Assassin’s Creed | En el país de los ciegos, el tuerto es rey

Si empezáramos a contar la cantidad de adaptaciones de videojuegos llevados al cine han salido mal, seguramente nos tiraríamos un buen rato entre lágrimas y frustración. Algunas con intenciones nobles pero resultados deficientes, otras con resultados tan sonrojantes que son mejor ni intentar recordarlas… En general parece que la traslación del mando a la butaca se le atragante a una industria deseosa de que empiecen a funcionar y a ganarse el favor del público, pues no es poco el dinero que mueve la industria del videojuego (más que la del cine, actualmente) y saben que existe un enorme filón de cara a llevar a mucha gente a las salas para ver en pantalla grande a esos personajes y universos en los que han pasado horas y horas jugando; algo que ya ocurrió a principio de este siglo con las adaptaciones comiqueras, asentándose tanto que a día de hoy son prácticamente un subgénero en sí mismo. Sin embargo, cada adaptación de un videojuego es otro motivo para llevarse las manos a la cara, con películas que no parecen entender que no tienen que llevar la experiencia del juego al cine, porque es imposible, sino captar la esencia de la obra original y traducirla mediantes las herramientas cinematográficas. Hay que ser fiel en un sentido global, con referencias y sensaciones que le recuerden al jugador lo que él mismo vivió a los mandos, pero estas adaptaciones fracasan al creer que tienen que seguir paso a paso los puntos fuertes de un videojuego, puntos que, al cambiar de expresión artística, acaban creando obras cinematográficas vacías, superficiales y de una espectacularidad gratuita destinada a intentar canalizar lo reproducido en las consolas. Y no funciona.

Con este panorama se anunció una adaptación de Assassin’s Creed (íd., 2016), lo cual de primeras tampoco era signo de confianza pues ya se había llevado a la gran pantalla otra saga de Ubisoft, Prince of Persia: Las arenas del tiempo (Prince of Persia: The Sands of Time, 2010), con un pésimo resultado, y por qué no iba a ocurrir lo mismo con esta. La concepción cambió, al menos por mi parte, cuando se anunció que el equipo artístico que había realizado la última y sólida adaptación de Macbeth (íd., 2015), con Justin Kurzel a los mandos y protagonizada por Michael Fassbender y Marion Cotillard, se iba a encargar de Assassin’s Creed. No es que asegurara nada, pero de primeras pintaba mejor que cualquier adaptación realizada anteriormente, sabiendo que por lo menos saldría un blockbuster relativamente diferente, aunque solo fuera en lo visual. Nos contarían una historia distinta a la de cualquiera de las entregas de la saga videojueguil, teniendo aquí como protagonista a Cal Lynch, un hombre que se quedó huérfano cuando era niño y que ahora, tras ser detenido, se ve atrapado en las redes de una misteriosa empresa llamada Abstergo que quiere, mediante una máquina de nombre Animus (y de un diseño muy diferente al de los juegos, algo entendible al ser una camilla en aquellos), sumergirse en los recuerdos de Lynch para revivir las vivencias de uno de sus antepasados, Cal, y conseguir cierta información. Una trama muy sencilla que se va complicando, o completando, mediante la mitología inherente a la saga, y con dos partes muy diferenciadas: el presente, que ocupa la mayor parte del metraje y sirve principalmente para desarrollar los términos y las intenciones de los personajes; y el pasado, que nos lleva a la España del siglo XV y hace la función de las misiones del juego, siempre con escenas de acción.

Imagino que la pregunta principal que se busca contestar en un texto sobre esta película es si Assassin’s Creed es la primera buena adaptación de un videojuego a la gran pantalla. La respuesta no está formanda por una sola palabra, pero es bastante sencilla: es la mejor película basada en un videojuego que se ha hecho jamás, sí, pero esto no significa que sea una buena película. Era esta una oportunidad de oro, con el equipo que había detrás y con el rico universo de la saga, para construir un filme sólido, contundente, para demostrar que otras adaptaciones de videojuegos eran posibles, y se han quedado a medias. Como aspecto positivo decir que es una película que se mantiene en pie durante sus casi dos horas a pesar de sus enormes y predominantes carencias; todos los fragmentos en el pasado, aun estando desaprovechados al no desarrollar una trama en sí, cuentan con una realización espectacular, destacando la fotografía, y ayudan mucho a que el ritmo no decaiga. Porque el hecho de que la mayor parte del metraje se sitúe en el presente, en las instalaciones de la empresa, es una decisión entendible pero que juega en contra del filme: se entiende porque, y esto es importante, Assassin’s Creed no deja de ser la primera película de una (supuesta) trilogía, y su función de prólogo y de exposición de términos es tan predominante que utilizan las conversaciones en Abstergo para construir todo, de una manera,  eso sí, muy vaga; y esto juega en contra de la propia cinta porque su carácter expositivo y de primera parte transmite la sensación de que, al final, no te están contando nada, y que el último tramo que avanza por fin la trama resulta demasiado atropellado y con la mirada demasiado puesta en lo que está por venir.

Los tramos más tediosos acaban echando mano del espectacular reparto para no caer en lo soporífero: destacar a Michael Fassbender y Marion Cotillard, que se echan la película a la espalda en más de una ocasión, y tener rondando por ahí a Jeremy Irons, Brendan Gleeson, Michael Kenneth Williams o Charlotte Rampling, aunque todos estén con el piloto automático, tampoco viene mal; señalar además la presencia en las escenas del pasado de Javier Gutiérrez y Carlos Bardem, ayudando principalmente con el tema de que todos estos fragmentos se hablen en español (una buena decisión) y que Fassbender no tenga que decir más de un par de frases en la lengua de Cervantes. En definitiva, Assassin’s Creed es una película con unas cuantas luces y muchas sombras; no creo que sea un desastre, no deja de ser un blockbuster disfrutable y ligeramente destacable dentro de un año realmente terrible para las grandes producciones, pero es inevitable sentir cierta sensación de decepción ante la que podría haber sido la primera buena película basada en un videojuego, y se queda en la mejor… porque en el país de los ciegos, el tuerto es rey. [★★½]

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