Custodia compartida | Terror doméstico

Apuntad el nombre de Xavier Legrand, porque si su ópera prima sirve como indicativo va a ser un cineasta a tener muy en cuenta en el futuro. Un actor de teatro que ha dado el paso a la gran pantalla de una manera un tanto inusual: directamente detrás de las cámaras. Para iniciarse en la cinematografía, Legrand tenía pensado rodar una trilogía de cortos sobre las distintas fases de ruptura de un matrimonio. El primero, que lleva por título Antes de perderlo todo (Avant que de tout perdre, 2013), acabó siendo nominado al Oscar a mejor cortometraje de ficción y narra la huida que emprenden Miriam y sus hijos para protegerse de Antoine, el maltratador patriarca de la familia. Las dos partes restantes, sin embargo, acabaron uniéndose y convirtiéndose en un largometraje, Custodia compartida (Jusqu’à la garde, 2017), cuyo paso por el Festival de Venecia le hizo merecedora del León de Plata a la mejor dirección además del galardón a la mejor ópera prima.

Como continuación del aclamado cortometraje, en Custodia compartida vemos como el divorcio entre Antoine y Miriam Besson  ya se ha producido, pero aún falta determinar la custodia de Julien, el hijo menor de la pareja. Pese a los testimonios de hostilidad paterna, la jueza desestima la petición de custodia exclusiva para la madre y sentencia a favor de la custodia compartida. Esa decisión es lo que da inicio a un juego psicológico entre ambos bandos, cuya intensidad y violencia aumenta constantemente hasta convertir esta ópera prima en un estremecedor y conduntente relato de violencia doméstica.

Cuesta creer que nos encontremos con una primera película teniendo en cuenta el dominio que Legrand ejerce sobre lo que quiere contar y cómo lo quiere contar. El filme empieza en los juzgados a través de una escena que introduce a la perfección los dos puntos de vista del conflicto que arrastra la expareja, pasando la palabra de un lado a otro de la sala como si de un partido de tenis se tratara. El director deja un espacio para el juicio del espectador al utilizar la perspectiva objetiva de la jueza para presentar el punto de partida de la cinta, pero teniendo en cuenta la sociedad en que vivimos no es difícil imaginar qué hay de verdad y de mentira en cada una de las intervenciones a pesar de la sentencia final —que deja patente la debilidad de la justicia en ciertos casos—.

A partir de ahí este drama familiar trata el día a día —o semana a semana— de la familia, desde la reubicación domiciliaria tras la ruptura a la organización de los fines de semana en que Julien debe pasar tiempo con su padre. Los intentos de Antoine por volver a conectar con una familia que quiere escapar de él hacen que el drama vaya adquiriendo toques propios del thriller, en el que los silencios se vuelven tensos y los momentos de calma se ven interrumpidos por intensos instantes de agresividad cada vez que al padre se le cruzan los cables. Además, el hecho de que la principal perspectiva del conflicto se encuentre focalizada en el hijo menor de los Besson le añade una complejidad emocional interesante en tanto que se combina el pensamiento preadolescente, el estrés causado por la situación y el afecto o miedo que siente hacia cada una de las partes. La interpretación de Thomas Gioria merece un aplauso en su manera de exteriorizar este batiburrillo de sentimientos internos en su “duelo” con la falsa simpatía, las miradas agresivas y las explosiones de rabia del bruto gigante interpretado magistralmente por Denis Menochet.

El desarrollo de este progresivamente tenso drama se encuentra enmarcado dentro de una propuesta que se siente realista gracias a una aproximación minimalista en lo formal, desde la sutilidad en los encuadres a una ausencia de banda sonora extradiegética que aumenta la importancia de los sonidos cotidianos. Como ejemplo de ello tenemos el repetitivo sonido de aviso del cinturón de seguridad, el cual se oye prácticamente cada vez que padre e hijo suben al coche y contribuye a aumentar la inquietud del ambiente. Pero la dirección de Legrand brilla hasta cuando, en una escena en concreto, rompe con lo que había construido hasta ahora. La sobriedad estética predominante deja paso a la saturación sensorial de una fiesta. Es muy destacable que, sin oír ni una sola palabra, consigamos comprender lo que ocurre durante la secuencia, a la vez que un halo de incertidumbre inunda al espectador ante la inminente tragedia que se prevé en el tercer acto.

Y es que esta espiral de hostilidad y opresión acaba desencadenando uno de los desenlaces más terroríficos que he podido presenciar en la gran pantalla. Una secuencia cuyo horror no se encuentra en lo que se ve, si no en la amenaza que se aproxima y acecha en el interior de la más profunda oscuridad de la noche hasta causar un sufrimiento desgarrador, como bien podemos vislumbrar en el rostro de Léa Drucker durante los últimos minutos del film. La guinda perfecta para este maravillosamente retorcido drama social de terror doméstico con el que Xavier Legrand consigue clavarnos en la butaca además de mostrar de forma muy certera una serie de situaciones que cada año anulan el futuro de muchas familias. [★★★★]

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