Deadpool | Destrozando la cuarta pared

Que el subgénero cinematográfico de superhéroes está en el mejor momento de su historia es algo palpable cuando viendo el calendario de estrenos observas que se estrenan hasta un total de seis películas de este tipo entre Marvel y DC. Media docena de filmes en que seres de cualidades sobrehumanas intentan evitar que un villano destroce el mundo, la ciudad o simplemente haga algo muy malo. Cada una tiene su estilo y su tono, pero desde luego la que más destaca y se sale de la linea general que comparten todas ellas es Deadpool (íd., 2016), la gamberra adaptación cinematográfica (en solitario) del mítico mercenario bocazas de Marvel, la cual ofrece toda la esencia que caracteriza el cómic en la gran pantalla y que es el principal motivo por el que es (o era) la película más esperada de 2016 para un servidor.

Para ponernos en situación, Wade Wilson es un ex-operativo de las fuerzas especiales que se gana la vida como mercenario. Tras ser diagnosticado con cáncer múltiple, Wilson se somete a un extremadamente doloroso tratamiento que, además de curarle el cáncer, le da excelentes habilidades regenerativas y un retorcido sentido del humor, pero también le deja la cara (y el cuerpo) como si fuera el vástago de Freddy Krueger. Así es como nace nuestro querido Deadpool, quien emprenderá una misión de venganza contra el responsable de todo el dolor sufrido y de su nueva y muy agraciada apariencia física.

Y algunos preguntaréis, ¿cómo es esa esencia de la que hablas en la introducción? Pues es todo aquello que convierte este amante de las chimichangas en un personaje radicalmente diferente dentro de la editorial donde se encuentra y que en la intensa pero brillante campaña promocional se vislumbraba iba a estar presente: violencia muy explícita, humor de lo más zafio y autoconciencia extrema. No son pocos los desmembramientos ni escasean los litros de hemoglobina en las peleas donde el señor Piscina de la Muerte interviene. Unas escenas de acción que están rodadas con destreza y tienen efectos especiales que si bien no quitan el hipo sí son muy notables, lo que demuestra la habilidad que tiene el director Tim Miller a la hora de aprovechar hasta el último centavo de su reducido presupuesto de $58 millones. En el filme también podemos encontrar múltiples chistes escatológicos, ya sean gráficos o hablados, sobre sexo, genitales o secreciones diversas del cuerpo humano. Sin embargo, estos gags, aunque son más o menos divertidos según la ocasión, palidecen en comparación con el otro componente cómico.

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Y es que lo que más destaca es el nivel de autorreflexión que posee este desvergonzado anti-héroe en mallas rojas. El juego meta, que se aprecia desde los mismísimos créditos iniciales, no se respetó en X-Men Orígenes: Lobezno (X-Men Origins: Wolverine, 2009) pero, por suerte, sí está presente en esta “nueva” y fidedigna encarnación. Este Deadpool no solo rompe la cuarta pared constantemente para comunicarse con espectador obteniendo hilarantes resultados, si no que sus lineas de diálogo intercalan comentarios irónicos y juguetones a sus adversarios con divertidas referencias a la cultura popular que en algunos casos despiertan carcajadas y aplausos. Aquí es donde los guionistas Rhett Reese y Paul Wernick se lo pasan pipa soltando puyas a diestro y siniestro sobre elementos y tópicos de gran cantidad de películas, ya sean del género superheroico o no. Pero sin duda los “zascas” más memorables y deliciosos están dirigidos a los numerosos errores presentes en el universo X-Men, donde está situada esta obra, y al despropósito que fue Green Lantern (íd, 2011), película con la que Deadpool comparte actor protagonista.

Este actor forma parte de uno de los grandes y más importantes aciertos que hay en el filme, el casting. No me aventuraré a decir que este es el papel para el que Ryan Reynolds nació, pero es innegable que el personaje de Wade Wilson le va como anillo al dedo (al contrario que el superhéroe del anillo que hay en DC) y Reynolds consigue capturar el carisma del mercenario bocazas de Marvel. Es más, el propio Deadpool ya dijo en los cómics que su apariencia era “una mezcla entre Ryan Reynolds y un Shar-Pei“, algo que llamó la atención al actor hasta el nivel de intentar llevarlo a la gran pantalla desde hace ya más de una década. Y lo ha conseguido, dos veces de hecho, con resultados que no podrían haber sido más opuestos. Pero no solo Reynolds destaca, ya que me encantaría ver más en el universo X-Men a Brianna Hildebrand y su Negasonic Teenage Warhead (sí, el nombre es una pasada) o a Weasel, interpretado por T.J. Miller.

En terminos estéticos, Deadpool no es una película que sea muy bonita de ver, si os soy sincero. La estética es muy sucia, fea como la cara de Wade Wilson, pero no resulta ningún problema ya que este aspecto tan urbano se adhiere bastante bien a las localizaciones secas de la ciudad donde sucede la historia. Algo que también queda presente en la banda sonora, de corte bastante industrial, obra de Tom Holkenborg (AKA Junkie XL), autor de la BSO de Mad Max: Furia en la carretera (Mad Max: Fury Road, 2016), y que como aquella contiene algunos temazos bastante intensos que acompañan las escenas de acción.

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Hola chicos y chicas, aquí vuestro humide pero tremendamente sexy servidor, Deadpool, rompiendo la cuarta pared una vez más. ¿Os está gustando la crítica que mi querido amigo Alex está haciendo sobre mi película? Espero que sí, porque de lo contrario tendré que convertir vuestro cuerpo en un maldito queso gruyère. Y ahora si me disculpan me voy a ver El Ministerio del Tiempo.

Ahora bien, pese a tener un envoltorio inmejorable, hay un pequeño detalle que evita que Deadpool sea una película redonda: el fondo. La historia que mueve todo este festival cómico-sangriento es el eslabón más débil del filme y no se aleja mucho de cualquier relato de sobre los orígenes de un superhéroe. Esto se ve mucho más acusado cuando nos encontramos en la fase preliminar (introducida a base de flashbacks después de empezar “in media res”) y Wade Wilson aún no se ha enfundado en su traje rojo, ya que el personaje carece de aquellos toques metarreferenciales tan característicos que consiguen eclipsar los puntos flojos. El propio personaje llega a hacer algún comentario sobre este tipo de historias de orígenes, así que tener a Deadpool comentando o incluso jugando un poco más con la narración de esta parte de la película hubiese sido todo un puntazo.

Deadpool es un crowd-pleaser excelente que saca el lado más salvaje del género superheroico, algo permitido gracias a su calificación R, y le da a los fans del personaje todo aquello que querían ver: sangre y chistes meta. Y no hay más que ver las cifras de taquilla ($150 millones en cuatro días) para confirmar que a los aficionados les ha gustado muchísimo lo que han recibido. Con esta película se ha plantado la semilla de un anti-héroe con mucho potencial y sin la necesidad de introducción es posible que Deadpool 2 consiga ser mucho más redonda que esta primera parte, la cual podría haber sido aún mejor de lo que ya es si se hubiese mejorado la historia. Aún así, la peculiar personalidad del mercenario bocazas hace acabes olvidando los fallos ante las carcajadas que despiertan sus mordaces comentarios. [★★★★]

PD: No olvidéis quedaros a ver la gloriosa escena post-créditos.

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