Brooklyn | El cansino sueño americano

¿Cuándo se pasa de lo sutil a lo anodino? ¿Cuándo se cruza la línea entre lo discreto y lo que no te dice absolutamente nada? Porque parece que hay una forma de hacerlo y, de paso, desatinar en la creación de una película que se desarrolla alrededor de temas como la nostalgia, la añoranza y, cómo no, el aprendizaje de que nuestra vida es lo que nosotros hagamos de ella y nuestro hogar es aquel lugar en donde somos queridos. Brooklyn (íd., 2016) es el ejemplo perfecto de esto, de película que mantiene un planteamiento prometedor soterrado bajo convencionalismos argumentales que, a veces, sí y, muchas otras veces, no. Y ojalá no lo fuera.

Brooklyn es la adaptación cinematográfica de la prestigiosa novela homónima escrita por Colm Tóibín en 2009. La novela ha sido elogiada por ser un relato maduro sobre la inmigración irlandesa en Estados Unidos mientras, al mismo tiempo, se le ha calificado como “desprovista de pasión” y “conmovedora”. En ella, tanto como en la película, se cuenta la historia de la joven Eilis Lacey, quien en plena década de los 50 decide dejar su tierra natal, Irlanda, para viajar a Estados Unidos, donde un sacerdote amigo de la familia le ha conseguido trabajo en el distrito de Brooklyn, Nueva York. A pesar de que la situación parece tener un futuro prometedor, Eilis no puede abandonar el recuerdo de su familia ni el de su hogar en Irlanda. Las cosas se complicarán aún más cuando ella tenga que volver a casa en el momento en que una tragedia familiar agita su vida de forma totalmente repentina.

Rápidamente se generan contrastes entre el conservador y restrictivo pueblo irlandés en el que Eilis ha crecido y un Estados Unidos joven, liberal y moderno. En esta situación, el conflicto de la protagonista es claro. ¿Cuál es su lugar en el mundo, lo es con su familia o lo es donde ella puede empezar a ser ella misma? ¿Esta vida es realmente suya o está siendo empujada por cosas que escapan a su voluntad? ¿Sirve de algo mirar hacia atrás o debe cerrar los ojos y aceptar que ahora hay otros lugares que explorar? Todas estas dudas pasan por el guión adaptado de Nick Hornby y son canalizados por una Saoirse Ronan excepcional que se mantiene a la altura desde el principio hasta el final. No obstante, a pesar de que estas preguntas floten durante un instante, es fácil darse cuenta cuándo pierde fuerza cualquier intento de esta película por emocionar o demostrar pasión.

Ya sea por la elección de limitarse a lo necesario, por minimizar la historia en orden de engrandecer a sus personajes (sin mucho éxito) o por temor a caer en el melodrama, Brooklyn no solamente pierde energía, sino que cae peligrosamente en el saco del drama romántico genérico, donde la intrascendencia se apodera fácilmente de ella. Además, más allá de cualquier intento de una historia de alcance universal al que se hacía alusión con una mirada de reojo a la idea de la nostalgia, la película termina siendo un viaje de vuelta al ya más que conocido camino que seguir para alcanzar el sueño americano. Pocas veces he reaccionado con tanta repugnancia como cuando la protagonista dice que sí, estar en Brooklyn es como estar en casa.

Lo peor de todo es que, sí, en algún lugar de esta cinta habita una historia convencional y emotiva. El problema es que la puesta en escena es sosa, poco destacable, repetitiva y, mira, si lo digo ya, terminamos antes: Brooklyn es mediocre. El romance es flojo, el reflejo de la nostalgia y la ansiedad son débiles y el final es terriblemente contenido, correcto y hasta de un patetismo criminal. Entre tanta monotonía, uno olvida los momentos que aspiran realmente a que esta película sea algo más que un torpe filme de época.

Anacrónica, insulsa y sedienta de una pasión que es incapaz de encontrar, Brooklyn es una película condenada al olvido. Y si hay que hablar de esta película en el contexto de los Premios de la Academia, se tiene que hacer bajo el supuesto de que hemos sido trasladados en una máquina del tiempo a una época en la que esta película podría haber tenido la relevancia que en esta ocasión han decidido darle.  Si entre otras muchas cosas no fuera tan superficial, quizá dejaría de parecer un telefilm. Y quizá entonces, cuando dejase de parecer un telefilm, yo no tendría ningún problema con que una película tan ridículamente regular se haya colado en una gala en donde, supuestamente, hay que premiar la excelencia. [★★½]

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