100 metros | La carrera contra la esclerosis

Llevamos un año de cine patrio que da gusto, y es que en la cosecha de este 2016 el cine de autor en nuestro país nos ha dado muchas alegrías. Pero, ¿qué pasa con las películas de corte academicista? Esas que cuentan una historia “bonita”, hechas para gustar al público medio y que suelen colarse de una forma u otra en la temporada de premios. Por ahora sólo recuerdo de este año a un único representante de este tipo de cine, a Bayona con su Un monstruo viene a verme (A Monster Calls, 2016), y ya ves tú. La otra gran propuesta que se esperaba en nuestra industria de este cine más académico era 100 metros, el debut de Marcel Barrena en el cine. Y vengo a contaros si merece la pena.

100 metros es una historia de superación basada en hechos reales, los de Ramón Arroyo. La vida de Ramón da un vuelco radical tras ser diagnosticado de esclerosis múltiple, con el que pronosticaban que en un año no sería capaz de caminar ni cien metros —de ahí el título—. Aún así, gracias a su mujer y su suegro comienza a prepararse para participar en una de las pruebas deportivas más agresivas que se conocen (el Iron-Man), y así luchar contra sus limitaciones. Creo que por estas breves lineas ya os podéis hacer una idea global de lo que va a ser la película, y es que por muy dura y real que sea esta historia de superación no deja de ser algo mil veces contado. Y, la verdad, ya desde su trailer todo esto me olía raro y con cierto olor a truño. Pero es que resulta que no todo era como yo esperaba. En parte sí, porque todo lo que preveía que podía ser 100 metros lo ha acabado siendo, pero es que dentro de la película que se puede permitir ser (por las circunstancias de la historia en la que se basa) lo hace todo lo bien que se podía. Aún así, no se libra de albergar algunos de los peores dejes de este tipo de cintas como un más que evidente exceso de moralina, demasiadas reiteraciones que saturan un poco el conjunto y exagerar la historia real para implicar más al espectador en este medido juego de lágrimas.

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Por otro lado, casi lo que más miedo me daba de todo era el reparto, en especial la elección de Dani Rovira para el papel protagonista. Miedo porque Rovira es un cómico que apenas había salido hasta ahora de su zona de confort en el cine, donde ha estado realizando una traslación del humor y las capacidades que ya se le percibían en sus monólogos. He de decir que me ha sorprendido, porque sin ser la panacea consigue despegarse de su imagen de figura pública de humorista y traspasar la pantalla como Ramón Arroyo, consiguiendo con ello transmitir mucho más de lo que mis prejuicios podían haber imaginado. Y sin embargo, no es el mejor de la función. Rovira viene acompañado de una estupenda Alexandra Jiménez y un Karra Elejalde que se encuentra en buena forma interpretativa tras el encasillamiento de Ocho Apellidos, sin despegarse demasiado de esa imagen de suegro gruñón. Por otro lado, hay dos brevísimos papeles en la película cuyas interpretaciones me gustaría destacar: las de Bruno Bergonzini, y más en concreto la de David Verdaguer; ambos solo aparecen en la sala de recuperación a la que va el personaje de Rovira y me parecen dos buenos contrapuntos a la visión que da la cinta de una enfermedad tan jodida. Como curiosidad que me ha fascinado, podemos encontrar entre el reparto a una envejecida Maria de Medeiros, la misma Maria de Medeiros que salía en Pulp Fiction (íd., 1994), vaya vueltas da la vida.
Para ser una ópera prima, Marcel Becerra cumple bastante bien su cometido, consiguiendo sólidas interpretaciones a su vez que un planteamiento visual no excesivamente plano y vacío. Como decía, 100 metros es una película que cumple en ofrecer lo que anuncia. No engaña, en todo caso sorprende. Y la mayor sorpresa para mí ha sido que no es una mala película, a pesar de todo. El reparto cumple, en lo técnico no está mal y la historia está lo suficientemente bien contada para que le vea un sentido que esto haya llegado a los cines. Ni es de lo mejor del cine español que hemos podido ver este año ni es gran cosa, pero 100 metros no resulta tan olvidable como habría pensado de no haberme acercado a ella, que es mucho más de lo que se le puede decir a ciertas películas patrias de este corte academicista. Está bien, pero tampoco es para fliparse. Como ha pasado con la nueva de Bayona, el público caerá rendido y competirá junto a ésta por ese hueco en los Goya que se le presupone ya, al menos a Rovira. Y mira, yo qué sé. [★★½]

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