Anomalisa | Psicoanálisis, soledad y poesía

Anomalisa (íd., 2015) es la segunda película dirigida por Charlie Kaufman, uno de los autores más interesantes del cine hollywoodense de los últimos años. Antes de dirigir sus propias películas, Kaufman firmó guiones que fueron llevados a la gran pantalla por talentosos directores como Spike Jonze, Michel Gondry e, incluso, aunque de forma más accidentada, George Clooney ─quien, a pesar de decir una y otra vez que Confesiones de una mente peligrosa (Confessions of a Dangerous Mind, 2002) era uno de los mejores guiones que había leído, terminó apartándolo del proyecto─. Con excepción de este último ejemplo, Kaufman podría reclamar la autoría de las otras cintas, más allá del hecho evidente de haber sido quien escribió esos libretos. Hay algo en todas y cada una de esas cintas que las hace en gran medida “una película de Charlie Kaufman”. Y me atrevo a decir que eso se debe no solo a su peculiar visión como guionista, sino también a lo personal del mundo que crea y a lo íntimos que son los traumas que expone. Nosotros, los espectadores, somos el psiquiatra; Charlie Kaufman, el paciente.

Así, su película más reciente (basada en una obra de teatro que él mismo escribió) cuenta la historia de Michael Stone, un experto del sector del servicio al cliente que ha escrito libros sobre el tema y que se dedica a impartir charlas al respecto. Por motivos laborales, Michael debe viajar a Cincinnati y hospedarse en el Hotel Fregoli (clara referencia al síndrome de Fregoli, un trastorno caracterizado por la sensación de ser perseguido por una única persona que cambia su apariencia constantemente). Es aquí donde este conferenciante, descontento con su vida, frustrado por la monotonía en la que se ve encerrado, decide explorar en su pasado, mirar donde antes no había mirado, para intentar descubrir dónde está y qué es eso que siente tan desesperadamente que le hace falta.

Michael Stone, sin embargo, no está encarnado por un actor de carne y hueso. Aunque es cierto que el británico David Thewlis presta su voz al personaje en una espléndida interpretación, Michael es un títere traído a la vida gracias al excelente trabajo de Starburn Industries, un estudio de animación especializado en stop motion que se luce en la película haciendo que cada centímetro de imagen respire, sea real y palpable, logrando que nos olvidemos del hecho de que no estamos viendo a personas reales frente a la pantalla, llegando hasta el final con su cometido de despojar de artificialidad todo objeto dentro del encuadre. Así, pues, las interpretaciones de los actores que brindan su voz es sobresaliente, pero quien se lleva los aplausos es Tom Noonan, cuya inconfundible voz oímos, siempre igual y siempre distinta, a través de toda una serie de personajes que desfilan frente a la pantalla, sacando a flote la vertiente más claustrofóbica y asfixiante de la película con un resultado increíblemente efectivo.

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La monotonía, la imperante uniformidad de la que se ve rodeado Michael, donde todas las caras son iguales, donde todas las voces son la misma, se ve reflejada en los pasillos interminables de este hotel que sirve como centro de operaciones para enfrentarlo a su conciencia, así como a un monstruo de mil cabezas que se esconde detrás de una única máscara: una grave crisis de identidad que está minando cualquier atisbo de felicidad (o paz) que pueda tener y está afectando irreparablemente su relación con su familia.

En estas condiciones, Michael conoce a Lisa, una anomalía dentro de este sistema aparentemente cerrado y restrictivo que se cierne sobre él, una mujer que posee algo nuevo, interesante, diferente, que hace que nuestro protagonista gane seguridad, que mire la vida como si la estuviese descubriendo casi por primera vez y que descubra que en algún lugar del mundo todavía hay cosas que experimentar y por las que emocionarse. No obstante, es aquí donde la película se encuentra con baches y empieza a trastabillar. Lisa, más allá de su influencia en la vida de Michael, una influencia que solo importa por su resonancia metafórica que desaparece enseguida, se ve reducida a un personaje insulso, una simple herramienta que no se mueve por voluntad propia y se comporta de forma inverosímil ante las declaraciones más extremas o las situaciones más absurdas. Es un personaje que rompe con la ilusión de realismo, de que todo es tan natural como en la vida real.

Pese a todo, Anomalisa es el ejercicio más puro que se ha visto en mucho tiempo de utilizar la animación para ir más allá, para hacer llegar un mensaje, contar una historia y, en el camino, mostrarnos un amor por la animación que trasciende y emociona. Curiosamente, el defecto principal de este film es volver a visitar lugares comunes presentes en una “película de Charlie Kaufman” que se han terminado gastando, porque admitámoslo, ¿cuántas películas más sobre hombre solo y triste que conoce a chica que le enseña que la vida es algo que vale la pena podemos seguir aguantando? Si los planteamientos de Anomalisa no quedaran sumergidos hasta el ahogamiento por su historia tan mundana, podríamos tener una obra maestra sobre lo que cuesta controlar nuestras vidas, lo que cuesta cambiarlas y, sobre todo, cuándo es demasiado tarde para hacerlo. [★★★]

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