Baby Driver | La falsa frescura en el Hollywood actual

Edgar Wright siempre me ha parecido un director muy simpático. Sus películas están lejos de las grandes ligas pero, en general, diría que tiene una forma personal de encarar la comedia, especialmente desde el punto de vista del montaje. Brillantes son algunos momentos de las que para mí son sus dos cimas, Arma fatal (Hot Fuzz, 2007) y Bienvenidos al fin del mundo (The World’s End, 2013), en los que daba rienda suelte a su capacidad para crear comedia a través del corte, del ritmo inyectado en unos planos que a veces recuerdan a las viñetas de un cómic. No fue nada extraño que Marvel le fichara para dirigir Ant-Man, como tampoco lo fue que les mandara a freír espárragos cuando los señores de la Casa de las Ideas, tan conservadores ellos, le exigieron que rebajara un poco su estilo. Un estilo comercial y totalmente accesible, por otro lado, pero ya sabemos cómo es este juego, y una industria que considera Doctor Extraño como una película de cariz experimental es una industria con un miedo terrible a hacer algo diferente. Años después de ese choque, Wright vuelve a las pantallas con una obra personal, un proyecto que llevaba años preparando y que tiene por título Baby Driver (íd., 2017).

Había pensado comentarlo al final del presente texto, pero creo que es mejor hacerlo ahora: estoy bastante sorprendido por la recepción que ha tenido esta película tanto en Estados Unidos como en general, especialmente entre la crítica española, no porque sea raro que a alguien le pueda entusiarmar, en absoluto, sino por los calificativos que han sido vertidos sobre ella. Se ha estado hablando de originalidad, de soplo de aire fresco y de un blockbuster (de muchos menos millones que las grandes superproducciones superheroicas, pero un producto con intensas pretensiones económicas en cualquier caso) que es poco menos que un regalo a todos los que pedían películas que no fueran secuelas, remakes o reboots. Y es cierto que algo así se agradece, claro: que triunfe algo sin un número en el título en el Hollywood actual, con tamaña falta de ideas, ya es una buena noticia. Sin embargo, quisiera plantearme si en efecto estamos ante algo tan original y diferente a lo que se viene ofreciendo en las grandes salas durante estos últimos años: ¿es Baby Driver, de verdad, una película fresca y atrevida?

Personalmente considero que no demasiado, y voy a intentar exponer mis motivos. Por un lado nos encontramos una propuesta tan atractiva como es la de “película de acción musical”, que presenta persecuciones y tiroteos al ritmo de un completísimo soundtrack que vuelve a demostrar lo mucho que le gusta a Edgar Wright jugar con lo audio y lo visual en sus intersecciones, haciendo que se complementen hasta tal punto que sean indivisibles. Este planteamiento nos deja alguno de los momentos más brillantes de la película, y el trabajo de montaje vuelve a ser muy complejo, pero a su vez no creo que se pueda calificar de algo realmente original: primero, es obvio que Baby Driver no es la primera película que propone un planteamiento con acciones al ritmo de una música diegética o extradiegética (ahí quedan tantos musicales), y segundo, ni siquiera es la primera vez que Wright hace algo así, pues ya lo planteó en Zombies Party (Shaun of the Dead, 2004). Ampliarlo a todo un largometraje puede dar algo poco habitual, pero en absoluto insólito. Además, creo que la propuesta se agota demasiado pronto; en la segunda mitad de la cinta te acaba dando un poco igual que lo que ocurra en pantalla siga el compás de las canciones porque la narración a través de las imágenes es menos potente que de costumbre en el cine de Wright y, además, el uso de grandes hits musicales no crea una progresión sino una acumulación. Al quinto tema que exigía protagonismo en una escena me pregunté si la película se iba a preocupar de algo más que de buscar el momento “molón”.

Y no se preocupa en exceso, la verdad. Si Baby Driver funciona, y lo hace, es más bien por la habilidad de Wright para sacar grandes momentos de secuencias en las que el montaje es vertiginoso y todo depende del ritmo, es decir, las escenas de acción, porque lo que viene siendo lo demás (esto es: construcción de personajes, estructura de la trama, fotografía, y otros aspectos) se queda bastante plano. Solo hay un personaje que vale la pena en esta historia, y ese es el propio Baby, a pesar de que tampoco tiene un profundidad envidiable. Además, la película no parece querer jugar con cartas más simples, reconocer que es un espectáculo musical con coches de por medio y tirar para adelante, sino que tiene la pretensión de crear una historia de amor que se siente muy superficial. Quizá no pesada, porque existe cierta química entre Ansel Elgort y Lily James, pero nunca estimulante y sin duda no merecedora de ese algo lamentable final que tiene. El resto de personajes son clichés andantes defendidos con mayor o menor eficacia por buenos actores, como Kevin Spacey o Jon Hamm, aunque a veces ni eso, pues ahí tenemos a Jamie Foxx construyendo un personaje insoportable hundido aún más por su poca gracia. La estructura argumental, a su vez, nos presenta una película absolutamente convencional que toca todo tipo de palos ya manidos: la banda de malotes, el protagonista outsider y callado (que nos puede recordar al de Drive), el plan que sale mal, la venganza, y todas las cosas previsibles que se os puedan ocurrir. Para mí es sin duda el guion más flojo que ha firmado Wright (con permiso de Zombies Party) y que, como he apuntado anteriormente, se ve levantado por la imaginación de ciertos momentos.

2017. Hollywood está, hablando en plata, en la mierda. No económicamente, pero sí en cuanto a creación de películas comerciales, cada vez más clónicas y faltas de cualquier atisbo de alma. Entonces llega Edgar Wright con una propuesta llamativa y que, a grandes rasgos, funciona bien. ¿Es normal que se le alce como el salvador del cine estadounidense comercial del momento? Absolutamente. No niego sus virtudes y reitero la gran capacidad de este creador de set-pieces cómicas para sorprender con un corte, con una elección musical o con un robo narrado en segundo plano como arranque de su nuevo filme, pero no encuentro la frescura en una película que sigue paso por paso lo previsible y no se preocupa demasiado de la estructura, de sus personajes, de lo que, al fin de cuentas, le llega al espectador. Es un espectáculo muy divertido, claro, y el que busque entretenimiento (y más aún con este calor) va a salir más que satisfecho, pero en medio de este entusiasmo generalizado me cuesta no ver lo que, para mí, son tropiezos evidentes de una película que podría haber volado más alto. O corrido más rápido, como queráis. [★★★]

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