Comanchería | La vida tejana

Tras dominar el ámbito cinematográfico durante los años 40 y 50, el western es un género que en la actualidad está cada vez más olvidado. Puede que sea porque las historias ya no nos interesan, porque el tiempo de vaqueros nos queda muy lejos o porque el auge de las tecnologías en el cine haya hecho que viremos hacia propuestas más propias de la ciencia ficción y la fantasía —ya sea presente o futura—, pero cada vez son menos los proyectos de este género que van surgiendo año a año. Aún así algunos aparecen, como ha sucedido recientemente con el aburrido remake de Los siete magníficos (The Magnificent Seven, 2016), el giro terrorífico de Bone Tomahawk (íd., 2015) o el filme del que os voy a hablar ahora, Comanchería (Hell or High Water, 2016).

Antes de que venga alguien con el “pero” voy a aclarar que sí, este no es un western al uso. Lo que define más claramente este filme como un western es la premisa, ya que tenemos a un par de hermanos que hacen la función de forajidos perseguidos por un agente de la ley. Sin embargo, no nos encontramos con un western clásico porque, para empezar, la película de David Mackenzie no está ambientada en el siglo XIX, sino en la actualidad. Por otro lado, tenemos al estado de Texas convertido en la traducción actual de lo que ha sido siempre el Lejano Oeste como concepto y situación espacial del género. Puede que sea por sus extensiones desérticas, o puede que sea por la cierta manga ancha moral que muestran algunos de sus habitantes.

Volviendo a la trama, nos encontramos que Comanchería gira alrededor de Toby y Tanner Howard, dos hermanos muy diferentes entre sí —uno tranquilo y meticuloso, el otro alocado e imprudente— que intentan recaudar una cierta cantidad de dinero robando con mucha cautela diferentes bancos de Texas para evitar que el rancho familiar acabe en mano de estos mismos bancos. Por otro lado, intentando capturarles por los delitos cometidos tenemos a dos Ranger de Texas, un vaquero al borde del retiro y su compañero descendiente de indios —dato irrelevante en sí pero importante en la película—. Durante los primeros setenta minutos de metraje estas dos líneas argumentales avanzan paralelas, como un juego del gato y el ratón, pero por el bien de la película ambas se ven destinadas a cruzarse en el potente y tenso clímax que ocupa el tercer acto.

Esta misma división establecida anteriormente puede ser utilizada para separar el filme según su contenido. El tercer acto se rinde a la acción pura, la explosión consumada de lo que se ha ido preparando y cocinando a fuego lento durante todos los minutos anteriores de este thriller. Pero lo interesante de esta propuesta no está ahí, sino que se encuentra en los dos primeros actos que preceden a la acción. Ahí es donde el guión de Taylor Sheridan brilla tanto en la forma y como el fondo de los diálogos. El núcleo de la historia no es tan potente como en Sicario (íd., 2015), su primer libreto, pero las líneas de guión son más auténticas y ayudan a la hora de transmitir veracidad en los temas que se tratan. Se echa una mirada a lo mucho que ha cambiado el mundo con respecto a unos tiempos más sencillos, cuando los enemigos eran vecinos y no directores de entidades bancarias sentados en sus oficinas, y se lanzan hachazos a estas entidades a través de las intenciones del dúo protagonista y las palabras de unos cuentos personajes que pasan por ahí como representación del pueblo. Más allá de esta idea general, la familia y los lazos que se establecen entre los miembros de ésta también tienen mucho peso como potenciador del gran conflicto y catalizador a pequeña escala en escenas protagonizadas por los dos hermanos. Pero donde hay más valentía es en la dinámica entre los dos Rangers debido a su origen étnico, tocando las heridas latentes que hay ante ambos bandos a la vez que se tiende un simbólico puente de tolerancia.

Por suerte no solo el guión funciona bastante bien, ya que para acabar de transmitir a la perfección el estado de ánimo tejano éste se sirve de la dirección de David Mackenzie, quien maneja esta desértica historia por una atmósfera árida y seca como la de los parajes en los que se ambienta. También ayuda a construir esa sensación una banda sonora con sobredosis de country y folk americano, la cual hace que acabes mordiendo un trozo de paja mientras te vas a comprar botas con espuelas. Exacto, como el personaje de Jeff Bridges, cuyas dotes interpretativas y carisma que desprende son inversamente proporcionales a la dicción del Ranger al cual da vida. En el otro bando nos encontramos con un Ben Foster pasadísimo de vueltas —para bien y para mal— y un Chris Pine tan sobrio como su papel requiere.

Comanchería es un neo-western que en un análisis convencional podría entrar dentro del subgénero revisionista, al hacer crítica social del poder de las entidades bancarias, tener una visión positiva de los nativos y cuestionar el uso de la violencia además de la moralidad de las acciones perpetradas en ambos bandos, rompiendo el típico “héroes contra villanos” para llegar a sentir simpatía y animadversión por delincuentes y agentes de la ley casi por igual. Y todo esto lo hace mientras te teletransporta, tanto por atmósfera como por guión, a esa Texas actual afectada por la crisis económica, la cual funciona igual de bien que el Lejano Oeste. Una buena muestra de que aún le queda cuerda a este tipo de propuestas, pese a que su edad de oro que ya quede muy lejos. [★★★½]

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