectivo se mantiene, y como resultado tenemos la tensión paterno-filial de Snowpiercer, así como también el aspecto fraternal entre la niña protagonista de Okja y su cerdo mascota.

Todo esto entra en juego en su cinta más reciente, en la que, además, sus intereses sobre la lucha de clases y las tensiones sociales son, una vez más, patentes. Snowpiercer llamaba a la revolución y Okja era un tratado sobre la empatía y en contra de la explotación y el consumismo. Ninguna de ellas es fundamentalmente sutil, pero lo que no se puede negar es que, de ese nulo miedo a lo evidente, a la metáfora obvia, emana el elemento más interesante del cine de Bong: la oportunidad de caricaturizar nuestra realidad hasta gastar los límites de cualquier género narrativo, la oportunidad de mostrarnos el esperpento.

En Parásitos, la familia Kim vive en un apartamento-sótano de los barrios más pobres de la ciudad. En el hogar de esta familia, donde viven apretados y en condiciones que dejan mucho que desear, estos intentan ganarse la vida con trabajos inestables que pagan bastante mal. Todo lo que tienen en casa es obtenido mediante la maña. La conexión a internet es del wifi de los vecinos, la fumigación de su apartamento ocurre porque deciden dejar la ventana abierta (con ellos dentro todavía) antes de avisar a los operarios de que ellos están viviendo allí abajo, y el dinero que reciben de la jefa de una pizzería local les es pagado completamente (a pesar de que el trabajo está mal hecho) después de que Ki-woo y Ki-jeon, los dos hijos de la familia intentan manipular a esta mujer. No es sino hasta la visita de Min, amigo de Ki-woo, que se les presenta la oportunidad de acceder a una vida de mejores condiciones materiales. ¿Cómo sucede esto? Pues Min recomienda a Ki-woo para un trabajo como tutor del hijo pequeño de una familia rica, los Park. Y, además, en un gesto evidente (la metáfora obvia que mencionábamos antes), Min les regala una roca amuleto que, en teoría, les garantizará la riqueza material.

A partir de este momento, los Kim empiezan a llevar a cabo un lento pero seguro plan para adentrarse en el hogar de los Park y vivir con las comodidades y lujos que exhiben estos últimos. Sobre el papel, Parásitos se puede describir como la confrontación entre estas dos familias ─los Kim y los Park─ como manifestación del enfrentamiento entre ricos y pobres. Y la película hace un trabajo excelente a la hora de plantear esta dualidad, estos escenarios polarmente distintos, unos de privilegios y otros de miseria, sin necesidad de acentuar de manera artificiosa las desigualdades de estos dos grupos familiares. Pero lo mejor de Parásitos es realmente lo que esconde bajo la manga. Lo que no se puede decir en estas líneas, no solo porque es secreto, sino porque sirve también para mostrar al espectador nuevos aspectos y elementos de esta misma lucha entre amos y siervos, a la vez que, en un giro maravilloso, la película empieza a hablarnos sobre lo que la alienación es capaz de hacernos. Y sobre lo antinatural que resultaría aceptar como normal que la vida de unos valga más que la vida de otros.

Porque la gracia de ver una película de Bong es que uno nunca puede dejarse llevar por lo que el género (y las expectativas de uno mismo) exige, sino que uno debe aceptar que desde el inicio de la película uno ahora habita en el mundo de Bong y está sometido a sus reglas. Así, se pasa de la comedia a la sátira y de la sátira al thriller; siempre con una habilidad absolutamente admirable y con transiciones que parecen actos de magia. Y mientras estás observando con atención la mano derecha del mago Bong, la izquierda está esperando para mostrarte el conejo que acaba de sacar del sombrero. Y con el mismo movimiento de manos, el mago está listo para sorprendernos todavía más. Pero hablemos de cosas concretas. Porque de Parásitos se puede decir que es una película divertidísima, y también que es una cinta inquietante (el mismo Bong la describe como rara, aunque no sabe tampoco por qué lo es). Yo elijo decir que es una película meticulosa y precisa. Si bien se aprovecha de las imperfecciones de nuestra realidad para caricaturizarla, no las banaliza, y quizás esa responsabilidad también ayuda a establecer con solidez el más importante detalle de la película: que aquellas mentiras que nos contamos a nosotros mismos (porque nos las vienen contando desde siempre) para poder mantener la esperanza en un futuro mejor (en un futuro en el que seamos una familia otra vez) también son, en cualquier caso, las herramientas de las que otros se aprovecharán para volver a arrastrarnos al lugar en donde no seremos considerados más que bestias. O, mejor dicho, más que parásitos.

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