Déjame salir | Terror social

Las ficciones que tratan cuestiones sociales a modo de denuncia no se han inventado hace poco, pero sí parecen estar más a la orden del día que nunca en tiempos de redes sociales donde los mensajes pueden viajar a la velocidad de la fibra óptica y crear un gran revuelo por las redes. Uno de los temas más candentes, como ya he expresado en alguna que otra ocasión, es la problemática racial, especialmente la existente en los Estados Unidos ante la imperante opresión de la raza blanca sobre la negra. Cineastas y guionistas de cine o televisión cada vez son más ingeniosos a la hora de tratar temas como este de una forma estimulante para el público. Solo hay que ver AtlantaQueridos blancos (Dear White People), Figuras ocultas (Hidden Figures, 2016) o Enmienda XII (13th, 2016) para darse cuenta que el mensaje puede tomar muchas formas, y una de las más efectivas hasta el momento para quien escribe estas líneas es la tomada por la ópera prima del humorista Jordan Peele, Déjame salir (Get Out, 2017).

En ella seguimos a Chris Washington (Daniel Kaluuya), un fotógrafo de raza negra que se encuentra en una relación sentimental interracial desde hace cinco meses. Una relación que ha crecido lo suficiente como para llegar al momento en que Rose Armitage (Allison Williams), su pareja de raza blanca, lo lleva a casa de sus padres, con todos los posibles problemas que eso pueda conllevar. Una vez allí, la excesiva complacencia de los padres de Rose ante el novio afroamericano y el extraño comportamiento del servicio —de raza negra— hacen que Chris empiece a sospechar que algo va mal, pero ni de lejos se imagina lo que le espera.

Si habéis paseado por los círculos cinéfilos de Twitter estos meses es difícil que no os hayáis encontrado noticias sobre la espectacular recepción tanto de público —más de 170 millones de dólares recaudados solamente en USA— como de crítica —99% de críticas positivas en Rotten Tomatoes— que ha recibido esta mezcla de comedia y terror. La verdad es que no creo que Déjame salir sea una comedia hilarante ni dé miedo —pocas cintas creo que lo den—, siendo un filme que entra más bien en la categoría de thriller con elementos muy propios del cine de género y algunos toques cómicos.

Con una premisa que bebe de filmes como Adivina quién viene esta noche (Guess Who’s Coming to Dinner, 1967), Peele consigue construir un escenario realmente inquietante e intrigante alrededor de Chris llevándo tanto a él como a nosotros hasta los límites de la paranoia. Porque aunque se ve a lo lejos que algo malo pasará durante la segunda mitad del metraje —es la pura premisa del filme—, me sorprendió mucho qué es lo que llega suceder en pantalla y cómo crea una cierta mitología a base de dobles sentidos, algo ambicioso para tratarse de una ópera prima pero que si se piensa bien es esperable tratándose de un humorista que con el tiempo ha ido evolucionando en cómo tratar estos temas de forma ingeniosa en su propio programa de sketches, Key & Peele.

El gran acierto de la cinta es cómo precisamente la canalización de problema racial se hace a través del cine de género y no del típico drama social, formando una conjunción muy potente tanto a la hora de provocar tensión en el espectador y entregarle el importante mensaje. Aunque haya dicho que es más un thriller, enmarcar un filme de estas características en la etiqueta de “terror” o llevar la historia por esos derroteros tiene muchísimo sentido teniendo en cuenta el terror real por el que deben pasar las personas de raza negra, con un miedo constante a ser discriminadas, detenidas o asesinadas por su color de piel. El uso que hace Peele de elementos simbólicos, como el algodón o los criados de raza negra para representar la era de la esclavitud, o de situaciones reconocibles del día a día, como el tratamiento de la gente de color por parte de la policía, además de millones de detalles poco perceptibles en un simple visionado para gente que no ha vivido la opresión no hace más que añadir enteros al mensaje. Aunque el punto de lo transmitido que más celebro es cómo sitúa el racismo en la clase media blanca, alejándose de aquellos colectivos con los que habitualmente relacionamos estos mensajes de odio y atacando al americano de a pie. Unos personajes cuyos diálogos están repletos de esa sobrecompensación que se produce cuando se pretende no ser racista a base de alabar cualquier cosa relacionada con la cultura oprimida pero cuyo racismo está aún muy arraigado en el interior de su ser.

La máxima representación de lo mencionado en las líneas anteriores se encuentra en el personaje de Bradley Whitford, quien “hubiese votado por Obama por tercera vez”. Whitford, que parece haberse apuntado al mundo del terror satírico tras esta y La cabaña en el bosque (The Cabin in the Woods, 2012), aporta una carismática primera impresión y pese a saber que trama algo, “cae bien”, reacción que resume la estructura por capas de su personaje. A destacar también la interpretación llena de incomodidad y desconcierto de Daniel Kaluuya llevando el peso de la historia o las secuencias cómicas que nos brinda Lil Rel Howery, más cercanas de ser un sketch de Key & Peele pero que añaden momentos de respiro a la tensión dentro de la casa de los Armitage.

Es esperanzador ver que aún queda gente capaz de crear thrillers muy tensos y originales, capaces de sorprender al espectador en el desarrollo de la historia y de no quedarse en la superficie sino de ahondar en el universo para construir unos mecanismos al servicio de lo que se quiere contar, en este caso un mensaje brillante de crítica social que concretamente aborda con la importantísima problemática racial imperante en USA. Ya esperaba que Déjame salir me fuese a gustar por los temas y géneros que toca, pero es increíble lo rápido que pasan los casi cien minutos que dura y lo mucho que un servidor ha llegado a entrar en la historia, involucrándome a nivel moral y con mucha indignación en todo lo que cuenta mientras vibraba en cada giro de guion. [★★★★]

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