Días repletos de cine (Vol. 27): Joker, Un día de lluvia en Nueva York, Lo que arde…

Que una de las películas a comentar en este nuevo Días repletos de cine sea Los muertos no mueren viene que ni pintado tratándose de una sección que parecía enterrada y que sin embargo, cual zombi o dictador fascista, ha salido de la tumba. Quizá para quedarse, quizá como herramienta útil para, en este caso, comentar cinco películas que han llegado a nuestras salas en 2019 y que, por unas razones o por otras, han dado que hablar o considero que reseñarlas es lo suficientemente interesante como para que estén aquí, pero en cualquier caso que suba el telón y comience este nuevo volumen.

Creo que le hacemos mucho caso a películas irrelevantes únicamente por su factor de evento o de controversia, así que en un alarde de falta de coherencia he decidido hablar de Joker (íd., 2019). Y eso que cuando salí de la sala tenía una cosa bien clara: no quería escribir sobre esta película, porque de verdad pienso que apenas hay nada sobre lo que escribir. Al menos en cuanto a sus cualidades como proyecto cinematográfico y a las motivaciones de su existencia misma, que no dejan de ser las vacuas insistencias de una industria moribunda buscando la enésima vuelta de tuerca a un género (el de los superhéroes, en este caso supervillanos) dándole una pátina de respetabilidad que no hace otra cosa que dañar su mera concepción de entretenimiento. Porque Joker, lejos de debates creados en redes, es solo eso: un entretenimiento. Por mucho que la mona se vista de seda, lo que Todd Phillips, Joaquin Phoenix y compañía nos han ofrecido aquí es un producto camuflado bajo muchas capas (que si referencias a Scorsese, que si comentario social, que si tratamiento adulto) que no llevan a ningún lado porque la tesis que podría haber salido de dichos planteamientos funciona a un nivel superficial, básico y suficiente para posicionarla en el imaginario como una película rompedora, que nada a contracorriente… cuando bajo mi punto de vista, nada está más lejos de la realidad. Joker es la misma película que este Hollywood tan carente de talento nos lleva vendiendo desde hace años. Si buceas en sus temas, se derrumba. Tanto es así que ni siquiera comparto las críticas negativas en relación a que es una película fascista y misógina. Está tan vacía que uno puede proyectar sus propios pensamientos en unas imágenes que buscan el impacto y no la construcción de un sentido propio.

La que no está vacía, aunque sí llena de todo lo que podríamos esperar de ella, es Un día de lluvia en Nueva York (A Rainy Day in New York, 2019), la nueva película de Woody Allen tras unos años de parón por la dificultad de distribuirla debido a las acusaciones a su persona (y en las cuales no voy a entrar en este apartado). No soy un gran seguidor de su cine, aun disfrutando de algunas obras que considero especialmente interesantes en el plano escrito más que en el formal, pero tenía una gran curiosidad por ver este nuevo estreno debido a la buena acogida que ha tenido entre gente de la que me fío bastante. Una vez vista, diría que de Un día de lluvia en Nueva York se puede decir lo mismo que de la mayoría de películas de Woody Allen: hay grandes ideas en el guion que se ven algo lastradas por sus limitaciones como cineasta dominador de la puesta en escena. No porque no haya buenas ideas visuales, y es un gran punto el uso de la lluvia como elemento para crear una atmósfera concreta, pero a la hora de moverse por los espacios, e incluso entre las escenas, siento que es un director cuya madurez nunca se ha producido. Otras películas como Match Point o Blue Jasmine apuntaban a lo contrario, pero en esta ocasión su estilo parece haber encallado en el mismo puerto que, por ejemplo, Café Society: el de una especie de clasicismo torpe que se ve levantado por lo poético de algunos momentos y los vínculos, afectivos o terribles, que se crean entre personajes, en este caso claramente diferenciados a través de su estatus social y de su edad. Otra buena película de Allen en su conjunto, que no es poco, pero cuánto me hubiera gustado que esa lluvia me hubiera transportado a un universo que hubiera viajado conmigo fuera de la sala.

