Black Panther | Wakanda Forever

Ya va siendo costumbre el encontrarse con una cinta de Marvel cada pocos meses. Hace poco más de cien días que Thor: Ragnarok (íd., 2017) se estrenaba en nuestras salas y ya tenemos aquí Black Panther (íd., 2018), la primera de las tres películas que Disney y “La casa de las ideas” tienen previsto estrenar durante 2018. ¿Siguiente parada? La muy esperada Vengadores: Infinity War (Avengers: Infinity War, 2018) a finales de abril, donde todo el universo cinematográfico de Marvel colisionará para enfrentarse al todopoderosos Thanos. Pero hasta entonces, centrémonos en conocer un poco más a T’Challa, rey de Wakanda y Black Panther.

Conocimos al personaje interpretado por Chadwick Boseman en Capitán America: Civil War (Captain America: Civil War, 2016), por lo que es lógico que su película en solitario tome como punto de partida las consecuencias particulares de aquellos eventos, concretamente el ataque a la sede de la ONU en la que el rey T’Chaka es asesinado y deja a su hijo como heredero al trono. Justo a tiempo para presenciar la coronación de T’Challa como nuevo sucesor de los poderes y responsabilidades como Black Panther es como llegamos a la misteriosa Wakanda, cuya civilización está construida sobre minas de preciado vibranium, algo que ha permitido que se convierta en la nación más tecnológicamente avanzada del planeta. Pero justamente por la riqueza que les aporta el vibranium —y que muchos anhelan— es por lo que Wakanda debe permanecer escondida bajo la fachada de país tercermundista y aislada al resto del mundo, algo que contrasta con el sentimiento de inferioridad causado por el racismo que sufre la raza negra.

Marvel ya había entrado ligeramente en política en anteriores entregas de su MCU —con Civil War como ejemplo claro a través de sus cuestiones sobre seguridad pública y daños colaterales—, pero en esta ocasión se mete de lleno en ella para convertirla en la columna vertebral sobre la que se construye el principal conflicto de la película, trasladando el universo fantástico de las películas a un mundo que se siente mucho más como nuestra Tierra que de costumbre. Aunque teniendo en cuenta la situación política actual y lo que supone a nivel de representación positiva la presencia de un reparto casi exclusivamente negro en una superproducción de superhéroes de Hollywood, sería un delito no aprovechar el contexto para mandar un mensaje optimista por la diversidad y crítico hacia la intolerancia que pueda ser recibido en el mundo entero.

Así es como Black Panther consigue desmarcarse del resto de películas del MCU en cuanto a lo que consigue transmitir y las capas que puedan encontrarse —tampoco muchas— detrás del entretenimiento de la superficie, algo parecido a lo que logró la sátira de Déjame salir (Get Out, 2017) dentro de su envoltorio de thriller de terror. En este caso, la clave para que los temas planteados logren dar lugar a un conflicto bien construido se encuentra en el villano que se enfrenta física e ideológicamente a T’Challa y Erik Killmonger está a la altura de las circunstancias, logrando ser uno de los mejores antagonistas de la franquicia. Apoyado por una muy buena e intensa interpretación de Michael B. Jordan —sobresale y mucho dentro del reparto—, su personaje lleva en sus carnes la problemática racial y logra dar voz a la indignación de toda una comunidad, motivo por el que es muy fácil empatizar con él pese a la radicalidad que envuelve todo su discurso y puede incluso hacer que el espectador caiga en una zona de grises morales entre su postura y la de la gente de Wakanda.

