1898. Los últimos de Filipinas | De héroes y matices

Según tengo entendido, por lo que he podido recoger en conversaciones con amigos, la serie revelación El Ministerio del Tiempo (una serie que a día de hoy sigo sin ver) tiene un episodio en su segunda temporada en el que uno de sus personajes queda atrapado en Baler, en las Filipinas. Este personaje no solo queda atrapado en aquel lugar geográfico, sino también en el año 1899, junto al último destacamento español en la zona, que se quedó atrincherado en una iglesia defendiendo el nombre del Imperio Español, a pesar de que dicho imperio ya no tenía nada que hacer en ese territorio, donde ahora la guerra se libraba entre filipinos y estadounidenses. Cuando este personaje logra volver al presente, tiempo antes de que pueda ver el desenlace de lo que pasó en Baler, dice que le gustaría saber qué les pasó a esos hombres que fueron sus compañeros durante tanto tiempo. La respuesta, en el contexto de la serie, es astuta y hasta graciosa: uno de sus superiores le ofrece el DVD de la película Los últimos de Filipinas (íd., 1945). Pero lo realmente curioso llega después, cuando otra persona comenta sobre la película que es “muy patriótica para su gusto”, ante lo que, finalmente, el viajero prefiere quedarse con un libro escrito por el mismo Martín Cerezo, líder del destacamento que se refugió en la iglesia.

¿Por qué la necesidad de esta introducción? Para intentar aclarar, ante todo, las líneas que separan este hecho real (el sitio de Baler) de la ficción. O, dicho en otras palabras, para tratar de explorar el acontecimiento histórico viendo su representación en objetos culturales contemporáneos, teniendo en cuenta, por ejemplo, que una serie de ficción que los representa como héroes también rechaza la figura de un patriotismo exacerbado dentro de su mismo relato. Pero especialmente para reconocer que la historia de España es tan compleja y llena de todo tipo de matices como para construir películas del estilo de 1898: Los últimos de Filipinas (íd., 2016) así como para realizar retratos llenos de contrastes, compuestos de brillos y, cómo no, de sombras. Dicho esto, ¿es realmente sustancial la revisión que hace la cinta más reciente de Salvador Calvo? ¿El reflejo ficcionalizado llega a capturar la complejidad del hecho real? El contexto histórico es entonces ese: el sitio de Baler. Y los protagonistas de la película son los soldados que formaban parte de aquel último destacamento. Los hechos son vistos desde su perspectiva y, conforme avanzan los minutos de metraje, y estamos encerrados con cada uno de esos militares en aquella iglesia, vemos cómo la base ideológica que los sostiene detrás de esas paredes se ve desafiada constantemente, dando como resultado una atmósfera de polarización, y lo que supongo que es uno de los temas de la película: el miedo es realmente el único enemigo. Pero, además de ponernos al lado de los del encierro, ¿qué hace este filme por construir su revisión? No mucho más. Mientras es cierto que vemos cómo se quiebran las convicciones de estos hombres, las razones por las que experimentan este desengaño carecen de la nobleza que se les busca brindar al mismo tiempo. Ellos siguen representados como héroes, su valor es el rasgo que más se resalta, y después de todo —detalle importante— la película está dedicada a ellos.

¿El guión es flojo? No, pero las ideas detrás del guión son inconcretas, y donde debería haber precisión (no en cuanto a posicionamiento político, ojo, pero sí en términos narrativos), es sorprendente la falta de solidez y lo poco arriesgado que luce todo. Es casi un cliché. Es una construcción interesante que no sabe atinar, aplastada por su fuente principal. El realismo que desprende la imagen no encuentra un sostén emocional y los códigos que se manejan son, más bien, típicos. En pocas palabras: lo que debería sentirse extraordinario se ve reducido a algo que ya hemos visto antes. Lo realmente extraordinario es, sin duda, lo mucho que puede crecerse Luis Tosar en la pantalla. Es el actor gallego quien demuestra, apoyado en la experiencia de unos geniales Eduard Fernández y Carlos Hipólito, que cualquier película que lidere llamará la atención justificadamente por su potencia interpretativa. Me atrevo a decir que es por Tosar (además de alguna secuencia inspirada por parte del realizador) que esta película vale la pena, como lección para cualquier joven actor, como estudio de personaje que se sostiene simplemente en la mirada de ira contenida, resentimiento, y hasta vergüenza que nos devuelve desde el otro lado de la pantalla.

Revisión, remake, un nuevo paso por reconciliarse con la historia. Cualquiera que sea la lectura de 1898: Los últimos de Filipinas, lo cierto es que es una cinta que no termina de cuajar (no todo se resuelve con un apretón de manos), pero, al menos, sabe aprovechar los toques de brillantez que tiene en determinados instantes. Incluso funciona la reutilización de la fantástica pieza musical Yo te diré, compuesta para la película de 1945. Asimismo, aunque no es particularmente novedosa, la mirada que arroja del pasado es, cuanto menos, curiosa, y me atrevería a decir que hasta representativa de lo que experimenta el carácter español conservador actual (por ello no deja de parecerme gracioso que un conjunto de personas que defienda sus atrasados ideales se refugien entre las cuatro paredes de una iglesia). Aún así, es una pena que un minuto de una serie de televisión haya podido concentrar más adecuadamente la complejidad de un suceso de esta magnitud, y también es una pena, por supuesto, que no se haya podido capitalizar el desencanto de toda una generación que veía antiguos ideales perdidos y viejos sueños rotos. [★★½]

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