10.000 km | Distancia y olvido

Yo estuve en una relación a distancia. Ya es hora de que lo reconozca abiertamente, sin temor ni vergüenza, sin pensar en el qué dirán. Es momento de que admita que formo parte de aquel colectivo indeterminado, que debe tener algo de loco y mucho de pasional, que cree que el amor puede sobrevivir, o nacer, a más de miles de kilómetros de distancia. Y es quizás por esto último que la última película de Carlos Marqués-Marcet conmigo lo ha tenido más bien fácil, sobre todo a la hora de decirme, en esa conversación tan íntima que generan las películas que a uno le terminan gustando muchísimo, que la distancia no tiene por qué ser sinónimo de olvido.

10.000 km (íd., 2014) es un drama romántico, aunque con base de drama social, que cuenta la historia de la relación Álex (Natalia Tena, mejor conocida por sus papeles en las películas de Harry Potter o la serie Juego de Tronos) y Sergei (David Verdaguer), una pareja de jóvenes que convive en un piso de Barcelona. La vida de estos dos -entre oposiciones, trabajo ocasional y la idea de tener hijos- parece ir bien; al menos hasta que Álex consigue una beca de un año en Los Ángeles, lo que los alejará e, inevitablemente, afectará su relación.

Es cierto que esta es la primera película de ficción de Carlos Marqués-Marcet, pero lo que también es cierto y, además, se nota, es que antes ha tenido la experiencia de dirigir un largometraje documental. Esto se hace notar en el montaje de la película y el ritmo que consigue manejar. 10.000 km es, así, el riguroso relato conciso y duro de la evolución y deterioro de una relación afectada por la distancia, aunque un poco más, es cierto, por la incertidumbre. Para involucrarnos en esta dinámica de pareja a la que se tienen que adaptar Álex y Sergei, el director cuenta los días que van pasando. Lo curioso, y uno de los principales logros de la película es que en ningún momento uno pierde la cuenta del pasar de estos días, ni se siente desconectado de la historia, sino que siente, más bien, cómo cada día suma y resta, cómo el desconcierto de a dónde irán los personajes alimenta esta historia de la manera correcta, haciendo fluir esta dolorosa trama.

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Precisamente esa trama de dudas, fantasmas y paranoia no se sostendría tan bien sin un guión de alto calibre, que sabe además exactamente lo que quiere. Una de las cosas, por ejemplo, que creo que los guionistas (el mismo Marqués-Marcet, al que se suma Clara Roquet) plantean dentro de su idea de relación -o al menos en la relación de los protagonistas- es que ninguna relación está completamente equilibrada. Aquella escena inicial (rodada en un plano secuencia que dura más de veinte minutos, el más largo del cine español) que parte del sexo más apasionado y termina en un desayuno de intercambio de miradas incómodas es el ejemplo máximo de lo que llego a leer en las líneas y gestos que componen ese primer momento de la película. Un primer momento que, igualmente, ejecuta inmejorablemente su premisa, hablándonos tanto de lo sólida que creemos que es una relación como de que para estar alejado de alguien no hay que viajar al otro lado del mundo.

Las interpretaciones en esta película juegan un papel sustancial, ya que el reparto está constituido íntegramente por nuestra pareja protagonista. Este es un detalle importante precisamente porque estas parejas, al estar solas en el mundo de la pantalla, y al tener ese grado de familiaridad e intimidad, hablan y hablan sin tapujos, haciéndonos parte de lo más puro de su historia sin siquiera saberlo. Natalia Tena y David Verdaguer, aunque pueda sonar a cliché, tienen una química que eleva la película constantemente. Ambos encajan a la perfección con el realismo tan crudo que usa Marqués-Marcet para acercarnos a su historia, ambos son perfectamente creíbles, si bien juntos o separados, si bien bailando juntos en una habitación de la casa o separados por miles de kilómetros mientras cada uno mirando a la pantalla del ordenador. Pero, personalmente, caigo rendido ante el personaje que trabaja Natalia y todas las dimensiones que logra darle, su proceso es el que más me seduce y, al final de la película, es el personaje del que cada vez quiero saber más.

Quizás lo más acertado que puedo decir sobre esta película es lo siguiente: 10.000 km es una película que me rompió algo dentro en el momento en el que la vi. Debe haber algo en su serio, pero nunca melodramático, uso de las relaciones a distancia, debe haber algo en esa normalización del tema que hace no solamente me identifique con alguna de las situaciones con las que los personajes tienen que lidiar (enseñarle la casa al otro, cocinar juntos, dormir juntos…), sino también ver en ese retrato lo realmente complejo que es interactuar, intimar y conocer a una persona distinta con tan pocas señales. Y aunque es cierto que la tecnología actualmente hace más posible el responder si amor y distancia son compatibles con un sí, también es importante enfrentarnos al lado más doloroso de la separación. Porque, a veces, claro, es conveniente plantarle cara a nuestras miserias, aunque sea desagradable, aunque a uno le entren ganas de irse a otra parte del mundo. [8,5]

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