¿Quién está matando a los moñecos? | Ni lo sé, ni me importa

¿Quién está matando a los moñecos? (The Happytime Murders, 2018) es de esos proyectos que, antes de verlos, agradezco que estén presentes en la cartelera por lo mucho que se salen de la norma en comparación con el resto del cine comercial que se estrena semanalmente. Y no es para menos, ya que combina personas de carne y hueso con marionetas creadas por la compañía que continúa el legado del mítico Jim Henson. Sí, el de Barrio Sésamo. Pero que la película sea algo diferente a lo que estamos acostumbrados nunca la convertirá automáticamente en buena, algo que por desgracia sucede con el film que tenemos entre manos.

Son muchos los problemas que asolan The Happytime Murders —me niego a repetir el título español una y otra vez— y dos virtudes. La primera es que apenas dura 80 minutos. La segunda, más meritoria, es el uso de las marionetas y la calidad técnica de estas. El trabajo artesanal que hay detrás de una producción de este calibre a la hora de dar vida a los peludos personajes es algo que merece ser aplaudido, aunque no es de extrañar ya que el equipo que hay detrás tiene décadas de experiencia en el sector. Por otro lado, el director no es otro que Brian Henson, hijo del mismísimo Jim, así que no me sorprendería que circulando por sus venas encontrásemos relleno de peluche y no sangre.

Sin embargo, de poco sirve la calidad técnica si el contenido es completamente fallido. Para empezar, la cinta se ambienta en una versión alternativa de Los Ángeles en que las marionetas conviven junto a los humanos en una sociedad que los considera seres inferiores. Con este punto de partida piensas que la película podría intentar explorar el racismo a través de la sátira y la comedia negra, pero el resultado final dista mucho de llegar a aprovechar el interesante planteamiento más allá de algunos puntos de la trama y unos pocos chistes. Digamos que el desastroso guion de Todd Berger tiene otras prioridades más relacionadas con detectives haciendo cosas de detectives —como esnifar purpurina— y peludas marionetas secretando fluidos.

Si entramos en la trama, nos encontramos con la investigación que llevan a cabo Phil Philips, detective privado y antiguo “poliñeco”, y Connie Edwards, una agente de policía humana y antigua compañera de Phil, para resolver los asesinatos que están acabando con la vida de todo reparto de la serie de televisión The Happytime Gang. Más allá de recordar excesivamente a ¿Quién engañó a Roger Rabbit? (Who Framed Roger Rabbit?, 1988) en la mezcla de géneros, lo que encontramos aquí es un noir excesivamente básico que sorprende poco y entretiene menos.

Pero tener una historia floja no es un gran pecado cuando nos encontramos con una comedia. El gran pecado es que no haga ni pizca de gracia, como sucede con The Happytime Murders. Con la característica común de no despertar apenas risas, el humor de esta película se podría clasificar fácilmente en dos secciones. Por un lado tenemos los chistes escatológicos y zafios, los cuales suelen venir acompañados de escenas tremendamente gráficas que representan las cosas más asquerosas que verás hacer a un trozo de tela viviente. Por el otro, el guion está repleto de líneas en que la comedia viene de hacer juegos de palabras con elementos propios de las marionetas. Sinceramente, al que escribe estas líneas le encantan las “puns”, pero siempre que haya un mínimo de ingenio detrás y no signifique poner “puppet” como adjetivo de cualquier cosa —como “puppet dick”—.

En cuanto al contenido en carne y hueso, sigo sin pillarle el punto a Melissa McCarthy como actriz de comedia, algo que arrastro desde La boda de mi mejor amiga (Bridesmaids, 2011) y Espías (Spy, 2015). Aquí sigue dejándome indiferente y constantemente se ve eclipsada por lo que le rodea, ya sean las sucias marionetas o el excéntrico personaje interpretado con cierta gracia por una Maya Rudolph que ojalá dejase de ser una eterna secundaria y pronto tenga la oportunidad de llevar las riendas cómicas de algún proyecto en la gran pantalla. Aunque para desaprovechada la presencia de Elizabeth Banks como amante humana de nuestro peludo detective, cuyo único objetivo es cumplir el cliché de estrella televisiva convertida en stripper. Ese es el nivel de ¿Quién está matando a los moñecos?[★½]

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