Demolición | Ave Fénix

En ocasiones somos arrastrados hacia el pasado de forma irremediable, sin capacidad de lucha contra esa corriente que nos impide movernos hacia el futuro, hacia lo que está por venir. Demolición (Demolition, 2015), la nueva película de Jean-Marc Vallée, se presenta como una conveniente deconstrucción de la pérdida y el intento de mirar hacia el futuro aceptando las vicisitudes pasadas. Un viaje protagonizado por un hombre que, tras perder a su mujer en un accidente de tráfico, sentirá la irrefrenable necesidad de hablar de lo sucedido, primero escribiendo cartas que él piensa nunca serán respondidas, y más adelante en una improbable historia de amor que le ayudará a pasar página.

Durante el visionado de Demolición es complicado no acordarse de Eternal Sunshine of the Spotless Mind (porque su título en español es digno del olvido al que referencia), principalmente por el modo de tratar un tema tan delicado como es el intento de olvidar a alguien. La película de Vallée apoya su narración, en la primera hora, en un montaje con tintes caóticos que nos introduce de lleno en la cabeza del protagonista: el shock de la pérdida y su incapacidad para dejarla atrás le hace comportarse de una forma extraña en vista de otros. El padre de su mujer, a la que acaba de perder, le atiende en pos de hablar del tema, mientras que él parece flotar en otro espacio tiempo, dándole más importancia a lo banal y concreto de esa situación y guardándose el dolor para él. Será resultado de sus propias reflexiones y vivencias fugaces, las cuales incluso le hacen imaginarse a su mujer donde antaño estaba, las que le harán ponerse manos a la obra y volver su mundo del revés con el objetivo de reconstruirlo: primero será la puerta del baño de la oficina, y más adelante su propia casa se convertirá en víctima de un derrumbamiento necesario para renacer de las cenizas.

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A medida que el personaje de un realmente sensacional Jake Gyllenhaal va tomando las riendas de su nueva vida, o al menos lo intenta, la película mutará en su montaje, acompañando el estado mental del individuo. Un punto clave será la mujer a la que conocerá como consecuencia de las cartas escritas más para él que para otra persona, una Naomi Watts que entrará en su vida para acompañarle a lo largo del viaje y, a su vez, vivir el suyo propio. Lo mismo ocurre con el hijo de ésta, interpretado por Judah Lewis, que ocupa una parte de la historia interesante en su planteamiento pero algo torpe en su desarrollo, sustentándose por suerte en la complicidad con el protagonista. He dicho que nos encontramos ante una historia de amor improbable, y no porque la película no haga señales de su existencia, sino porque habiendo acompañado a Gyllenhaal hasta ese punto, sabiendo lo que está intentando conseguir, no resulta atractivo que pueda embarcarse en una nueva relación sentimental; y la película, a pesar de —o quizá por— la falta de química entre los dos actores de cabecera, controla las expectativas y no olvida cuál es el tema sobre el que se sustenta el conjunto. No es una historia sobre construir un nuevo amor, sino sobre demoler el anterior y limpiarse el polvo con delicadeza.

A pesar de la enorme fuerza de lo que se está narrando y la relativa habilidad con la que se hace, Demolición paga demasiado caro sus baches, como la trama del hijo de Watts o una última escena que, resumiendo y plasmando visualmente uno de los mensajes de la película, lo resuelve de una forma obvia y poco inspirada. También es una película en la que hay que hacer un esfuerzo para entender a los personajes, para al menos empatizar con ellos; una postura cínica y fría puede hacer de Demolición un filme cercano a lo insoportable. Por suerte, para mí no ha sido así. En definitiva, un interesante discurso sobre la pérdida y el pasar página, aunque la página nos deje manchas de tinta en los dedos. [★★★]

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