Días repletos de cine (Vol. 26): Viudas, Searching, Los crímenes de Grindelwald…

Quién lo diría pero esta sección esta semana ha cumplido ya un año de inactividad. Días repletos de cine siempre ha siendo una sección a la que guardamos especial cariño, por acompañaros durante tanto tiempo en la web a través de diversas etapas. Una sección que nos servía como contenedor de opiniones de las cinco películas que más nos hubieran apetecido escribir de ellas últimamente. Algunas veces nos centrábamos en clásicos o películas no tan recientes pero lo habitual era combinarlas o centrarse en los estrenos que de una forma u otra no hubiéramos publicado en LPI hasta ese momento. Siendo así, la vuelvo a abrir (con la esperanza de que esta vez no tenga que pasar otro año para volver a ella) comentando cinco estrenos que han pasado estas semanas por cines españoles.

Me da la sensación de que Viudas ha pasado algo desapercibida, ya no solo por la cartelera española (desconozco el número de copias con la que se ha estrenado en nuestro país), sino en el panorama internacional. No sé, esperaba algo más de entusiasmo generalizado por la nueva película del director de Doce años de esclavitud, la ganadora a mejor película en los Oscar de 2013. Incluso por Shame, una cinta que fue —y sigue siendo— muy bien recibida en muchos círculos críticos. Yo, al menos, me moría de ganas de verla. Y no me esperaba en absoluto que al salir de la sala de cine mis sensaciones fueran tan opuestas a las que me esperaba encontrar. Viudas es la historia de cuatro mujeres totalmente diferentes entre sí que las une una deuda heredada por el atraco que cometieron sus difuntos maridos. Sorprendentemente, la mano de Gillian Flynn en el guion (que tan bien funcionaba en Perdida) resulta muy errática y me atrevería a decir que es de los aspectos más fallidos del filme. Quizás a la autora no se le da del todo bien trabajar con material ajeno a su obra. Hay partes de Viudas que tiene los moldes de una película telenovesca de sábado por la tarde en televisión, con giros de guion absurdos y llena de personajes sin interés alguno. Se salva, eso sí, gracias a un enorme reparto, tanto en cantidad como en calidad. Es, de hecho, una de las películas que más nombres interesantes reune de todo este 2018. A los que Steve McQueen sí parece sacar provecho, aunque lejos se encuentra de los estudios de personaje/actor de sus anteriores obras.

Searching es una de las sorpresas del año. Una ópera prima que se empapa del concepto que Vigalondo explotó en su Open Windows (una película narrada exclusivamente a través de la pantalla de un ordenador), se despoja del handicap de que la historia suceda en tiempo real y lo convierte en una de la películas más estimulantes de la temporada. Aneesh Chaganty, a pesar de las limitaciones autoimpuestas por la naturaleza de la propuesta —en la que se ve obligado a que toda la acción transcurra en la interfaz de aparatos tecnológicos como un ordenador o un móvil— se sirve de zooms, elipsis y herramientas puras del séptimo arte para que Searching llegue al espectador justo como él quiere y no quede como un producto frívolo en la que lo único interesante es lo arriesgado de su narrativa. Estamos hablando de un thriller que sigue a un padre (un estupendo John Cho) en la búsqueda de su hija desaparecida. Con esta premisa más bien típica, y que como decía de Viudas, parece más propia de una de esas películas de sábado por la tarde en televisión se consigue un guion con mucho encanto que no deja de sorprender al espectador y que nunca se dirige por donde parece que se va a ir. Es todo lo que le pido a un thriller de estas características, infinidad de giros de guion y una historia que te atrape y no te deje pensar en otra cosa que no sea para ayudar, desde el otro lado de la pantalla, la investigación de ese padre desesperado. Probablemente sea el thriller del año, de no ser por el estreno de Misión Imposible: Fallout (el blockbuster más espectacular y destacable de 2018 para un servidor). Aunque Searching se apoya más en la intriga, y la aventura de Ethan Hunt en la acción. Muy interesado, por cierto, en la próxima película de Chaganty, que parece que coqueteara con el terror y protagonizará Sarah Paulson.

