Utoya, 22 de julio | Masacres en plano secuencia

El 22 de julio de 2011, cerca de las tres y media de la tarde, explota en Oslo un coche bomba que deja, entre decenas de heridos, ocho víctimas mortales. Este evento, como es de esperarse en estas situaciones, capta la atención de las fuerzas del orden y, debido a las circunstancias, es tratado como un ataque terrorrista. Un par de horas más tarde, unos cuantos kilómetros al noroeste de la capital noruega, cuando los medios de comunicación ya han dado extensa difusión sobre el tema, en la isla de Utoya desembarca un hombre vestido de policía. Los jóvenes de la Liga de la Juventud Laborista que se encuentran allí acampando no esperan que este visitante abra fuego y empiece una caza que durará 72 minutos y dejará el campamento convertido en el campo de tiro de un monstruo frío y perverso llamado Anders Breivik. En Utoya, al final del ataque, 69 personas más han sido asesinadas.

Los ataques de Noruega de 2011 son unos de los episodios más oscuros de la historia reciente de Europa. Este es el tema que trata la cinta Utoya, 22 de julio (Utøya 22. juli, 2018), firmada por el director Erik Poppe y con guion de Anna Bache-Wiig y Siv Rajendram. Y es que hacer películas basadas en grandes tragedias (atentados terroristas en este caso) es siempre un tema peliagudo, ya que la discusión provocada por la aparición de alguna de estas obras “basadas en hechos reales” supera la intensidad de cualquier debate sobre la representación de la violencia en el cine. Al llevar estos episodios a la gran pantalla importa el vocabulario visual, el punto de vista, los símbolos y, por supuesto, contestar a la pregunta de si existe o no un carácter explotativo de la desgracia. En el caso de Utoya, 22 de julio, Poppe tenía la aprobación de los familiares de las víctimas, además de haber trabajado el guion a partir de testimonios de los supervivientes; no obstante, se podría argumentar que hacer una película sobre la tragedia es ya, en sí mismo, explotarla. Lo único que queda en un mundo en el que cualquier evento es susceptible de terminar sirviendo de materia prima para alguna adaptación es ser siempre crítico con lo que obtenemos como resultado. Al fin y al cabo, qué se espera que pase con nuestra historia (reciente y remota) si nos negamos a revisitarla. Casi nadie visita ya las hemerotecas y los titulares perecen cuando nadie vuelve a ellos, quizás las películas puedan perdurar.

Juzgar estas películas suele ser, pues, un ejercicio de colocar cosas a uno o a otro lado de la balanza. Porque si bien es cierto que el cine es una de las más grandes máquinas de empatía que existen, también lo es de manipulación. Y mientras se pueden poner justificaciones un tanto trilladas y decir que “una película es tan solo una película” , lo cierto es que la puerta está abierta al retoque y la exageración, que, si bien puede no ser malintencionada, quizá obedezca más a unas normas que se pueden esperar de lo dramático mas no de lo real. También cabe decir que en una película siempre habrá enmarcamiento, recorte y montaje de lo que pretendemos como real. Y, al mismo tiempo, esa realidad está vista a través del lente de una cámara o de una pantalla, ambos instrumentos que materializan nuestros propios puntos ciegos.

 

Quizás precisamente por ser consciente de ello Utoya, 22 de julio abre con un ingenioso amago de ruptura de la cuarta pared en la que Kaja (Andrea Berntzen), protagonista de este brutal largometraje, mira directamente a la cámara (mirándonos fijamente a los ojos) para decirnos que nosotros no lo entenderemos nunca. Y ahí hay algo de cierto. Nunca llegaremos a entender completamente los acontecimientos de ese día. Y aún llegando a comprenderlos lo mínimo, poco se puede hacer si la amenaza se repite. He aquí la tesis de la cinta: la barbaridad de los hechos sucedidos aquel día no se puede contener en una película, libro o canción; solo se puede interpretar en el contexto en el que sucedieron. Si tenemos en cuenta, además, que sabemos desde el primer minuto de la película lo que está a punto de suceder, esta primera frase de la película parece ser la advertencia de un optimista resignado que espera con cierta amargura que ojalá no nos suceda nunca lo que ya nos ha ocurrido.

La película de Poppe recrea lo sucedido en la isla, siguiendo muy de cerca a Kaja, que debe encontrar a su hermana para mantenerla a salvo, mediante un plano secuencia tosco, que da la sensación al espectador de estar allí y de que esa claustrofobia también es suya. A partir del primer tiro, la cinta consiste en un permanente juego de gato y el ratón con resultados fatales allá a donde se vaya. Esta representación, en clave de persecución, dota al largometraje de la incómoda sensación de estar viendo una suerte de slasher en la que los adolescentes huyen del asesino que se esconde en las sombras. Nunca vemos, de hecho, el rostro del atacante y nunca se le llama por su nombre; es una amenaza sin rostro de la que somos testigos casi exclusivamente a través de los rostros de horror de las víctimas, similar esto último en muchos aspectos al carácter espectral que rodeaba a las fuerzas alemanas en Dunkerque (Dunkirk, 2017). Y lejos de darle una atmósfera más universal a nivel narrativo, este tono propone una macabra pelicula de terror que le revolvería el estómago a cualquier fan del género.

Y es que una película así, mientras más fidedigna y cruda sea, más reacciones intensas recibe. Allí quedan como prueba otras cintas sobre ataques similares (aunque de motivaciones diferentes) tales como Elephant (íd., 2003), de Gus van Sant, que revive la masacre de Columbine (a pesar de que nunca se mencione explícitamente en la película) y que traza el mapa perfecto de la vida de instituto antes de que esta se ponga de cabeza en tan solo unos segundos, o como Polytechnique (íd., 2009), de Denis Villeneuve, que se escuda en el blanco y negro (y, por lo tanto, en la ausencia de “sangre”) para ser lo más verosímil posible en el retrato de la masacre de Montreal y que cada tiro resuene más incluso que el anterior. Es en aquel camino entre lo verosímil y lo meramente dramático donde yo no estoy seguro de si Utoya, 22 de julio sabe responder a lo que expone. Pero si algo se puede reconocer de una película así (y quizás sea su mejor cualidad) es aquella de poner ante nuestros ojos atrocidades que fueron muy reales y nosotros creíamos simplemente inimaginables.

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