Death Note | *inserte su nombre aquí*

Antes de acercarme al Death Note (íd., 2017) recién estrenado por Netflix, en mi corazón se libraba todo un enfrentamiento. A un lado del cuadrilátero se encontraba mi aprecio por la franquicia y, especialmente, hacia Adam Wingard. Curtido en el mundo indie del mumblegore, su juguetón y retorcido slasher Tú eres el siguiente (You’re Next, 2011) y la serie B de The Guest (íd., 2014) son dos throwbacks ochenteros con cualidades estilísticas y tonales por las que tengo una cierta debilidad, especialmente el neon-synth del segundo filme. Al otro lado del ring estaba mi desconfianza en general ante este tipo de adaptaciones y la problemática naturaleza del proyecto en cuestiones culturales. Death Note proviene de Japón, sus personajes son japoneses y contiene elementos propios de la cultura japonesa. Este caso es similar al de Ghost in the Shell: El alma de la máquina (Ghost in the Shell, 2017), pero el hecho de trasladar toda la acción del filme a Seattle hace que la americanización de sus elementos tenga más sentido que la presencia casi exclusiva de actores blancos en lugares asiáticos. Aún así, con un material de partida que proviene de Asia, es comprensible que haya quejas ante un reparto mayoritariamente blanco en los roles principales y que solo cuenta con un par personas de otra raza. L es de raza negra, mientras que su ayudante Watari es asiático pero con un papel bastante secundario. Tras poder verla en la pequeña pantalla de mi tablet, os puedo decir que Death Note es mejor de lo que esperaba aunque tenga mis peros.

Para poneros en situación, Death Note gira alrededor de Light, un joven de expediente impecable que de la mano del dios de la muerte —o shinigami— Ryuk recibe un cuaderno de muerte, el cual, bajo una serie de reglas, le permite hacer que cualquier persona cuyo nombre esté escrito en ese cuaderno acabe muriendo. Así es como decide empezar a matar a criminales y cambiar el mundo, erigiéndose como una especie de ente castigador adorado por millones: Kira. Pero no todo el mundo piensa como él, ya que un joven y misterioso detective llamado L está dispuesto a hacer lo que sea necesario para atrapar a Kira y llevarle a la justicia por todos los asesinatos cometidos, empezando así un juego psicológico entre ambos.

Si no encontráis demasiadas diferencias entre esta premisa y la del material original es porque no existen, pero a su vez ésta es prácticamente la única similitud que encontraréis. Esta nueva adaptación de Death Note coge el punto de partida del manga/anime y lo desarrolla con mucha libertad, primero para poder encajarla en una sola cinta y segundo para que la película sea algo distinto a lo que ya hemos visto desde Japón. En ese sentido hay que darle un minipunto a los guionistas, minipunto que pierden cuando se pone la lupa en otras facetas del guion. Aunque lo realmente demencial es que no hayan incluido la escena de la patata frita. Bueno, a lo que íbamos. El ritmo de lo que se cuenta es vertiginoso, y aún así la duración de 95-100 minutos es algo escueta para la cantidad de trama que intentan comprimir. No te aburres delante de las escenas que se van sucediendo, eso es cierto, pero tanta chicha argumental complica el correcto desarrollo de ciertos aspectos. La mitología puede que no llegue a quedar clara a los recién llegados, los tintes filosóficos de la obra original no llegan a profundizarse como consecuencia directa de la blockbusterización de la historia —como ya pasó en Ghost in the Shell—, mientras que los valores morales y motivaciones de los personajes no llegan a tener el protagonismo necesario como para llegar a entenderlos completamente.

Unos personajes que también se ven muy alterados en la traducción. El Light que se nos presenta aquí pierde sus rasgos más sociopáticos y vanidosos en favor del personaje de Mia —AKA Misa—, quien es mucho menos irritante, más misteriosa y gana muchísimo peso en la historia, tanto en las partes sentimentales como en el enfrentamiento entre Kira y L. Peor parado sale L, algo que los fans más acerrimos tildarán de sacrilegio. No porque en esta versión sea negro, que a mis ojos es absolutamente irrelevante, si no por la reducción de su lado asocial y todas las reacciones impulsivas que este tiene en durante el filme, algo que lo hace menos singular. Tampoco ayuda a su personaje la compresión de trama que deja poco espacio para demostrar sus dotes de superdetective. Dicho esto, los tres actores principales defienden bien las correspondientes nuevas facetas que tienen estas variantes de los protagonistas de Death Note, aunque Margaret Qualley y Keith Stanfield demuestran que tienen algo más de talento que el limitado Nat Wolff. ¿Y Willem Dafoe? Pues ahí está. Las apariciones de su Ryuk son prácticamente testimoniales ya que la película prefiere centrarse más en las interacciones entre humanos.

Pero si hablamos de talento tenemos que hablar del punto que verdaderamente merece la pena de Death Note y en el que más confiaba antes de verla: Adam Wingard. Por mucho que la escena que haya que rodar sea una persecución un poco aleatoria de tres minutos, él consigue sacar petroleo, aportar valor con su estilo dinámico y crear secuencias con un espléndido nivel estético. Los neones y la música de sintetizador —el neon-synth que mencionaba antes— hacen que, a título personal, mole ver la película, igual que me molaba ver el anime cuando tenía quince años. En ese sentido es una pena que hayamos tenido que conformarnos con ver la película en nuestras casas, ya que seguramente la hubiese disfrutado bastante más en la gran pantalla, pero sí es cierto que sin Netflix no hubiese existido —algo que seguro prefieren los detractores del film—. También hay que dar gracias al servicio de streaming por dejar libertad creativa al cineasta, ya que consigue que la película sea tan explícita y sangrienta como necesita, sin ningún tipo de censura en cuanto a lo que se muestra. Como ejemplo solo hay que ver los primeros diez minutos, en los que un abusón acaba siendo decapitado con todo lujo de detalles en una cadena de infortunios propia de Destino final (Final Destination, 2000).

Comparar Death Note con el material del que proviene es inevitable y a la vez condiciona las valoraciones que puedas tener ante las cosas positivas que se pierden en la interpretación, por eso, aunque en esta crítica no se pregone demasiado con el ejemplo, es mejor intentar distanciarse un poco a la hora de valorar la cinta de Netflix. Que tiene problemas de guion notables es innegable que evitan un resultado final sobresaliente, pero la dirección que se pretende tomar durante todo el proyecto hace que esta adaptación tenga cierto sentido y no sea una pura repetición de situaciones. Si a eso le añadimos el buen hacer de Wingard detrás de las cámaras y que me lo he pasado bastante bien con ella en todo momento, Death Note es más o menos lo que podíamos pedir a una versión USA de las aventuras de Light Yagami. [★★★]

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