Acantilado | ¿Esto qué demonios es?

Supongo que al ser un apasionado de los thrillers de misterio ─y al ser este un género bastante trillado, de elementos conocidos y de una retórica un tanto previsible─ no debería extrañarme en ningún momento que pueda encontrar representaciones de todo tipo dentro del género. Grandiosas reinvenciones, una mirada original, y estilos que llegan para dejar su marca personal conviven, pues, con la repetición de la fórmula, el hábito de sucumbir a vicios horrendos y la ingenuidad creativa. Digo esto para intentar explicar por qué Acantilado (íd., 2016), tercer largometraje dirigido por Helena Taberna, cae en este segundo grupo y se acercaría peligrosamente a ser lo peor que he visto en lo que llevamos de año (y eso que este año trajo consigo una película de Bryan Singer).

Ambientada en Gran Canaria, la película sigue a Gabriel (Daniel Grao), quien acaba de llegar a la isla tras recibir la noticia de que su hermana Cordelia (Ingrid García-Jonsson), a la que no ha visto en años, puede haber muerto como parte de un ritual de suicidio colectivo organizado por una secta a la que se ha visto estrechamente vinculada. Cuando se aclara que Cordelia no se encuentra entre los cadáveres de las víctimas, la policía convierte a Cordelia en sospechosa de haber colaborado con estas muertes. En la isla, Gabriel conoce a Helena (Juana Acosta), una de las amigas más cercanas de su hermana (dice haber sido su “compañera de piso” intentando ocultar que fueron pareja) en el período previo a su implicación con este extraño culto. Conforme la investigación va avanzando, vamos descubriendo más sobre las razones que llevaron a Cordelia a desaparecer.

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Así, pues, tras un resumen de la principal línea argumental de la película (aquella que aborda la investigación policial), esta cinta parece contener los elementos típicos de un thriller con mucho potencial, sin embargo, lo cierto es que la historia está asentada en un guión pobrísimo que tiene, por decirlo menos, más agujeros que el brazo de un yonqui. El guión de Acantilado es uno repleto de tramas que no van a ninguna parte y de información absurda que intercambian los personajes. Información, por supuesto, que no tiene ninguna relevancia dentro del relato global (¿a qué viene esa suerte de comentario político tan mal calzado a mitad de la película ante el que hasta los protagonistas ni siquiera saben cómo reaccionar?).

Como si fuera poco lo del guión, el montaje de esta película no está bien. No es una cuestión de un estilo particular, de intención artística (si eso es intencionado, tenemos un problema más grave de lo que pensaba), sino de algo que es indefendible, porque cualquier estudiante de Comunicación Audiovisual puede decirte que el montaje de esta película está mal. Quizá ese estudiante te diga, además, que se nota a leguas que el montaje intenta rescatar cómo está dirigida esta película, pero falla estrepitosamente. Este montaje brusco, inconexo y apresurado lo que logra es que no exista una narración coherente y que muchas escenas parezcan haber sido mutiladas (y, aún así, la hora y cuarenta minutos de duración de Acantilado se sienten como dolorosos siglos de penitencia por un pecado que no cometí ni he pensado en cometer).

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Vale. El guión, el manejo de esta historia, la falta de corazón que se ha invertido en crear realmente un ambiente de intriga (¿tan fácil es confundir misterio con falta de pasión?), todo eso está mal, ¿qué hay de las interpretaciones? Pues que quedan sepultadas por lo anterior y por una puesta en escena que peca no solo de austera, también de confundir una falta de recursos con limitarse a lo elemental. Acantilado es una película sin ritmo alguno que presenta un par de momentos humorísticos geniales (que en realidad no están destinados a ser humorísticos, por supuesto) que no están compensados con el resto de aburrido metraje que lo único que ha logrado es que me lleve las manos a la cabeza preguntándome por qué tengo que ver a uno de mis grandes amores platónicos, Ingrid García-Jonsson, pasar por esto.

Y es que para el momento en que vemos los créditos finales, todas las cuestiones que alguna vez se plantearon en el guión han desfilado ante nosotros sin pena ni gloria, sin resolverse, sepultadas en una insultante elipsis en forma de fundido a blanco. Este es el principal problema de una historia de intriga, que la resolución del misterio no llegue o que, lo que me parece aún peor, llegue de forma ridícula y apresurada. ¿En serio escribir un guión así no es delito en este país? Con el final de Acantilado (¿final abierto?) más allá de albergar una sensación de perplejidad ante una revelación increíble y enigmática, me quedo convencido, con la certeza absoluta, de que esta película no ha valido ni un minuto de mi tiempo. [★]

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