Tarantino y Érase una vez en… Hollywood: Una mirada en cuatro partes

Parte I. El cine personalista.

En cuanto a popularidad e influencia en el cine comercial se refiere, Quentin Tarantino se presenta como una de las figuras claves surgidas en la década de los 90. Sus películas, de lengua bífida y celebración de la violencia como método de expresión, siempre han tratado más sobre él mismo que sobre las propias obras, algo que se ha agudizado tras ponerse fecha de caducidad declarando que son diez los filmes que va a realizar. Érase una vez en… Hollywood (Once Upon a Time… in Hollywood, 2019), por lo tanto, nos llega como la novena parada en este viaje que parece acercarse a su fin.

Nos encontramos ante un cineasta cinéfago que siempre ha hecho de la copia y el homenaje una de sus principales armas y que se adentra aquí en aquel Hollywood de 1969, la época de la decadencia de los grandes estudios en la que la sociedad estadounidense contuvo la respiración tras el asesinato de Sharon Tate, actriz y esposa de Roman Polanski, a manos de la secta de Charles Manson. La propia Tate es una de las caras visibles de esta interpretación de la historia realizada por Tarantino, al igual que los dos pesonajes ficticios que la protagonizan: Rick Dalton, un actor confinado a interpretar villanos en westerns televisivos y con una autoestima decreciente, y Cliff Booth, su doble en las escenas de riesgo y un alma despreocupada que se encarga sin queja alguna de las tareas domésticas de su famoso compañero.

Parte II. La mirada y los espejos.

El título de esta película, más allá de un homenaje de Tarantino a su tan admirado Sergio Leone (Once Upon a Time in the West, Once Upon a Time in America), encapsula la propia naturaleza del filme: érase una vez, hace mucho tiempo, en un lugar de ensueño, Hollywood, en el que todo parecía ser posible y a su vez se respiraba un aire de decadencia, como si aquellos platós que acogieron a las grandes estrellas del pasado se hubieran convertido en lugares habitados por fantasmas e inmitaciones baratas. Cliff, interpretado por un estupendo Brad Pitt, recorre un antiguo rancho en el que años atrás se grabaron westerns y que ahora sirve como refugio para los fieles del conocido asesino, transformando así las luces en sombras y la ilusión en polvo. Tarantino no está interesado en una reconstrucción histórica, algo que tampoco nos pilla por sorpresa: estamos hablando del director de Malditos bastardos, una película que cambiaba la historia en beneficio de una mujer judía que conseguía asesinar a Hitler, y por ello la mirada hacia el pasado está llena no solo de licencias, sino de una lúdica intención de reescritura construida sobre un juego de espejos que pone a sus protagonistas delante tanto de la narrativa verdadera (la escena de Sharon Tate en el cine) como de las infinitas divergencias según lo que podría haber pasado (los guiños a La gran evasión).

Tarantino está ansioso, como lo ha estado siempre, de demostrar que lo ha visto todo, que lo conoce todo: los diálogos de algunos personajes, como el agente encarnado por Al Pacino, parecen estar envueltos en referencias constantes a nombres anclados a la cinefilia de su tiempo, y el homenaje a los géneros, principalmente el western televisivo, se manifiesta de forma permanente. Y es relevante no solo en su papel como objeto a venerar, sino como excusa dramática para la evolución de ese Rick Dalton multifacético con el que Leonardo DiCaprio parece disfrutar tanto: las dudas respecto a su talento interpretativo se convierten en uno de los motores principales que impulsan una trama no demasiado preocupada por un carácter lineal o estructurada en cuanto a grandes revelaciones, sino edificada en la escena puntual y en las idas y venidas de ese juego entre la ficción, la realidad de la película y la realidad de nuestro mundo.

 

Parte III. Figuras mitológicas.

El director parece disfrutar en ese constante juego entre las diferentes capas de ficción y en la construcción, visual y sonora, de un tiempo mitificado y pasado por su filtro. Desde el principio se deja sentir que no estamos en el Hollywood de finales de los 60, sino en un Hollywood visitado a través de la mirada de Tarantino, como si fuera una página más dentro de los grandes relatos mitológicos en los que, como en El hombre que mató a Liberty Valance, siempre resulta más interesante imprimir la leyenda. Y es sobre esta premisa que se construye el personaje de Sharon Tate, que apenas tiene voz en la narración y cuya intérprete, Margot Robbie, es observada por la cámara como si fuera un animal proveniente de otro mundo, una figura inalcanzable a la par que inocente, una encarnación del sentimiento optimista que acabaría destruido precisamente por su muerte a manos de la secta de Charles Manson. Y esa mirada sobre ella, esa decisión de relegarla a objeto que se mira pero no participa, me parece aún más problemática al comprobar que se extiende a todos los personajes femeninos de la película.

Resulta muy incómoda la manera en la que filma a Margaret Qualley, que interpreta a una de las chicas de la secta, no solo por el grosero fetichismo con los pies, sino por dar a entender una sexualización proveniente de fuera de la película, es decir, de la visión del cineasta, y no de la ficción. Es una personaje que utiliza su atractivo como método de diversión y manipulación, pero Tarantino lo agrava y la reduce a simplemente eso: un divertimento para los ojos de los hombres (dentro y fuera del filme), algo que hace eco en todas las mujeres de la película, que son miradas con intenciones sexuales, macabras o histéricas. Los únicos personajes que parecen encontrar una justificación constante, además del tiempo en pantalla y desarrollo necesarios para conseguirlo, son los dos protagonistas masculinos; tanto es así que se construye una broma macabra sobre la muerte de la mujer de Cliff con la única intención de sacar una carcajada, como si la violencia contra la mujer fuera un motivo más de diversión en su montaña rusa personal.

Parte IV. Quentin Jerome Tarantino.

Quizá nos hacemos mayores y lo que nos hacía gracia antes ahora se revela como salidas de tono para agradar a un gran número de fanáticos que encontrarán aquí una nueva dosis de ese cine de Tarantino, tan encantado de haberse conocido. Es cierto que Érase una vez en… Hollywood propone una estructura diferente a lo que suele hacer y que su dicurso sobre la ficción y la realidad lleva necesariamente a planteamientos estimulantes, pero qué importa todo eso cuando el cineasta no tiene intención de sumergirse en las consecuencias e ir más allá. ¿Lo que queda? Más de dos horas y media de vacuidad; por lo tanto, eso es verdad, totalmente coherente con su filmografía. Lejos queda esa Jackie Brown en la que parecía que quería despegarse un poco de las señas de identidad que le propulsaron a la fama: lo que ha venido después ha sido, en su mayoría, un canto a sí mismo, a la egolatría y mitomanía de un director con buenas ideas que decide dejar a medias para sumergirse en la referencia, el brillo, lo impactante y gritón. A quien le guste, le servirán aquí otro cazo. A quien no, ya se puede levantar de la mesa.

Aunque queda otra ración, claro. No sabemos si será su versión de Star Trek, una tercera entrega de Kill Bill o algo novedoso. Bueno, novedoso. Ya me entienden.

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