7 años | Una habitación vacía y una hoja en blanco

7 años (íd., 2016) marca la primera incursión de Netflix en la producción cinematográfica con sello nacional. Esta cinta de aproximadamente ochenta minutos de duración y género dramático llega de la mano del director y guionista Roger Gual, quien debutó tras las cámaras con la interesante Smoking Room (íd., 2002). En esta ocasión, con un guión que firman José Cabeza y Julia Fontana, Gual presenta la historia de una compañía desarrolladora de aplicaciones digitales que ha estado desviando fondos a un paraíso fiscal. Los principales socios de esta empresa deben decidir cuál de ellos asumirá la responsabilidad por estos delitos y quien sea elegido al final se enfrentará, según lo estimado, a siete años de cárcel.

Gual no pierde tiempo con presentaciones innecesarias ni cortes inoportunos. La primera  media hora de metraje aprovecha hábilmente sus propias limitaciones —de corte teatral, con cinco personas en un mismo escenario— para construir la tensión de manera orgánica, con una fuerza que, lamentablemente, no se sabe mantener hasta el final y hace que aquel marco, aparentemente sólido, que se alza alrededor de sus personajes en el primer acto se revele como un elemento endeble, unidimensional y hasta reiterativo en el resto del filme. Sin pasar si quiera por la discusión de si la premisa de la película es creíble o no, está de más decir que en un largometraje de estas características el guión es una pieza fundamental. Así, los giros —que siempre los hay, porque el hombre, además de animal social es, también, un animal con la costumbre de esconder secretos— deberían servir a la narrativa y evitar en convertirse en tropiezos. Sin embargo, 7 años se muerde su propia cola, recurre a estereotipos, a blancos y negros, presentándonos a un grupo de personas despreciables —para decirlo sin pudor, unos cabrones— que en vez de ser humanizados y vistos como individuos complejos, se enredan en su propio papel, desdibujando sus motivaciones, o caricaturizándolas, haciendo que las discusiones e intercambios avancen a un ritmo distinto al de la historia, a trompicones y, en ocasiones, de forma predecible.

No suelo tener problemas con el hecho de que se pueda anticipar lo que va a suceder en una película. En distintos casos, incluso podría ayudar a la construcción del suspense. Tengo un problema, no obstante, cuando el camino a una supuesta revelación o resolución siempre se consigue mediante los mismos mecanismos o a través de interrupciones que dañan el ritmo del filme. El guión de 7 años es un ejercicio ágil, sí, pero también es desprolijo y termina descuidando a un grupo de personas que deberían importarnos a los espectadores, tanto como para odiarlos o como para entender sus razones y empatizar con ellos. Después de todo, precisamente por la forma que tiene la película, es el espectador el que actúa como juez.

Además, por mucho que esta historia sea una partida de ajedrez moral —aunque quizá el conflicto sea más equiparable a una partida de póker, donde cada uno tiene un as en la manga, un bluff, un tic nervioso que lo deja expuesto—, no puedes dejar de lado el drama, o, mejor dicho, no puedes quitarle uno de los principales ingredientes para que funcione: el interés humano. El interés que debería despertar una idea como la de la negación, tanto de aceptar las consecuencias de sus propios actos (la cárcel) como también las de aceptar el pasado (reflejado en sus distintos fantasmas personales). De lo contrario, esto es un intento de crítica al sistema con un resultado cínico y poco elocuente. De lo contrario, la impresión final es la de haber visto algo poco memorable.

No es de extrañar, por ello, que el quinto miembro del grupo, un mediador cuyo trabajo es ayudarlos a decidir qué socio va a la cárcel, es el personaje que cobra más fuerza. Desde el otro lado de la pantalla no se ve brillar a nadie más que él, un tipo del que no sabemos nada pero tiene toda nuestra atención. Cabe decir, sin embargo, que esto es gracias al trabajo interpretativo de Manuel Morón, que es impecable y, sin duda, lo mejor de esta película. El resto de actores cumple con lo esperado, sin nada destacable más allá de lo curioso que puede parecerle a alguien ver a Paco León sumido en un papel dramático. Quizás con más oportunidades o un guión con más luces, estaría convencido de calificarlas con más entusiasmo, pero en 7 años no es el caso.

Si bien 7 años tiene aciertos reconocibles, el principal problema es que su esquema narrativo es uno que ya conocemos. La fórmula que mezcla un grupo de personajes discutiendo en una sola localización la hemos visto antes en otras películas, ejemplos de esto son adaptaciones de guiones televisivos como 12 hombres sin piedad (12 Angry Men, 1957), de obras teatrales como Un dios salvaje (Carnage, 2011), o incluso obras de ciencia ficción como Círculo (Circle, 2015) o Cubo (Cube, 1997). Dentro de este esquema, la cinta no hace ningún esfuerzo por distinguirse, ni siquiera en su realización, que termina siendo repetitiva y poco original, y a diferencia de los títulos antes mencionados no tiene una trama sólida sobre la que apoyarse. Me atrevería a decir que 7 años pasaría desapercibida de no ser porque Netflix está detrás del proyecto y es innegable que la producción de un título así constituye un acontecimiento dentro del cine español por las nuevas puertas que abre a la industria. Por eso es una lástima que los primeros trazos en esta hoja en blanco no estén tan lejos del garabato, pero, a la vez, da gusto que esa hoja ya no esté en blanco. [★★½]

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