Animales nocturnos | La venganza es un plato que se sirve frío

Tom Ford es un diseñador de moda que, en 2009, se lanzó al no menos exigente mundo del cine para dirigir la que sería su ópera prima, Un hombre soltero (A Single Man, 2009). La película funcionó muy bien, con efusivos aplausos a la interpretación de Colin Firth (que estuvo nominado a los Oscar y ganó el BAFTA) y a la mano de Ford como director, con una elegancia y una sensibilidad particulares. Personalmente no es un filme que me apasione, sobre todo porque le encuentro algunos tics de realizador novato que me sacan de la historia, pero aún así me resulta un trabajo muy notable para ser un debut, lleno de detalles prometedores que hacían pensar que detrás de las cámaras había alguien talentoso. Con ese recibimiento parecía evidente que su segunda película no tardaría en llegar, y sin embargo han pasado siete años desde aquello; “la vida”, responde Ford cuando le preguntan al respecto, a lo que añade: “He tardado tanto porque quería encontrar un material que me hablara”. Se dio de bruces con la novela Tony and Susan, de Austin Wright, y decidió que quería adaptarla al cine bajo el nombre de Animales nocturnos (Nocturnal Animals, 2016).

Un día cualquiera Susan, una galerista reputada, recibe el borrador de la novela que ha escrito su ex-marido, Edward. Cuando empieza a leerlo se da cuenta, poco a poco, de ciertos detalles que hablan de su relación a través de una ficción que nos sitúa en Texas, en un relato policíaco convencional. No quiero decir mucho más de la trama porque la gracia está en ir encontrando esas conexiones y metáforas que convierten a Animales nocturnos, en su conjunto, en una película tremendamente estimulante que te tiene al borde del asiento. Es un thriller, es una historia de desamor, de venganza y de pasar página, y en todos sus apartados lo desarrolla con notable habilidad. Resulta una historia policíaca muy competente, bien construida y con mucha fuerza en sus personajes; y también es un drama poderoso sustentado en la relación entre dos personas, confeccionado a base de flashbacks, muy bien escritos, que se alternan perfectamente para que el ritmo nunca decaiga y darle una textura especial a la película (importante el hecho de que cada línea narrativa tenga un tono diferente y una fotografía distintiva, a manos de Seamus McGarvey).

Antes he comentado que en Un hombre soltero a Tom Ford se le notaban algunas manías de director primerizo que quiere probar todo (como aquel flashback en blanco y negro sin ningún sentido), y el caso es que parece increíble que no haya realizado ninguna película más hasta llegar al nivel que muestra en Animales nocturnos. Es impresionante la capacidad que tiene para crear atmósferas opresivas, con secuencias largas en las que controla perfectamente la tensión (la del coche en el inicio) y la sensación de que lo tiene todo medido, jugando con la estructura que nos lleva de una línea narrativa a otra perfectamente. Es cierto que en su primera media hora encuentro pequeños problemas de montaje, como algún plano excesivamente breve, pero más allá de eso Tom Ford demuestra ser un realizador muy potente en su estética, muy capacitado para narrar escenas con una fuerza increíble y, especialmente, para sacar lo mejor de sus actores. Ya lo demostró con Colin Firth, y ahora lo hace con Amy Adams, que pocas veces o nunca ha estado mejor, absolutamente magnética, además de lograr unos trabajos muy notables por parte de Jake Gyllenhaal, Michael Shannon y Aaron Taylor-Johnson.

Mirad, hay experiencias que vives en una sala de cine a las que simplemente no puedes dar la espalda. Animales nocturnos ha sido una de las cintas que más he disfrutado este año, un verdadero deleite que viví (especialmente en su segunda hora) con ganas de que no se acabara nunca. Son estas vivencias en una sala las que te señalan que estás ante una obra que te ha llegado, o golpeado, de alguna manera. Y no voy a negar eso. Podré estar de acuerdo en que tiene algunos tropiezos en el montaje o algún detalle más vago de lo recomendable en el guión, pero absolutamente nada de eso me empaña una película espectacular, visceral, llena de momentos que no puedo esperar a revivirlos y volver a sumergirme en este oscuro mundo que plasma Tom Ford. Quizá vaya a ser una película que divida, seguramente lo sea, pero qué queréis que os diga: la he vivido como pocas este año, la he disfrutado como casi ninguna y no puedo hacer más que aplaudir a un director que, espero, no tarde otros siete años en volver a la gran pantalla. [★★★★]

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