Gran parte de mi generación ha crecido con Harry Potter. Yo, al menos, era un gran seguidor del mundo de J.K. Rowling. Leí en su momento los siete libros (algunos varias veces) y he visto las ocho películas en el cine en su momento aparte de incontables revisionados en casa a lo largo de los años. Sé que aquel mundo mágico nunca me va a abandonar, por mucho que en la actualidad no me entusiasme del todo y no disfrute tanto de sus obras (fílmicas y literarias) como antaño. Porque siempre va a estar conmigo, siento que una parte de mí pertenece al mundo de Harry Potter. Fue, sin duda, uno de los primeros lugares ficticios donde eché a volar mi imaginación y a eso uno acaba cogiéndole cariño. De esta forma, cuando últimamente pienso en Harry Potter se me vienen a la cabeza dos palabras: nostalgia y magia. Es cierto que una parte de mí quiere pensar que todo aquel mundo mágico se acabó para siempre tras aquel epílogo en el andén 9 y ¾ con los hijos de Harry, Ron y Hermione. Pero no puedo obviar la realidad, y esa es que ya se ha estrenado la segunda parte de una nueva saga basada en ese mundo. Si de algo peca Animales fantásticos: Los crímenes de Grindelwald, y creo que ejemplifica muy bien porque no ha entusiasmado en general, es de carecer de magia (exceptuando el trabajo de James Newton Howard con la banda sonora). Sí, hay magos que realizan hechizos —algunos, incluso, con historias fan-service medio interesantes y una trama de fondo que rellena innecesariamente los huecos argumentales del universo de Rowling— y sí, también merodean por ahí las criaturas que dan título a esta nueva saga —el abuso del CGI acaba siendo abrumador en según qué escenas— pero no hay emoción alguna, no se la trata de forma especial. Nunca se me hubiera pasado por la cabeza pensar, por ejemplo, que algún día vería una escena de Hogwarts y sintiera que aquel lugar es un sitio cualquiera, que no me representa. En definitiva, que no me pareciera mágico.

Siempre apetece ver una nueva de Michael Moore. Es un documentalista con un estilo muy marcado y personal, lo que lleva a que a veces peque de ser muy directo e incluso obsceno, pero es parte de su encanto. Probablemente por esto mismo Moore sea el ejemplo vivo de que un documental no tiene porque ser objetivo. Su filmografía no es otra cosa que un trasunto de sus preocupaciones políticas hechas cine. Quizás por eso Fahrenheit 9/11 sea su mejor obra hasta la fecha. Su característica visión crítica aquí se encauza para que se escuchen más que nunca esos gritos de alarma, terror y desesperación alrededor de la administración de Trump en el gobierno estadounidense. Pero no todo es tan deprimente para Moore, que enseña también el lado más esperanzador del asunto. Como a esa juventud tan prometedora que aún no tiene ni edad para votar pero que ya organiza marchas y se moviliza contra las políticas de su propio gobierno, o a esa nueva generación de políticos de la calle y de todas las clases que ha surgido para combatir a Trump. Fahrenheit 9/11 le sirve al director de Bowling for Columbine para abordar estos dos largos años que llevan soportando en EEUU con Trump como presidente. Sorprendentemente, no son dos horas centradas únicamente en su figura. Si no que trata el asunto desde muchos ángulos, haciendo una radiografía de como está el panorama entre los estadounidenses y las consecuencias de algunas de sus políticas más agresivas. El envenenamiento del agua en Flint (Míchigan), la ciudad natal del director, o el tiroteo de Parkland (Florida) son algunos de los ejemplos de esto donde más se centra el metraje. Por otro lado, también indaga como alguien como Trump pudo llegar al poder. No sólo a través del partido republicano si no gracias a las intrigas internas y la división desilusionante de los demócratas en las primarias. Moore, en su media hora final, desarrolla un intenso clímax donde se vuelve más incendiario que nunca. Desarrollando un alegato final de advertencia a sus espectadores utilizando material de archivo del régimen Nazi para hablar de lo que puede llegar a pasar al pueblo estadounidense con su 45ª presidente.

En este párrafo originalmente estaba previsto que se escribiera de otra película pero ha sido tal la sorpresa de Spider-Man: Un nuevo universo que me he obligado traerla por aquí para hablar algo de ella. Quién hubiera imaginado que a pocos días de finalizar 2018 nos fuéramos a encontrar en los cines tanto a la mejor película de superhéroes del año —y de la década probablemente, que tampoco es que sea muy difícil— como a una de las cintas de animación más impactantes del cine reciente junto a Del Revés y, la magnus opum de Takahata, El cuento de la princesa Kaguya. La película de los cineastas Bob Persichetti, Peter Ramsey y Rodney Rothman se sale de todos los moldes establecidos, haciendo que su obra luzca como el cine que se hará probablemente en los 2020. Es la adaptación que todo fan de Marvel en general y de Spider-Man en particular podríamos soñar. Ayudado de un guión que funciona a la perfección y sabe coger la esencia de los cómics y explotarla como nunca en pantalla. También ayuda en esta tarea una interesantísima banda sonora de Daniel Pemberton y un reparto muy bien pensado que funciona como si esos personajes se hubieran diseñado originalmente para esas voces. En definitiva, una alegría más de última hora para el cine que nos deja 2018.

Comentarios