Carol | El precio del amor

[…] Tú eres tan frágil como esta cerilla. —Carol la sostuvo ardiendo un momento después de encender el cigarillo—. Pero en las condiciones adecuadas podrías incendiar una casa, ¿verdad?

— O una ciudad.

Este diálogo extraído de la novela no está incluido en la película, pero sirve perfectamente para definir a Therese, la protagonista de esta historia junto a la mujer que da nombre a la obra. Therese es una chica reservada, que podría ser tomada por frágil según quién la observe, pero en el fondo, cuando alguien consigue ahondar de verdad en ella, es como el fuego de esa cerilla. Es emocional, fuerte, y seguramente toma más decisiones importantes de lo que ella misma cree.

Tanto Therese como Carol salieron de la cabeza de Patricia Highsmith en 1952, cuando ésta escribió El precio de la sal (que más adelante se pasaría a llamar como la conocemos ahora, Carol) en un momento en el que parecía que todas las historias de homosexuales debían de o acabar en tragedia o contar con una “redención” final que diera a entender al lector conservador que, cuidado, los gays y las lesbianas son los raros, los defectuosos. Highsmith se limitó, y por ello al mismo tiempo fue más allá que nadie, a contar una historia de amor entre una joven que trabaja en un almacén de juguetes y muñecas, y una mujer adulta acomodada y en proceso de divorciarse de su actual marido; ¿es una historia de amor entre dos mujeres? Sí, pero totalmente universal y enfocada desde la naturalidad dentro de una sociedad que no lo aceptaba.

Todd Haynes, encargado de llevar esta historia a la gran pantalla, consigue algo tremendamente precioso al lograr plasmar el mundo de la novela de una forma totalmente cinematográfica, utilizando los encuadres y la fotografía para darle forma y textura a una historia que, siendo la misma, se siente diferente. Lo es también porque no sigue punto por punto las palabras de Patricia Highsmith, encontrando cambios en el arranque del filme o en pequeños aunque definitorios hechos como que Therese se quiera dedicar a la fotografía y no a la escenografía, pero sobre todo porque el trayecto requiere de una intensidad distinta, y Haynes acierta de lleno: en la novela indagamos más en los sentimientos y dudas de Therese, ya que la extensión que ofrece un libro es bastante más flexible, mientras que esta adaptación no intenta perseguir esa profundidad, sino en cierta manera simplificarla —o, quizá mejor dicho, comprimirla— para jugar más con los gestos y los silencios que con la palabra hablada. O añadirle a las conversaciones una coreografía de miradas y movimientos que resumen, en cierta manera, lo que veíamos plasmado en la novela durante páginas y páginas.

Resulta extraordinario cuando un intérprete es capaz de hablar con los ojos, de transmitir lo que las palabras quizá no son capaces de materializar. También es emocionante cuando, en este caso, dos actrices con esa capacidad ocupan los principales puestos de una película, cuando los momentos que comparten se convierten no solo en el centro de la misma, sino en su razón de ser. Me encontraba emocionado ante esa Therese llorando en el coche; fascinado ante una actriz como Rooney Mara, capaz de viajar entre la fragilidad y la aceptación en apenas una calada. No podría creer, igual, la forma en la que Cate Blanchett movía sus manos, su cuerpo; si hay una actriz con más clase en el cine actual lo dejo a decisión de cada uno, pero dudo que muchas pudieran encarnar a Carol de la forma en la que la australiana lo hace. La química entre ellas, esa complicidad intangible pero que no cuesta reconocer, hace vibrar cada fotograma; cada mirada es una razón más para creer que, definitivamente, Rooney es Therese y Cate es Carol.

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Todd Haynes no solo ha firmado con Carol (íd., 2015) una adaptación digna de la novela de 1952, sino que ha realizado una película maravillosa. Todos sus elementos, desde una fotografía estupenda a una banda sonora que acompaña cada paso con una armonía envidiable, pasando por las interpretaciones y la batuta de un director que se le nota más maduro y elegante que nunca, provocan que el resultado final sea sólido y emocionante. También, una historia que no viene mal recordar de cara a una sociedad que, todavía, tiene problemas para aceptar el amor entre dos personas del mismo sexo; en este caso, dos mujeres. Qué más da: es amor. [★★★★]

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