Vengadores: Endgame | De hipérboles y complacencia

Ruido, mucho ruido. Sumar una voz más al todavía elevado volumen de la conversación que envuelve a Vengadores: Endgame (Avengers: Endgame, 2019) quizá no sea la decisión más inteligente, pero no deja de ser el momento adecuado para hablar un poco de esta tan esperada superproducción. He aquí la pequeña reflexión de un espectador al que el universo Marvel no le puede dar más igual, aunque, eso sí, se ha visto todas las películas a lo largo de los años y puede hablar con conocimiento de causa.

Lo que más me molesta de la conversación montada alrededor de Endgame es la necesidad de la hipérbole, de calificarla como historia del cine como si su condición de blockbuster creado para entretener no fuera suficiente y se la tuviera que alzar a unas cotas que me parecen ridículas. Para empezar, calificar a una película recién estrena como “un hito en la historia del cine” es como mínimo temerario, y más cuando se trata de un producto que repite la misma fórmula que lleva empleando la compañía unos cuantos años (multiplicándola, con más personajes y más dinero, pero la misma fórmula) y que no deja de tener un componente de formato televisivo en el que necesitamos saber lo que ha ocurrido antes, sí, pero el miedo a dejar a gente fuera provoca que la explicación verbal constante sea el pan de cada escena. Además, ese entusiasmo por elevarla provoca que se la empiece a mirar con otra lupa, y es entonces cuando se deja al descubierto (sin necesidad de demasiado análisis) que no deja de ser una película creada en su mayor parte para el disfrute de sus fieles.

 

Habrá seguidores de la franquicia que lo celebren y que crean que para cerrar esta etapa se necesitaba una película que se debiese a ellos, pero personalmente pienso que realizar una obra para complacer es una posición lamentable ya de partida. Y no porque lo contrario me interese de por sí (Star Wars: Los últimos Jedi tenía decisiones que iban a contracorriente en cuanto a las expectativas y me pareció un desastre por otros motivos), sino porque entonces la propia creación deja de ser importante y aparece un nivel de autoconsciencia que provoca que los momentos épicos no lo sean tanto porque se ve el cartón que los contruyen; que los momentos íntimos se tomen menos tiempo del necesario porque, a pesar de durar tres horas, el ritmo (o la noción narcótica del mismo) tiene que ser elevado, no vayamos a aburrir al personal; y que las sorpresas se vean encapsuladas en el modelo de negocio de una marca que ya ha anunciado sus siguientes películas y series y colección de tazos. Una maquinaria que consigue funcionar por la fidelización y la construcción más o menos acertada de algunos personajes a lo largo de varias entregas, pero que se ve atrapada por su propia condición de películas-espectáculo sin absolutamente nada que aportar más allá de confirmar teorías y, sí, echarse unas risas.

Fui ver Endgame con dos amigos y son testigos de que al salir de la sala dije que me había gustado, porque es cierto que me lo pasé bien, que incluso disfruté con algunas partes y que las tres horas se habían esfumado más rápido que si Thanos hubiera chascado los dedos, pero cinco días después… queda poco de esa sensación. No tanto porque haya cambiado la perspectiva de esa experiencia, sino por la sensación constante de haber visto el enésimo despliegue irrelevante que, como la comida rápida, me ha sabido bien al momento pero me ha sentado mal a la larga. Y no quiero que suene a que me estoy colocando en una posición elevada o algo así, porque entiendo que mucha gente le tenga cariño a esos personajes y que disfruten con esa mezcla de acción, aventuras y comedia, pero a cada película más de Marvel que veo más claro tengo que los ritmos, golpes de efecto y desarrollos dramáticos en general por los que apuestan este tipo de creaciones (de esta compañía y tantas otras) me interesan entre poco y nada.

Pero bueno, la rueda seguirá girando y, si es con amigos y por participar en la conversación, quizá siga siendo otro espectador con asiento reservado en el circo.

Comentarios