Suspiria | El tren de la bruja

Preguntarse hasta qué punto era necesaria una nueva versión de Suspiria (íd., 2018) es un ejercicio que conduce, finalmente, a un callejón sin salida. Los motivos comerciales parecen dispersos, pues la obra original de Dario Argento no deja de ser un clásico de culto cuyo título no atrae a las grandes masas, y las razones artísticas brindaban, como mínimo, un montón de dudas. Luca Guadagnino, el cada vez más reconocido director italiano que firmó la tan aclamada como, para mí, mediocre Call Me By Your Name, se adentra en el pantanoso terreno del terror y se pone al frente de una especie de remake, o ampliación, que se propone tocar los mismos palos que la Suspiria primigénea pero ampliando las miras, explorando lo sugerido y poniendo rostro y significado a lo que en el pasado solo eran suposiciones.

Resulta curioso, y habla mal de la coherencia del proyecto, que se nos vendiera esta nueva Suspiria con el aire misterioso que, es verdad, una obra así puede proyectar. Adelantos en los que se primaba la plasmación de un misterio y de una atmósfera ante el resumen de la trama en el que suelen caer la mayor parte de piezas promocionales. El caso es que, una vez vista la película en su totalidad, si algo ha hecho Guadagnino es explicar lo que, quizá, no necesitaba explicación; porque ya adelanto que un servidor no es gran seguidor del filme que firmó Argento en 1977, pero si algo bueno tenía (más allá de propuestas visuales, sobre todo en lo lumínico) era la sensación de que algo extraño estaba ocurriendo en esa escuela y solo al final conseguías entender parte del puzzle, que no todo. Guadagnino expone el tono fantástico desde un primer momento, algo no necesariamente malo, pero que no tarda en conducir a los caminos de lo predecible y lo innecesario: ya en los primeros compases de la película (dividida en seis actos y un epílogo) se deja patente que lo explícito quiere ir de la mano de lo sugerido, y en esta ocasión esa unión no se conjuga.

Sin embargo, el cineasta italiano propone ideas formales interesantes, al menos en los primeros compases. La forma de presentar la escuela de baile transmite buena parte del misterio de la original, al igual que algunas de las clases están rodadas con la inteligente mirada de aquel que filma más un acto mágico, casi de invocación, que unos pasos de una coreografía. Y aunque bien es cierto que la imaginería se queda un poco a medio camino, con ideas potentes no del todo bien aprovechadas, también es verdad que hay secuencias oníricas que, ya sea por acumulación o por digna planificación, funcionan en su cometido de transmitir ese viaje terrorífico e inesperado que vive la protagonista. Un personaje protagonista, por cierto, que se convierte en el punto de agarre para que la película se mantenga a flote en gran parte del trayecto, no tanto por la forma en la que está escrito sino por la destacable interpretación de Dakota Johnson, que, como también ocurre con la maestra llevada a la vida por Tilda Swinton, da la sensación de que no existe otro intérprete que se pueda vestir en esas ropas.

La banda sonora de Thom Yorke, con momentos realmente destacables, conduce una Suspiria a la que le falta contención y le sobran alardes innecesarios, explicaciones obvias e incluso subtramas que ponen la zancadilla al transcurso de una trama que debería haber estado más confinada a las paredes de esa escuela de baile habitada por brujas y fuerzas oscuras. El final es un despiporre en el que se mezcla el melodrama planteado anteriormente, el baile de símbolos y las referencias visuales al género giallo, dando como resultado un total desconcierto y la confirmación de que Guadagnino, inexperto en el terror, estaba más preocupado por el impacto inmediato que por generar angustia. Porque muchas veces lo que más miedo da es lo que menos se muestra, y un sonido en la más indescriptible oscuridad se te puede quedar con más fuerza en la cabeza que un espectáculo efectista de huesos rotos y caras desfiguradas. Esta Suspiria podría haber sido una estimulante nueva mirada al mito, pero se queda en la guía de ocio para aquel que se quiera dar una vuelta por el tren de la bruja.

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