Centrándonos más en su faceta como blockbuster, mientras veía Black Panther no podía dejar de pensar qué era lo que tanto me gustaba de las películas de Marvel dentro del marco de cine comercial en que se encuentran, a lo que pensé que las claves principales eran tres. La primera es que la trama que podemos encontrar en cualquier film de la compañía puede no alejarse demasiado de otros blockbusters, pero ellos consiguen que la acción sea más emocionante y en definitiva ser más entretenidas y estar mejor hechas que el resto —excepto Mad Max: Furia en la carretera (Mad Max: Fury Road, 2015), obviamente—. La segunda es el sentido de la diversión que han conseguido transmitir, especialmente durante la fase tres, haciendo que la gente, en general, se lo pase bastante bien en la butaca. A todo esto hay que añadir la tercera clave, que es la serialización, un punto que como espectador me suele gustar bastante y aprecio mucho a la hora de seguir cualquier producto audiovisual. Estar dentro de un universo como el MCU, con una cohesión entre proyectos tan bien planeada hace que la experiencia de seguir todas las aventuras y ver como los eventos se van conectando entre si sea especial para los fanáticos. Black Panther cumple en su mayoría con lo mencionado, ya que aunque cambia el abundante humor por un tono más serio pero trascendente —sin llegar a pasarse como DC—, Ryan Coogler logra darnos buena acción —aunque el CGI no sea el mejor— y peleas muy físicas mientras amplia la historia de T’Challa tras Civil War y trae de vuelta a viejos conocidos del MCU como Everett Ross (Martin Freeman) y Ulysses Klaue (un desatado Andy Serkis).

Aunque en cuestión de personajes prefiero poner un énfasis en la sangre nueva que llega desde Wakanda. Concretamente en las abundantes figuras femeninas que pueblan la película empezando por las Dora Milaje, unas fuerzas de defensa que representan el ejército de la nación africana y están compuestas exclusivamente por mujeres, de forma similar a las Valquirias de Thor: Ragnarok. Su líder, Okoye (Danai Gurira), posiblemente sea la persona con más entereza de toda Wakanda en su defensa del país, algo que contabiliza con toques de humor seco e irónico hacia su rey. Más humorística es la entrañable Shuri, en quien combinan y actualizan los códigos de princesa y genio adolescente para dar lugar a la robaescenas de la película —aunque Letitia Wright lo que me ha robado es el corazón—. Por último, Lupita Nyong’o interpreta —en carne y hueso, aunque no os lo creáis— a Nakia, quien sirve como interés amoroso del protagonista pero sin caer en el cliché de damisela en apuros, siendo una más de las guerreras femeninas de Wakanda.

Dentro del discurso de Black Panther es importante la identidad racial y la cultura africana, algo que se traslada a todos los detalles técnicos de la película. La partitura de Ludwig Göransson puede que sea de las que más personalidad tiene dentro del MCU —junto a las de Thor: Ragnarok y Los Vengadores (The Avengers, 2012)— gracias a la influencia de los tambores africanos, pero a ella hay que añadir una serie de temas mucho más modernos producidos por Kendrick Lamar, generando una confluencia entre pasado y presente de la cultura afro. Esta fusión también se encuentra presente en el colorido vestuario de Ruth Carter y el diseño de producción de Hannah Beachler, con estructuras arquitectónicas futuristas repletas de patrones africanos.

Black Panther tiene sus virtudes como blockbuster sin ser la mejor película del MCU, ni con la que mejor me lo he pasado, pero sí creo que es de las más importantes por lo que cuenta y por el contexto en el que se estrena. Sin ninguna duda va a convertirse en uno de los mayores fenómenos afroamericanos en el ámbito audiovisual que hayamos podido ver en los últimos años, de una forma similar a lo que sucedió hace un año con Wonder Woman (íd., 2017) y Déjame salir. Todo esto no hace más que dar la razón a aquellos que abogan por el cambio en la industria y defienden la representación de toda la población y su diversidad dentro de una sociedad donde los blancos somos protagonistas y héroes de la gran mayoría de historias. Esperemos que en un futuro muy próximo haya cada vez más películas exclusivamente sobre personajes como T’Challa y no tengamos que considerarlas excepciones o pequeños milagros.  [★★★½]

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