 

Escribir sobre cine cada vez se me hace más complicado porque suelo intentar transmitir a través de las palabras lo que una determinada película me ha hecho sentir, y tengo la impresión de que fracaso en cada uno de los intentos. Hace tiempo le escuché a alguien decir que un buen texto te hace revivir una película, casi como si la revisitaras en tu cabeza en forma de revisionado imaginado; es imposible no acordarse de aquel análisis que le dedicó Godard a Falso culpable de Hitchcock, con una brillantez que evocaba las imágenes del maestro a través de las palabras de otro. Por eso me es tan difícil escribir sobre Lo que arde (O que arde, 2019), nueva película de Óliver Laxe, porque cómo se puede encapsular en frases la manera de filmar esa Galicia que tiene un cineasta tan particular, y la enorme sensibilidad para moverse por sus paisajes y dotarles de un significado dramático. Lo que arde nos cuenta la historia de un pirómano que sale de la cárcel y vuelve a su pueblo natal, a la casa de su anciana madre y a los viejos caminos en los que encuentra incertidumbre, bondad y también hostilidad. Cada plano de un bosque es bello por sí mismo, pero también encierra una terrible tensión; la de aquel acto pasado por el que siempre será recordado el protagonista. El inicio es un prodigio, de una concepción casi experimental; el desarrollo, una maravilla de la síntesis y la observación; y el cierre, un mar de preguntas y la sensación de estar ante una grandísima obra.

No sé si es igual de difícil escribir sobre El hotel a orillas del río (Gangbyub Hotel, 2018), pero lo que tengo claro es que hablar de cada nueva película del surcoreano Hong Sang-soo de manera aislada es cada vez más complicado debido a la progresión y enorme coherencia que ha venido desarrollando a lo largo de su filmografía. El grado de depuración, tanto de las formas como de los temas, es mayúsculo, y ya solo podemos referirnos a su figura como la de un verdadero maestro del cine. En esta ocasión el tono resulta más lúgubre y serio, sin olvidar el sentido del humor (esa cena en el último tercio del filme) pero con la sensación de que se nos está contando una tragedia; una relacionada con la muerte y la aceptación, a la vez que Sang-soo juega con las posibilidades oníricas e indeterminadas a través de los dos personajes femeninos de la historia. Vemos a una de ellas despertándose, lo que cuestiona si lo visto anteriormente ha ocurrido de verdad o forma parte del mundo de los sueños. La complejidad a nivel de estructura, como viene siendo habitual en sus últimas películas, es tremenda precisamente porque abre posibilidades que nunca concreta: puedes considerarla una narración lineal y limpia, o un entramado temático repleto de metáforas y falsas pistas. En cualquier caso, un nuevo triunfo del maestro.

 

Hay cineastas que me transportan a un cierto estado mental, como si representasen un humor muy concreto que parece solo existir dentro de sus encuadres. Jim Jarmusch, dentro de la variedad de géneros y tonos que ha desarrollado en su filmografía, es uno de los mayores ejemplos de ello, especialmente por su concepción del humor y la manera en la que el tiempo, en su conjunción real y cinematográfica, juega un papel protagonista. No es menos en Los muertos no mueren (The Dead Don’t Die, 2019), su particular visión al género de los zombis y un homenaje no solo a los clichés que se podrían esperar de una propuesta así sino también una vuelta de tuerca a la hora de introducir la autoconsciencia en la narración. Es una película de zombis que es consciente de serlo, ampliando así los guiños más allá de sus fronteras y conformando una línea narrativa que, lejos de ser demasiado compleja, resulta estimulante por el propio papel que sus protagonistas (especialmente Adam Driver) ocupan en ella. Si hay algo que me parece brillante en Los muertos en mueren es la construcción de los gags a través de la dilatación o comprensión del tiempo; resulta una comedia seca que me pareció divertidísima por cómo estira la situaciones y potencia la ironía. La recepción fue muy tibia, y puedo estar de acuerdo en que no es una de las grandes obras de Jarmusch, pero qué demonios: ha sido una de las mejores experiencias que he tenido en una sala de cine en todo el año.

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